Quien más y quien menos ha tenido que pasar por el médico estando de viaje, da igual que sea en otro punto de España o en algún país extranjero. Lo más seguro es que haya sido para algo sin demasiada relevancia, pero pongamos por ejemplo que el paciente ingresara inconsciente y que no pudiera advertir a los médicos de que es alérgico –por poner algo verosímil– a la penicilina.

Estando en su hospital de referencia, o al menos en la región en la que vive, bastaría una consulta al historial clínico para que quienes le atendieran pudieran suministrarle algún derivado farmacológico eficaz que no hiciera peligrar aún más la salud del paciente. Pero sin esa ficha estarían completamente a ciegas.

Es cierto que existen una serie de protocolos médicos para evitar ese tipo de posibilidades, pero podrían darse. Quién sabe si una mala caída sin más consecuencias podría acabar derivando en un choque anafiláctico devastador.

El problema de base es la falta de convergencia de datos: el hecho de que el sistema médico haga que el historial permanezca en un centro concreto, o como mucho en una región delimitada, pero no en un país entero o –ni mucho menos– a nivel mundial. En ocasiones hasta resulta imposible exportar los datos desde un seguro privado para importarlos en la sanidad pública.

El caso clínico es solo un ejemplo, pero hay cientos de situaciones similares. Momentos en los que necesitarías acceder a tu información para solventar algo concreto. A grandes rasgos hablamos de información, de datos, de todas aquellas características alrededor de una persona que facilitan su desarrollo en una sociedad que requiere de múltiples identificaciones: entradas para un evento, billetes para un viaje, o una copia de un documento oficial que no se tiene a mano en el momento necesario.

El problema, por tanto, es de acceso a la información. La solución ha ido pasando en estos últimos años por lo que se dio en llamar «la nube», un almacenamiento virtual de datos que permite acceder a ellos sin necesidad de que estén en un terminal concreto. Solo se necesita suministro eléctrico, un terminal con conexión a internet… y tu identidad. Y esa es la clave: en la sociedad actual la identidad ha dejado de limitarse al ser uno mismo y necesita de muchos complementos de información alrededor.

Imagen: Andrés Macario

La tecnología ha habilitado herramientas para almacenar muchas de esas vertientes de la identidad. Hoy en día las tarjetas de crédito, las entradas, los billetes y las reservas están en una o varias aplicaciones de cualquier teléfono móvil.

Hay certificados digitales que –con mayor o menor problema– permiten hacer gestiones administrativas. Cualquier disco duro virtual permite almacenar firmas digitalizadas, escaneos de documentos oficiales, fotografías y contraseñas diversas. Hasta se empiezan a dar los primeros pasos en la recolección de datos médicos a través de terminales móviles que, si bien no constituyen un historial médico efectivo, comienzan a dar algunos resultados.

Uno de los caminos hacia los que se dirige la industria tecnológica va precisamente en ese sentido: crear nodos de información personal para cada usuario que le permitan acceder a toda su información. El problema es doble. Por una parte, que cada sistema y empresa usan sus propios registros –que en realidad están fragmentados en centenares de apps–; y por otra, que el uso que se da a toda esa información no es realmente el que un usuario podría demandar.

En realidad el interés de la industria en todo esto es conocer más a cada usuario para poder rentabilizar esa información, ya sea mediante publicidad dirigida, ya sea a través de la creación de productos que encajen con las necesidades de sus usuarios.

Sobre el papel ninguna de esas dos cosas es negativa, pero sí conllevan un importante problema en términos de privacidad. Tener toda mi información reunida en un lugar al que solo yo puedo acceder sería una de las grandes revoluciones pendientes. Que esa información pueda ser vulnerada y utilizada contra mi voluntad sería uno de los mayores peligros contemporáneos.

Porque «toda la información» es, básicamente, lo que define a una persona. Su «mochila digital». Sus datos médicos, su capacidad financiera, sus gustos y preferencias, los lugares en los que está en cada momento y con quién… Todo eso, bien usado, resolvería infinidad de problemas, pero crearía un sinfín de riesgos adheridos.

El más relevante quizá sería el que apuntan algunas ficciones distópicas acerca de que cualquier compañía o institución pueda determinar su oferta con base en toda esa información. Negar un seguro de salud a alguien cuyos datos médicos apunten a una enfermedad futura. Negar un trabajo a alguien cuyos hábitos no encajen con lo que entienden como tolerable. Dificultar el acceso a determinados productos a personas con tendencias determinadas…

Todo eso se hace ya hoy en día, pero con fórmulas estimativas. Los bancos calculan riesgos, las compañías estiman situaciones… Pero ¿y si en lugar de fórmulas y variables se manejaran datos reales que se han ido recolectando, almacenando y combinando? Si para ser político hoy en día uno ya debe ser capaz de sobrevivir a su hemeroteca tuitera, imagina la lucha que tendrías que emprender contra el big data que tu vida haya generado.

A ver quién sería capaz de superar una lucha contra sí mismo y sus pulsiones.