Es un mito recurrente en la historia de la humanidad. Un poder envejecido y decadente cae frente a otro más joven e impetuoso. Un imperio decadente y anquilosado en tecnologías y prácticas desfasadas se viene abajo ante el empuje de ejércitos más vivaces y hambrientos. Gran parte de los hechos del pasado se puede entrever como una pugna entre el mundo antiguo, que ya se apaga, y el nuevo, que está por venir.

A menudo la resolución es inconclusa, y como rememorara Gramsci en su día, el mundo viejo que no termina de morir y el mundo nuevo que no termina de nacer conviven juntos, casi nunca en armonía. Nuestra era no es una excepción. Hay fuerzas antiguas y muy asentadas en la hegemonía mundial. Y hay otras que, por más que hoy resulten insignificantes, atrasadas o un tanto torpes, tienen toda su historia por escribir. Y en ambos casos hay opera un factor determinante. La demografía.

Las más de 7.500 millones de personas que pueblan el planeta Tierra, un hito sin precedentes en la historia humana y que aspira a crecer hasta bien entrado el siglo XXI, cuentan con edades muy dispares. Y también sus regiones. Hay una enorme variabilidad en la edad media de cada país y de cada continente. El ejemplo paradigmático de esto último sería Europa: hoy ya no es el "viejo" continente en contraposición a la nueva América, sino el "viejo" en el sentido más literal imaginable.

Como ilustra este pequeño mapa animado de VisualCapitalist, los europeos somos personas envejecida. Por lo general, señores mayores. Algunos de los países con mayor esperanza y edad media del mundo residimos aquí (España, Italia, Grecia). En agregado, el continente perderá población poco a poco durante las próximas décadas. Y juventud. Si en 1950 su edad media apenas alcanzaba los 29 años, hoy, en 2020, supera los 43. En el plazo de setenta años Europa, ahora sí, se ha hecho vieja.

El gráfico repasa la evolución de la edad media en cada continente desde mediados del siglo pasado hasta nuestros días. Europa sólo puede encontrar un magro consuelo en la evolución de América del Norte. De sus 28 años a finales de los sesenta a sus actuales 39. La evolución aquí obedece tanto a cierta contemporización de la natalidad como al aumento de la esperanza de vida. En Europa, no hay consuelo posible: vivimos cada vez más, pero también tenemos cada vez menos hijos. Ambos factores disparan irremediablemente la edad media. Y no van a cambiar.

El contrapunto absoluto es África. Es un continente aún extraordinariamente joven, fruto, en no poca medida, de su escaso desarrollo económico. Si en 1950 su edad media era de 19 años hoy es de 20. Cada vez hay más africanos (y cada vez habrá más, como la plenitud demográfica de Nigeria ilustra), pero siguen siendo mayoritariamente jóvenes. Las peores condiciones de vida y los mayores índices de mortalidad contribuyen, aún, a rebajar su envejecimiento. Un proceso, una revolución fértil, que ya ha comenzado, no obstante.

El término medio lo ofrecen América del Sur y Asia: comienzan el gráfico siendo casi tan jóvenes como África y evolucionan hacia un estadio intermedio. De los 20 y 22 años a los 31 y 30 años. Casa bien con una interpretación económica de la demografía. Sus países tienden a ser más ricos que los africanos. Grandes capas de población han accedido a las comodidades de la clase media, la industrialización ha disparado el crecimiento, la educación ha llegado a más y más capas demográficas. Pero siguen en vías de desarrollo, con grandes desigualdades a corregir.

¿Cuál es la clave para pasar de un régimen demográfico como el africano, con una elevada natalidad y mortalidad, a uno como el Europeo, con una bajísima natalidad y mortalidad? Típicamente, la incorporación de la mujer al trabajo, encajada en un proceso de transformación económica y cultural mucho mayor. Cuando miles de mujeres tienen la oportunidad de labrar sus propias carreras profesionales y de abandonar los tradicionales ritos de paso (emparejamiento, matrimonio, formación de una familia, cuidado del hogar), la edad del primer hijo se retrasa. Y la fertilidad cae.

El fenómeno es mucho más complejo y lo hemos explorado muy a menudo en esta página, pero en términos genéricos se explica por ahí. Y de ahí que la correlación entre más edad media, más desarrollo económico y menor natalidad sea tan fuerte.