La ira generada por el asesinato de George Floyd ha derivado, una vez más, en reivindicaciones de unos derechos civiles reales, así como del fin de un racismo que vulnera las sociedades; no solo en los Estados Unidos sino en el resto del mundo. Si se desea abordar correctamente la causa de esa indignación —la lacra del racismo—, es necesario tener en cuenta también las desigualdades fundamentales que se han visto acrecentadas por la pandemia.

La pandemia de COVID‑19 ha acentuado los desafíos de la injusticia social, al poner de relieve las impactantes disparidades respecto al nivel de riesgo al que se exponen las diferentes clases sociales. Se requiere un “gran reinicio” para adaptarnos a los tiempos tras la COVID-19, donde es prioritaria la necesidad de redefinir nuestro contrato social. Pero, como muestran claramente las protestas contra el racismo sistémico, este “gran reinicio” no solo implica una dimensión social o económica, sino que debe incluir también una dimensión moral.

En Estados Unidos, la COVID-19 se ha cebado de forma desproporcionada con las comunidades afroamericanas, las personas con bajos ingresos y los sectores poblacionales vulnerables como, por ejemplo, las personas sin hogar. En Los Ángeles, la tasa de mortalidad de los ciudadanos negros es casi tres veces mayor que la de sus residentes más pudientes. El hecho de que la pandemia haya afectado a comunidades negras de manera tan desproporcionada constituye un reflejo no solo del racismo histórico, sino también de la continuidad de las desigualdades sistémicas existentes. En Estados Unidos, al igual que en muchos otros países, las personas que sufren discriminación racial y marginación tienen más probabilidades de padecer desempleo o subempleo y malas condiciones de vida y vivienda. En consecuencia, su acceso a la atención sanitaria es más limitado y sufren más patologías previas, convirtiendo la COVID-19 en una enfermedad especialmente mortífera.

El gran desafío para todos aquellos que comparten responsabilidades de liderazgo consiste en responder a la crisis de una manera que integre esperanzas de futuro. Al reflexionar sobre los aspectos que podría incluir un futuro contrato social, deberán tenerse en cuenta las opiniones de los más jóvenes, ya que serán ellos quienes tengan que convivir con él y se trata de la misma generación que ahora está tan involucrada encabezando la lucha contra el racismo. Se han tomado al pie de la letra las palabras del arzobispo Desmond Tutu: “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”.

Su compromiso respecto a esta consigna es firme y, por tanto, para comprender mejor sus deseos, será necesario que se les escuche. Esto cobra aún más relevancia por el hecho de que es probable que la generación más joven sea más radical que la anterior en cuanto a la redefinición del contrato social.

La pandemia ha acabado de forma trágica con muchas vidas, pero también ha trastocado otras. A escala mundial, una generación completa se caracterizará por la inseguridad económica y, a menudo, social, con millones de personas pendientes de entrar en el mercado laboral en medio de una profunda recesión. Incluso para los que cuentan con mayores ventajas, es probable que iniciar una carrera profesional con déficit (muchos estudiantes contraen deudas educativas) les afecte a largo plazo. Los millennials (al menos en el mundo occidental) ya están peor que sus padres en lo que respecta a ganancias, bienes y riqueza, y tienen menos probabilidades que sus padres de ser dueños de una casa o tener hijos.

Ahora, otra generación (la generación Z) está accediendo a un sistema que considera en declive y que se verá afectado por problemas arraigados desde hace mucho tiempo y que se han visto exacerbados por la pandemia. En palabras de un joven estudiante a The New York Times: “Los jóvenes deseamos profundamente un cambio radical porque vemos lo mal que se presenta el camino por delante”.

La peor respuesta que el mundo puede ofrecer en esta situación es una polarización más acusada, una mentalidad estrecha de miras y la búsqueda de soluciones simplistas. Todo ello crea un campo de cultivo ideal para la propagación de rumores, desinformación y odio. La pandemia de COVID‑19 ha demostrado inequívocamente que el mundo está estrechamente interconectado y, sin embargo, también adolece en gran medida de falta de solidaridad entre naciones y, a menudo, incluso dentro de cada nación. Durante los períodos de confinamiento, ha habido ejemplos notables de altruismo y solidaridad, pero también casos de comportamientos egoístas. A nivel global, la virtud del apoyo mutuo también se ha echado mucho en falta.

En esto se basa, a pesar de la evidencia antropológica de que lo que nos distingue como humanos, la capacidad de cooperar y la creación en el proceso de algo más grande y mejor que nosotros mismos. Podemos ver fehacientes manifestaciones de ello en las protestas contra el racismo y la injusticia, y en el reconocimiento de que las vidas negras también importan. ¿Despertará la COVID-19 nuestro sentido innato de empatía y colaboración, animándonos hacia una mayor solidaridad? Los casos de pandemias anteriores no son esperanzadores, pero esta vez se presenta una diferencia fundamental: existe una conciencia colectiva de que, sin una mayor colaboración, no podremos abordar los desafíos globales a los que nos enfrentamos de modo conjunto.

En definitiva, si existen esperanzas de mejorar el estado del planeta, estas provienen del reconocimiento moral de que algunas cosas en nuestra sociedad están fundamentalmente mal. Deberemos encontrar la respuesta en el reinicio básico de nuestros sistemas políticos, económicos y sociales, que solo será posible si se produce un diálogo abierto que respete la dignidad y diversidad de la humanidad.