• El COVID-19 podría ser más letal en África que en cualquier otro lugar debido a la malnutrición y la enfermedad.
  • La capacidad de sus sistemas de salud para hacer frente a la pandemia es limitada.
  • El enfoque estratégico debería centrarse en medidas preventivas agresivas y de confinamiento.

A fecha de 29 de marzo de 2020, se han confirmado más de 680 000 casos de COVID-19 en 203 países de todo el mundo.

El 11 de marzo, la Organización Mundial de la Salud calificaba el brote de COVID-19 de pandemia. África se libró al principio, pero la situación está cambiando a gran velocidad. En los últimos 15 días, el número de países africanos afectados se ha incrementado de 9 a 41. Mientras la gente siga viajando, la propagación del virus por los otros 54 países del continente es solo cuestión de tiempo. Mientras escribo estas líneas desde Monrovia (Liberia), un país cuyo sistema sanitario ha tenido que hacer frente a enormes retos a causa de las guerras civiles y la epidemia del Ébola de 2014, siento la obligación de subrayar que no hay una respuesta universal y es necesario tener en cuenta consideraciones especiales cuando se formule la respuesta al COVID-19 para África.

La población y los sistemas sanitarios de este continente hacen que sea distinto de otras regiones afectadas por el COVID-19 hasta el momento. En lo que respecta a la población, hay tres factores importantes.

¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial en relación con el brote de coronavirus?

Una nueva cepa de coronavirus, COVID-19, se está extendiendo por todo el mundo y está causando muertes y graves problemas en la economía mundial.

Para responder a esta crisis se requiere una colaboración global entre gobiernos, organizaciones internacionales y empresas, que ocupa un lugar central en la misión del Foro Económico Mundial como organización internacional para la cooperación público-privada.

El Foro Económico Mundial, en colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha creado la Plataforma de Acción contra el COVID. Esta plataforma tiene por objeto catalizar el apoyo del sector privado a la respuesta sanitaria pública mundial al COVID-19, y hacerlo con la magnitud y rapidez necesarias para proteger la vida de los ciudadanos y sus medios de vida, con el fin de encontrar maneras de contribuir a poner fin a esta emergencia mundial lo antes posible.

El Foro, como organización, ya ha apoyado anteriormente iniciativas para la contención de epidemias. En 2017, durante nuestra Reunión Anual, se puso en marcha la Coalición para la Innovación en Preparación para Epidemias (CEPI, por sus siglas en inglés), que reúne a expertos del ámbito gubernamental, empresarial, sanitario y académico así como de la sociedad civil, con el fin de acelerar el desarrollo de vacunas. Actualmente, la CEPI está colaborando en la carrera por obtener una vacuna contra esta cepa de coronavirus.

En primer lugar, la estructura demográfica africana es distinta de la de otras regiones. La media de edad de los 1 300 millones de habitantes africanos es de 19,7 años. En cambio, la media de edad en China es de 38,4 años y en la Unión Europea, de 43,1 años.

La experiencia en Asia y en Europa demuestra que las personas mayores de 60 años y las personas con patologías significativas son las más proclives a desarrollar cuadros graves por COVID-19. Aunque la juventud de África puede considerarse un factor protector de peso en la pandemia, todavía no se sabe cómo van a ser la evolución y la manifestación del virus en este continente.

El segundo factor relacionado con la población es la alta prevalencia de malnutrición, anemia, malaria, VIH/SIDA y tuberculosis. Liberia, por ejemplo, presenta una de las tasas más altas de retraso del crecimiento a escala mundial: uno de cada tres niños menores de cinco años presenta un retraso del crecimiento. En las últimas semanas hemos visto un aumento en la incidencia de la malnutrición. Además, la estación de las lluvias se ha adelantado este año, y esto significa que los casos de malaria aumentarán con rapidez y el pico de 2020 podría coincidir con la pandemia del COVID-19.

Por tanto, deberíamos prever que en África se va a producir una mayor incidencia de cuadros graves de COVID-19 entre pacientes más jóvenes debido a las condiciones demográficas y a las condiciones endémicas asociadas que afectan a su sistema inmunitario. Es probable que la malnutrición, la anemia, la malaria, el VIH/SIDA y la tuberculosis aumenten la gravedad del COVID-19. Puede que en África la teoría de que «la mayoría de las personas infectadas se recuperan» no se cumpla.

En tercer lugar, la cohesión social y las reuniones sociales tienen gran importancia en África. Este continente registra, por ejemplo, los mayores índices de asistencia semanal a un servicio religioso, llegando a situarse en el 82 % en Uganda y Etiopía. Por este motivo, podría resultar más difícil imponer medidas de distanciamiento físico y social, como han demostrado las protestas que se produjeron el 20 de marzo de 2020 en el Senegal a raíz de la prohibición de reuniones públicas, incluidas las reuniones en las mezquitas, tras el aumento de los casos de COVID-19. A comienzos de esta semana, el foco se puso en Tanzania cuando anunció que no iba a cerrar los lugares de culto.

Dos son los factores relacionados con el sistema sanitario que harán que la respuesta de África al COVI-19 sea más compleja. En primer lugar, el continente está soportando una doble carga por la enfermedad: además de hacer frente a estas enfermedades infecciosas endémicas, los sistemas de salud africanos tienen que hacer frente a enfermedades no transmisibles, como las lesiones, y al cáncer. Esto hace que, para empezar, sus sistemas sanitarios estén prácticamente al límite de sus posibilidades y apenas tengan capacidad para hacer frente a la pandemia del COVID-19.

En segundo lugar, su capacidad de cuidados intensivos es la más baja del mundo. Los cuadros graves de COVID-19 causan problemas respiratorios para los que se requiere ventilación mecánica. La capacidad para tratar los cuadros graves de COVID-19 dependerá de la disponibilidad de respiradores, electricidad y oxígeno. En un análisis realizado recientemente sobre los países con el mayor número de camas en las unidades de cuidados intensivos per cápita no figura ningún país africano. En Liberia, por ejemplo, no hay ninguna unidad de cuidados intensivos (UCI) con respiradores. Uganda tiene 0,1 camas de UCI por cada 100 000 habitantes. Por el contrario, en los Estados Unidos la ratio es de 34,7 camas por cada 100 000 habitantes.

Las lecciones aprendidas en Italia y China son sumamente valiosas. Sin embargo, no pueden extrapolarse directamente a África a causa de estas diferencias demográficas y a las limitaciones del sistema sanitario.

Teniendo en cuenta que los sistemas sanitarios de África ya están saturados de por sí y su capacidad para hacer frente a la pandemia es muy limitada, el enfoque estratégico general debería centrarse en unas medidas preventivas agresivas y de contención.

El distanciamiento físico temprano y estricto y el lavado frecuente de manos demostrarán ser las intervenciones más eficaces y asequibles en el continente, con la realización simultánea de pruebas, trazabilidad de los contactos y aislamiento de los casos. Para que las medidas preventivas estrictas funcionen, vamos a necesitar el pleno apoyo de la ciudadanía, que solo puede lograrse con el compromiso de la comunidad y un firme liderazgo en materia sanitaria.

Es más, si tenemos en cuenta que África es un continente joven, el liderazgo juvenil y su compromiso serán decisivos para las actividades de prevención y confinamiento. Por último, si tenemos en cuenta la prioridad que se otorga a los servicios religiosos, los líderes religiosos tendrán que participar activamente en la respuesta al COVID-19. Por lo que respecta al sistema de salud, podrían reorganizarse y redefinirse los equipos y los quirófanos para crear capacidad de cuidados intensivos en los hospitales de distrito.

El contexto africano es único. Presenta diferencias en cuanto a la estructura de la población, la alta prevalencia de enfermedades endémicas y la doble carga de la enfermedad, con unos sistemas sanitarios al límite de sus posibilidades que poseen una capacidad mínima de cuidados intensivos.

Una respuesta robusta al COVID-19 para el continente tendrá que tener estos factores en cuenta e incluir el compromiso de la comunidad, el liderazgo del sector sanitario y la participación de líderes jóvenes y religiosos para impulsar el confinamiento. En lo que respecta al sistema sanitario, la reorganización y la redefinición temporal del sistema quirúrgico será esencial para aumentar la capacidad de cuidados intensivos durante la respuesta, centrándonos en lo que tenemos para avanzar.