Lo que no ha logrado hacer la muerte de miles de migrantes podrá hacerlo visible los hondureños y salvadoreños que hoy atraviesan México.

La caravana de migrantes que avanza por territorio mexicano hacia Estados Unidos difícilmente podrá tener éxito en su intención de obtener asilo en ese país, pero puede representar un antes y un después si los gobiernos de la región de centro y norte del continente americano ven con claridad lo que está sucediendo.

La migración es una constante relevante en Estados Unidos. Migrantes fueron sus fundadores, que redujeron a los primeros pobladores en número y condición; migrantes han sido las personas que allí han llegado al paso de los siglos y que contribuyeron a su desarrollo; migrantes son las millones de personas que han arribado recientemente. Estados Unidos es un país de migrantes.

Los flujos migratorios desde Centroamérica y México siempre han existido con incrementos y decrementos. Sin embargo, como nunca antes, los primeros 18 años del presente siglo se han caracterizado por un aumento sensible aunque con grandes variaciones a lo largo de los años. En el año 2000 la cifra de arrestos por parte de la Patrulla Fronteriza llegó a un millón y medio de migrantes. En 2018 ha bajado hasta 400.000. Estamos en presencia de un volumen migratorio que requiere la mayor atención.

La caravana puede ser el gran detonante para que las personas migrantes existan en la conciencia y responsabilidad de las sociedades y los gobiernos de los países involucrados.

En su sistemática política de contención, Estados Unidos ha gastado miles de millones de dólares para cuadruplicar el número de agentes de la Patrulla Fronteriza, construir un muro en un tercio de la frontera y colocar múltiples instrumentos tecnológicos para frenar la migración.

Ante la muralla física y virtual, los migrantes han experimentado básicamente tres destinos: lograr pasar, ser arrestados o morir. Desde hace más de veinte años, todos los días han fallecido en promedio dos migrantes cada tres días en la franja fronteriza por ahogamiento, deshidratación e hipotermia, entre otras causas.

Esa dolorosa muerte por goteo, que suma más de 10.000 decesos y de los que todos sabemos y nadie parece darse por enterado, no ha sido suficiente para que los gobiernos de la región revisen lo que están haciendo.

Tal vez lo que no han logrado hacer ver con su propia muerte miles de migrantes, puedan hacerlo visible las caravanas de hondureños y salvadoreños que hoy atraviesan México.

Este flujo de migrantes, aproximadamente ocho mil, equivale al número de centroamericanos que cada mes hacen este recorrido por territorio mexicano para llegar a Estados Unidos. La diferencia es que han preferido la luz a las sombras, que juntos han evitado ser víctimas de malas autoridades y de la delincuencia y que, con excepción de un infortunado caso, ninguno ha perdido la vida. La diferencia, pues, es que ahora todos los vemos.

Si luego de grandes esfuerzos de algunas instituciones nacionales e internacionales, de muchas organizaciones de la sociedad civil y de los medios de comunicación, se había logrado dar cierta visibilidad a la transmigración centroamericana por México hacia Estados Unidos, la caravana puede ser el gran detonante para que las personas migrantes existan en la conciencia y la responsabilidad de las sociedades y los gobiernos de los países involucrados.

El presidente Donald Trump intentó capitalizar la caravana migrante en favor de sus intereses electorales mediante el discurso del miedo, el odio y el racismo. Se trataba, según este discurso, de una invasión que incluía criminales y “desconocidos de Oriente Medio”. Se trataba de asaltadores de empleo y de programas sociales del gobierno estadounidense; era una emergencia nacional y enviaría al ejército para contenerlos.

Pasadas las elecciones, Trump anuncia que los integrantes de las caravanas que se internen en Estados Unidos por lugares no autorizados serán arrestados, lo que los hará inelegibles para solicitar asilo. Y aquellos que lo pidan serán detenidos “por años” en “enormes carpas” hasta que se resuelva su situación migratoria: “Los vamos a atrapar, los vamos a mantener encerrados”.

Ojalá esta caravana haga ver que la política de la contención y rechazo está agotada. Está rebasada.

El republicano ha recurrido incluso a simulacros de la Patrulla Fronteriza y el ejército, que realizan simulaciones de “control de multitudes” con helicópteros y camiones blindados, lo que incluye el lanzamiento de bombas de humo.

Exhibiciones para la tribuna local y demostraciones de fuerza para inhibir a los migrantes. Excesos que contrastan con el perfil de los miembros de la caravana: personas empobrecidas que huyen de la pobreza y de la inseguridad; gente con determinación, valor y esperanza, indefensa e inofensiva. Lugar común, y cierto, es que van en busca de una vida mejor, pero las condiciones de su travesía hacen pensar que solo van en busca de una vida. De una oportunidad de vida.

Ojalá esta caravana haga ver que la política de la contención y rechazo está agotada. En todo caso, está rebasada. Se aplica en Estados Unidos y en México porque se ha hecho siempre, pero no porque haya evidencia de que es la mejor. Se aplica por inercia y por miedo, por racismo y por ceguera.

Es tiempo de que todos los países de la región, los de Centroamérica, México y Estados Unidos asuman que pobreza endémica, inseguridad extrema y falta de expectativas son una realidad que no puede superarse con una venda en los ojos. La migración, al menos en esta parte del mundo, no es un problema local ni muchos problemas locales, sino un desafío regional.

Yuval Noah Harari nos recuerda, y yo hago el símil, que los diversos pobladores a lo largo del Nilo no podían hacer frente a sequías e inundaciones y a las consecuentes hambrunas hasta que se dieron cuenta de que debían unirse y resolverlas juntos para construir presas y canales, regular el flujo del río y acumular reservas de grano, entre otras soluciones que solo con visión y acción conjunta podían realizar.

Los desafíos regionales se resuelven actuando regionalmente. En estos casos, las decisiones unilaterales suelen ser insuficientes, ineficaces e injustas.

Tenemos que dar paso a un tiempo nuevo, en el que se impulse, como muchos hemos venido insistiendo al menos desde hace tres lustros, el desarrollo de los países expulsores de migrantes, su bienestar y seguridad, al tiempo que se reconozca la importancia del trabajo de los migrantes y su aportación al país de destino. No se trata de evaluar si es difícil sino si es posible. Y lo es.

Grandes son los ejemplos de países que con esfuerzo propio y colaboración internacional han encontrado la forma de reconstruirse y de abrir sus horizontes incluso después de guerras devastadoras.

Si la gesta y visibilidad de la caravana logra que se cambien paradigmas, habrá compensado el esfuerzo de sus integrantes aunque por ahora no consigan el anhelado asilo.

Mauricio Farah es un analista mexicano especialista en derechos humanos. Twitter: @mfarahg