Alrededor del mundo, las nuevas tecnologías están modificando las industrias tradicionales. Hoy tenemos mucho más de lo que podíamos soñar ayer: nuevos modelos de negocio, nuevas formas de comunicar y nuevas disciplinas laborales. Este cambio tecnológico trajo aparejado la cuarta revolución industrial.

El poder de procesamiento de las computadoras y dispositivos se está volviendo más rápido, la velocidad de Internet está aumentando un 23% cada año y los precios de la tecnología están cayendo. El precio de las computadoras personales ha caído un 99.9% desde enero de 1980 y el software de computadoras ahora cuesta un 0.7% de su precio en 1980.

Las redes sociales y su contenido vuelven el acceso instantáneo a las noticias y la información más fácil que nunca. A su vez, la omnipresencia de la tecnología ha abierto incontables caminos profesionales para los nativos digitales.

Sin embargo, con todas las oportunidades que brinda la revolución tecnológica, navegar este nuevo bravo mundo no está exento de retos. Sin un plan decisivo para la inclusión de todos los niveles sociales, la revolución no llegará a las personas que debería beneficiar más.

Si bien tenemos un acceso sin igual a varios niveles de información, a través de un sólo click o con el simple toque de la pantalla, nuestra habilidad de distinguir los hechos de la ficción se ha visto dañada y ha aumentado el número de noticias falsas. Resulta preocupante que aquellos sin acceso a la tecnología sean excluidos de esta discusión en primer lugar.

Este es un riesgo que no debemos ignorar. En los últimos años, he visto más y más titulares en los medios, debates e incluso programas de entretenimiento, enfocados en los problemas que nos dividen y nos apartan cada vez más.

Si no actuamos ahora, la tecnología tiene el poder de profundizar estos cambios. Con oportunistas capaces de desinformar y torcer nuestro entendimiento del mundo, el espacio en línea está dominado por la división entre realidad y fantasía. El riesgo aquí es que la tecnología nos forzará a enfrentar una división mucho más grande, no sólo entre los conectados y los desconectados, sino también entre los tecnológicamente empoderados y los no empoderados.

La exclusión en conectividad ya está empezando a sentirse. Observemos a Latinoamérica y al Caribe donde más de dos tercios de la población no tienen acceso a una red móvil de banda ancha, comparadas con Japón donde el 95% de la gente lo tiene. Intuitivamente, sabemos que está mal.

Es sabido que el acceso a internet es esencial, pero el acceso no significa nada sin habilidades y empoderamiento. Abrumadoramente, uno de cada cinco adultos en el Reino Unido - un total de 12 millones - carece de las habilidades necesarias para triunfar en la era digital. Estamos en riesgo de obstruir la movilidad social que la innovación tecnológica puede estimular. Más acciones deben ser tomadas para ayudar a que todos se den cuenta de los beneficios del acceso.

No hay mejor lugar para comenzar que las aulas. Los niños de hoy serán los líderes de la cuarta revolución industrial y debemos reconsiderar su educación. Me gustaría ver un cambio de paradigma de educación hacia un modelo donde se estimule y apoye la habilidad de la niñez de analizar y evaluar lo que se lee en línea, y no sostener un modelo solamente consumista.

Tenemos que construir confianza. Es esencial que la gente sienta que puede participar en la economía digital sobre una base justa, y más importante aún, sin miedo al abuso. Una mayor colaboración entre nosotros, más que el eco a la negatividad y al prejuicio, logrará esta meta.

Al igual que con muchas otras problemáticas, la respuesta para cerrar la brecha tecnológica radica, irónicamente, en el uso creativo de la tecnología. No tenemos todas las respuestas aún, y pareciera que estamos aprendiendo conforme vamos avanzando. Pero una cosa es clara: si esta revolución tiene el potencial de iniciar una nueva era de progreso social y construir sociedades más fuertes; necesitamos mejorar el acceso a la tecnología, educar a todos para que puedan beneficiarse de las oportunidades que esta ofrece; y evitar el peligro que implica crear una clase baja digital.