Estoy cierta de que en este mundo hay divisiones que nos colocan en diferentes lugares. La primera división se da cuando sabes leer y cuando no puedes interpretar el secreto de las letras. La segunda división es para los que saben interpretar los misterios de los números y los que no saben qué hacer con ellos. La tercera es más sutil y, aunque pareciera otra cosa, es la más contundente: es la línea que se tiende entre los que entregan resultados y los que sólo saben dar pretextos.

Esta semana participé en forma directa en dos eventos que me llevaron a reflexionar sobre la tercera división y sus efectos al enfrentar la vida profesional. En uno de los casos, un miembro de un grupo de trabajo de alto rendimiento cometió un error que afectaría el desempeño y el resultado de todos los demás con lo que su bono de desempeño se vería mermado. En el otro, tuve que fungir como jurado en un concurso de emprendimiento y uno de los equipos hizo una presentación verdaderamente deplorable. En ambos casos, tuve que encargarme de la retroalimentación y, con mucha tristeza pude corroborar que lo relevante era salir del paso, tapar el hoyo y dar una vuelta de tuerca que permitiera un borrón y cuenta nueva. No se daban cuenta de que habían perdido una oportunidad. La fuente de los pretextos era inacabable. Mi padre solía decir: Si pusieran el mismo empeño en hacer lo que se debe en vez de desgastarse en explicar por qué no pudieron, lo habrían logrado.

La diferencia entre quien entrega resultados y quien da pretextos tiene que ver con una filosofía de vida, va mucho más allá que el corto plazo y más lejos que una excusa. Está directamente relacionado con las grandes preguntas que nos forjan como personas, sobre el significado mismo de nuestro ser y es un planteamiento que no tiene respuesta ni en la ciencia ni en la tecnología. El conocimiento y el honor pertenecen a mundos totalmente distintos.

Quien entrega resultados y el que da pretextos, tal como lo decía mi padre, gastan la misma cantidad de energía, pero lo hacen en forma diferente y pagan precios distintos. Ambos cruzan la línea de la meta, pero los primeros lo hacen bien. Esopo lo plantea muy bien en la fábula de La liebre y la tortuga. Seguramente, las habilidades de la liebre eran superiores a las de la tortuga, pero la planeación y la forma de desempeñarse para hacer lo debido en tiempo y forma hacen que las mejores posibilidades de uno sean desperdiciadas y del otro sean eficientemente aprovechadas.

Quien, como la tortuga, entrega resultados se prepara con tiempo, administra eficientemente sus recursos, abre los sentidos, pone atención, acepta críticas y llega a la meta a cosechar el resultado de sus esfuerzos. El que, como la liebre, se duerme en sus laureles y después da pretextos, confía demasiado en sus atributos, comete errores y no presta atención, ve que el tiempo se le viene encima, y cuando sus resultados son evaluados con la rúbrica que evidencia su mal desempeño, lejos de aprender, se sienten ofendidos, toman el papel de víctimas y cuando ven que de todas formas no lograrán conseguir con palabras lo que no supieron construir con esfuerzo, empiezan a rogar.

Digo que, en todos los casos, tanto liebres y tortugas pagan su cuota. Los que entregan resultados, seguramente sacrifican tiempo de ocio, o dejan algo por estar haciendo lo que deben. Sin embargo, cumplen y tienen satisfacción con las consecuencias. Los que dan pretextos, además de enfrentarse a los efectos, pagan otro precio más alto: los que ruegan para emparejar la marca pierden dignidad. Los que se olvidan del estilo y se enojan y buscan conseguir a gritos lo que el trabajo no les dio pierden decoro. Los que buscan culpables de la situación, los que elevan el dedo para aventar la responsabilidad a alguien más hacen gala de su incompetencia.

Lo curioso es que hay ocasiones en que dar pretextos funciona. Pero, no arregla las cosas. Las evasivas son salidas temporales. Los subterfugios son mentiras que salvan el momento, pero se deshacen con el tiempo. Y, esas pequeñas mentiras que pueden hasta sonar inocentes son materiales porosos sobre los que se construye el prestigio y esos cimientos no logran soportar un vida personal y profesional exitosa a largo plazo.

Por eso, es mucho mejor construir un prestigio profesional sobre las bases de la Verdad. Si no logré el resultado esperado, hay que aceptarlo; si cometí un error hay que admitirlo. Entonces sí que llega el borrón y cuenta nueva. El ingeniero Barros Sierra, ilustre rector de la UNAM, daba el siguiente ejemplo a sus alumnos: dos calculistas recién egresados tuvieron que hacer el estudio para construir un puente. El cálculo estuvo mal hecho y el puente se cayó. Ambos muchachos fueron llamados a rendir cuentas. Uno le echó la culpa al otro, al capataz, al señor de la ferretería, a los malos maestros que tuvo en la carrera y a la mala suerte de que su calculadora no funcionara bien. El otro presentó su renuncia explicando su error. El primero fue despedido y el segundo conservó el empleo. ¿Por? El segundo aprendió la lección, el primero sólo dio pretextos.

La línea divisoria es clara. El hilo de Ariadna que nos orienta a una sociedad civilizada y digna nos lleva por el sentido de esa Verdad con la que debemos construir el activo más preciado que tiene un profesional: su prestigio. Ese concepto que se forma desde muy temprano en la vida, que se va fundando a partir de nuestros modos que inician en la juventud, nos acompañan toda la vida. Recordamos a nuestros compañeros de escuela que entregaban trabajos excelentes y a los pillos que se quisieron pasar de listos con un profesor; no se nos olvida ese flojo que no colaboró en el trabajo de equipo ni el que nos rescató con una buena intervención.

Y, ese prestigio que nos impregna la vida y va con nosotros acompañando nuestros pasos también nos da recompensas o nos cobra cuota. Las escuelas de alto rendimiento se diferencian de las que no lo son precisamente porque unas forman para dar resultados y las otras aceptan todo tipo de pretextos. Las compañías que son confiables tienen entre su gente a personas que entregan en tiempo y forma lo que les pidieron, las otras sufren de pérdida de credibilidad. Los proyectos de emprendimiento que tienen éxito fueron generados por personas inteligentes y responsables de hacer las cosas en el momento preciso y los que entregaron pretextos hoy forman parte del enorme porcentaje de proyectos que cierran sus puertas antes de cumplir un año.

Estoy cierta de que en este mundo hay divisiones que nos colocan en diferentes lugares. También, sé muy bien en qué lado de la línea me gusta estar y con el tipo de colaboradores que me gusta trabajar. De igual forma, es importante identificar a los que están en el otro lado de la línea y saber lo que debemos hacer con ellos.