«Mi padre decía que me parecía a mi madre. Yo lo que quería era parecerme a él. Creo que no me parezco a ninguno; en eso reside el abismo de la procreación, en la aparición de seres diferentes. Un hijo es un ser nuevo. Y está solo», escribe Manuel Vilas en el libro Ordesa. De su padre, el escritor aragonés heredó la imposibilidad de acceder a la felicidad, el gusto por la quietud de las montañas y algunos silencios: esa incapacidad de nombrar el amor que pasó de generación en generación entre familias españolas.

Pero ¿cómo se heredan las heridas y los silencios?

Como recuerda Michael Sims en El ombligo de Adán, Shakespeare ya hablaba del rostro como herencia familiar. «Pero si vives sin dejar memoria de cómo has sido, muere soltero y tu imagen muere contigo», escribió.

El parecido que hemos ido heredando, cuenta Sims, va mucho más lejos de aquellos ancestros de cuyo aspecto tenemos constancia a través de los retratos: «El rostro que nos gusta mirar también recuerda nuestra herencia de los primates, los mamíferos y los vertebrados». El legado facial, dice, actúa como «el transmisor de la intersección del pasado con el futuro, de la biología con la cultura, del cuerpo con la mente».

Con algunas similitudes no nacemos o tardamos en reconocerlas. Es fácil parecerse al padre en la infancia e ir convirtiéndose en la madre progresivamente. Es fácil, también, sorprenderse a los 30, a los 40, ejecutando ese gesto que tanto hemos visto en el padre, en la madre, y que nunca percibimos en nosotros. Hasta hoy.

De pronto, un día, una se da cuenta de que mueve el pelo al caminar igual que su tía, que apoya el nudillo en la nariz mientras hace una pausa en la comida con la mirada perdida como suele hacer su madre. O alguien se lo dice. Quizá siempre estuvo y la adolescencia lo eclipsó: llegar a la adultez es a menudo una forma de reconciliarse con los padres y con uno mismo.

Si de esa reconciliación o del paso del tiempo depende la aparición o el reconocimiento de gestos compartidos, es algo que posiblemente nunca sabremos. Es imposible saber en qué momento nos hicimos con el gesto del padre, con la risa de la tía, con el caminar del abuelo. Cuándo nació esa afinidad que fue mutando en imitación inconsciente.

También ocurre así: el perro se va pareciendo al dueño; la pareja que comparte el amor y la amistad durante medio siglo termina compartiendo rasgos físicos; el votante adopta la apariencia del candidato al que vota. No ocurre a menudo. Es una combinación de tiempo, afinidad e intensidad que solo se da en los casos más extremos.

De cómo nos vamos pareciendo a base de afinidad y tiempo compartido habla Flora Davis en La comunicación no verbal. Por otro lado, los hijos pasan más tiempo con sus padres que hace siglos e incluso es posible parecerse al primer amor de la madre o a la madre adoptiva.

«De tal palo, tal astilla» solemos decir. También somos insistentes hasta hartar cuando vemos por primera vez a un bebé: se parece a ti, a él, a la abuela, al tío. Enviamos por correo saliva para conocer a nuestros antepasados sin saber qué hará esa empresa realmente con nuestra información.

Queremos conocer a nuestros antepasados. Cada vez más. Pero ya no les podemos hacer preguntas: nos perdemos en iglesias y en archivos históricos en busca de respuestas a las que damos forma de árbol. Así es como el pasado nos ayuda a entender parte del presente y a imaginar un futuro incierto. Porque lo que buscamos, a menudo, no es tanto conocer la vida del ancestro como averiguar qué hubo de nosotros siglos antes de nacer.

A la hora de hablar de herencia, anteponemos la genética y olvidamos el entorno, la cultura y otros elementos que configuran el parecido entre personas de distintas generaciones. ¿Y si el entorno condicionara la herencia más que los genes? Ese es el principal planteamiento del nuevo libro de Carl Zimmer, She Has her Mother´s Laugh.

El ensayo empezó exactamente como el título sugiere: Zimmer quería saber por qué su hija recién nacida reía como su mujer y no como él. Por qué el parecido no solo se ve, sino que se puede oír. Por el camino, el periodista científico fue explorando y explicando cómo ha cambiado la noción de herencia a lo largo de la historia. Desde aquel concepto romano de hereditas que no apelaba a la biología sino al derecho, hasta nuestra noción actual, que aún no se ha desprendido de la idea de la sangre compartida y que derivó en la de raza e impulsó experimentos poco éticos que inspiraron a los mayores genocidas.

Hasta hace relativamente poco, el concepto de herencia no se utilizaba como lo conocemos hoy, a pesar de que siempre se intentó explicar por qué somos de una manera y no de otra. Más allá de las creencias de cada grupo cultural, Alberto Magno creía que la temperatura y la humedad del lugar de nacimiento determinaban el color de la piel y que las estrellas convertían a los indios en mejores matemáticos.

Difundió esas ideas a principios del siglo XIII, cuando los europeos empezaban a creer que lo que unía a una generación con otra era la sangre. Mientras, varias etnias creían que el parentesco se obtenía al compartir comida o lenguaje. Montaigne escribió Sobre el parecido de los hijos con los padres a finales del siglo XVI. El filósofo creía que había heredado las enfermedades de su padre y también su aversión a los médicos.

Al parecido entre padres e hijos se intentó buscar explicaciones durante miles de años, pero siempre lejos de la ciencia. Hasta que Charles Darwin comenzó a plantearse estas cuestiones y abrió la puerta a una serie de planteamientos que, gracias a las posteriores investigaciones de otros científicos, derivaron en la genética a principios de 1900.

Darwin quería saber por qué cuando dos estirpes se cruzan, los hijos se parecen a una u otra y por qué a veces no se parecen a ninguna. Leyó todo cuanto encontró sobre el tema y acudió a criaderos en busca de respuestas. Para encontrarlas, empezó a cruzar orquídeas y compró conejos y palomas. En cuanto a los humanos, le interesaban las razones de la demencia cuando los médicos comenzaron a creer que era hereditaria. Mientras, su sobrino, Francis Galton, trataba de demostrar que el talento también se hereda.

Después de varios siglos de experimentos, fue Gregor Mendel quien sentó las bases de la herencia genética. Pero solo alrededor de 1900 los biólogos comenzaron a aceptar sus hallazgos y los elevaron a la categoría de leyes. «Aun así, ninguno de ellos pudo decir todavía con seguridad qué era responsable de esos patrones», explica Zimmer. Wilhelm Johannsen al fin les puso nombre: genes.

«Gradualmente, la gente tradujo sus viejas nociones y valores sobre la herencia en el lenguaje de los genes. Como la tecnología para estudiar los genes creció de manera rápida y barata, la gente se acomodó examinando su ADN. Empezaron a encargar tests genéticos para enlazarse con parientes desaparecidos y ancestros lejanos», escribe Zimmer.

Y añade: «Pero muy a menudo los genes no pueden darnos lo que realmente queremos sobre la herencia». Por eso, Zimmer apela a la necesidad de redefinir el concepto de herencia para «que esté más cerca de la naturaleza que de nuestras demandas y miedos».

Las ideas de Zimmer se podrían resumir en el hecho de que, más allá del ADN, estamos constantemente «pasando el mundo entero a nuestros hijos», incluido el cambio climático. Los genes no son, por tanto, suficientes para explicarnos por qué somos como somos. Para él, somos algo así como el resultado de infinidad de fragmentos que han viajado durante milenios y cuyos caminos se han acabado cruzando para darnos forma.

Del mismo modo, Jonathan Marks, profesor de antropología en la Universidad de Carolina del Norte, considera la herencia como la forma en la que nos pensamos en relación con los demás y con nuestros ancestros.

Así lo escribió en un artículo para AEON: «La ascendencia humana en realidad no es solo una cuestión de genética; es una cuestión altamente multidisciplinaria y debe tener en cuenta las múltiples formas en que los seres humanos se consideran dentro o fuera de diferentes grupos y diferentes identidades. La biología no es más que parte de la imagen».

Imagen: Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Gobierno de España

El dolor de Toro Sentado aún se siente

En 1890, Toro Sentado fue asesinado en Dakota del Sur. En plena huida, sus seguidores lakotas fueron masacrados. Según Maria Yellow Horse Brave Heart, lakota y experta en traumas transgeneracionales, los lakota todavía sufren aquel dolor. Las heridas heredadas pueden ser devastadoras siglos después si no se curaron a tiempo. Según Brave Heart, llevan a la depresión, a comportamientos autodestructivos como el suicidio y a una elevada mortalidad provocada por enfermedades cardiovasculares varias generaciones después.

Armen no vivió el genocidio armenio. Su abuelo perdió parte de su familia y consiguió llegar a Argentina, donde procreó y vivió hasta el día de su muerte. Hoy su nieto, después de vivir varias malas rachas que en su momento consideró inexplicables, está convencido de que su mala suerte se debe al estigma que cargan los suyos.

«Un día, cuando no conseguía entender nada, vi una foto de mi abuelo y entonces lo supe: estoy marcado por mi linaje y no voy a tener suerte ni voy a dejar de ser pobre por más que trabaje», recuerda. Su conclusión es una idea recurrente entre los que descienden de los supervivientes de la historia.

Conocer la historia de sus orígenes siempre fue determinante para los descendientes de quienes sufrieron genocidios, esclavitud y otros traumas que pasan de generación en generación en familias y grupos culturales.

Los bosquimanos !Xam, por ejemplo, podían sentir como un dolor físico la herida de un antepasado. Es una creencia muy extendida que la buena y la mala suerte se heredan en función de las acciones de los antepasados, y también del dolor que sufrieron. En estos casos, conocer el pasado de los ancestros es una cuestión vital porque, como explicó Zimmer en una entrevista con Wired, «la herencia se utilizó durante siglos como arma para deshumanizar y eliminar grupos de gente». Así ocurrió con los judíos.

Hay un poso de eternidad en lo que, para bien o para mal, heredamos genéticamente. «La herencia nos define a través de nuestro pasado biológico. También nos da un atisbo de inmortalidad al extenderse hacia el futuro», escribe Zimmer.

Cada vez que un abuelo o una madre sonríen ufanos al escuchar que un recién nacido se parece a ellos, lo que se esconde detrás de su gesto es, en realidad, un guiño a la eternidad. Algún día, el bebé convertido en anciano repetirá esa sonrisa cuando descubra que nunca morirá del todo.