Parece que se nos agotaron las opciones para nombrar a las generaciones sucesivas. Después de los Baby Boomers llegó la Generación X y los Millennials (alias Generación Y), que ahora son sucedidos por la Generación Z. Si uno encuentra o no algún simbolismo, presagio o ironía en esto no es importante. Lo que importa es preguntarnos: ¿en qué tipo de mundo crecerán los nacidos en el siglo XXI? La automatización de todo ¿excluirá a muchas personas, aportando desesperación y decepción? La realización de nuestro potencial, ¿ya no será definido por el éxito profesional o medido por el valor neto? Si para una cantidad significativa de la población trabajadora se vuelve innecesario trabajar, y cuando sea que esto suceda, ¿podremos adaptar nuestro sistema de valores para permitir el ocio sin culpas, impulsar una investigación más creativa y reconocer el valor del aprendizaje para toda la vida?

Días después de que Amazon introdujera su nuevo producto, Amazon Go, realizó la primera entrega comercial por dron. El mundo fantástico del mañana con vehículos voladores y tiendas sin dinero se vuelve la realidad mundana de hoy, demasiado real para las personas cuyas condiciones de vida se ven amenazadas. Solo imaginar un escenario donde los empleos de cajeros y vendedores minoristas en los Estados Unidos sean completamente automatizados añadiría 7,5 de millones de personas al índice de desempleo. En otro ejemplo, ya sea Uber, Google, Apple, Tesla o cualquier otra empresa que introduzca en el mercado una tecnología viable que no requiere controladores, si esta tecnología se vuelve común, otros 3,5 millones de empleos en EE. UU. desaparecerían rápidamente. En comparación, desde comienzos del siglo XXI, la economía norteamericana ha sumado 800.000 empleos por año en promedio. La pérdida de solo dos de esas profesiones apenas definidas podría deshacer el equivalente a 14 años de creación de empleos.

Más allá de esos ejemplos vívidos, una publicación en un blog ampliamente compartido en la plataforma de la Agenda del Foro Económico Mundial prevé que casi la mitad de todos los empleos serán perdidos a causa de la automatización en menos de dos décadas. Uno podría consolarse al mirar las experiencias pasadas donde algunas vocaciones desaparecieron, pero otras nuevas surgieron en reemplazo. Sin embargo, muchos analistas sostienen que las cosas serán diferentes esta vez. Si esas predicciones son ciertas, y en verdad nos dirigimos a un futuro sin empleos, ahora sería el momento adecuado de iniciar un debate sobre políticas acerca de cómo podemos prepararnos para ello.

En 2013, una era antes de Amazon Go y vehículos autónomos que parecen recientes y distantes, los investigadores del MIT identificaron un fenómeno que llamaron “gran desacoplamiento”, donde la brecha se amplía entre las ganancias en la productividad y la creación de nuevos empleos. En otras palabras, el crecimiento en la producción económica —más productos y servicios para todos— no necesariamente requerirá más esfuerzo humano si esta tendencia continúa.

Si Airbus pudo imprimir en 3D un modelo de avión hoy, ¿qué implica esto para los empleos de fabricación altamente cualificados del mañana? Cualquiera que use un smartphone para administrar una cuenta bancaria, reservar un viaje o leer las noticias, debe reconocer la magnitud en la que han cambiado nuestros propios hábitos y cuántos empleos hemos presentado como obsoletos personalmente. Varias tareas que los humanos solían manejar ahora son realizadas por un dispositivo que cabe en el bolsillo. Harvard Business Review analizó las últimas tendencias y llegó a una conclusión inquietante en su titular: “La tecnología reemplazará a muchos médicos, abogados y otros profesionales”. Un reciente estudio de McKinsey descubrió que “las tecnologías presentadas actualmente podrían automatizar un 45 % de las actividades por las cuales se le paga a la gente por realizarlas”.

De la misma manera en que reconocemos intelectualmente que el mundo del mañana tendrá menos empleos, o al menos mucho menos de lo que definimos como empleo hoy, una retórica de la creación de empleos continuará dominando nuestro discurso político. Este denominado mañana tomará una década o dos,

o cinco, en llegar, pero sin duda, parte lo hará y enterrar la cabeza en la arena no es la solución. Enfocarse en las habilidades necesarias para competir con los empleos que aún deben ser inventados es solo una parte del rompecabezas. A medida que se amplía la brecha entre el crecimiento de la población y la automatización, y entre la creación de empleos y las necesidades de nuestro futuro guiado por máquinas, debemos comenzar a hacer serios ajustes para mantener la cohesión social.

¿Qué sucedería si la automatización continua del trabajo, ya sea investigación legal, diagnósticos médicos o escribir artículos periodísticos, ofrece ganancias en productividad que pueden ser distribuidas entre la población sin la necesidad de que todos contribuyan en una forma tradicional (es decir, al conservar un empleo)? De imaginar dicho futuro, requerirá un mayor cambio de paradigma acerca de cómo se organiza nuestra sociedad, cómo definimos la contribución, dónde encontramos la realización y cómo le damos sentido a nuestras actividades diarias.

Una pregunta enérgicamente debatida es cómo una persona podría financiarse a sí misma cuando se supondría que no está trabajando. El ingreso básico incondicional o “dividendo digital” es un concepto que reúne potencia y algunas jurisdicciones han jugado con la idea o ya la están poniendo a prueba. “El debate político necesita comprometerse con el tema tabú de garantizar la seguridad económica para las familias, a través de un ingreso básico universal”, escribe David Ignatius para el Washington Post.

Esta novedosa propuesta de política comúnmente se contrasta con el bienestar y los argumentos son a favor o en contra. El problema con el discurso es que se encuadra en los términos de la situación actual, donde las políticas están designadas para disuadir el aprovechamiento de algunos de los esfuerzos de otros. Lo que en cambio deberíamos considerar es una situación donde todos los humanos se aprovechen de los esfuerzos de las máquinas. Estos no crean una demanda y eso produce un serio problema para nuestro sistema económico. Hace más de un siglo, Henry Ford anticipó este debate cuando propuso que: “No es el empleador quien paga los salarios. Los empleadores solo administran el dinero. Es el cliente quien los paga”.

Tan radical como la idea de un ingreso básico universal puede sonar, en términos estrictos es una simple solución técnica para un problema en gran parte entendible como social. Será mucho más difícil imaginar e instaurar un nuevo sistema de valor donde el desempleo no esté estigmatizado. Adoptar normas en una sociedad, donde la contribución de una persona ya es definida por la producción económica, es un desafío de escala y complejidad diferentes. Para abordarlo, antes de que las tensiones sociales rebosen, necesitaremos gran coraje, mucho pensamiento creativo y gran parte de experimentación en políticas.

El neurocientífico y filósofo Sam Harris hizo la pregunta del millón en su Ted Talk acerca de la IA: ¿qué sucede cuando inventamos un “dispositivo de ahorro de trabajo perfecto, que puede diseñar la máquina que puede crear la máquina que puede hacer trabajo físico, impulsado por la luz solar, más o menos por el costo de las materias primas?” La explosión de inteligencia que Sam nos advirtió supone un conjunto distinto de preguntas, si es que sucede. No intentaré abordarlo ahora, pero hay algunas ideas con las que podríamos comenzar de antemano en un tiempo en que el alcance y la escala de necesidad para esfuerzos humanos en generar producción económica comienzan a disminuir.

1. Con el espíritu del liderazgo responsable y receptivo, debemos comenzar a reconocer abiertamente y luego enfrentar la realidad. Debido a que las carreras políticas son creadas y disueltas bajo las promesas de la creación de empleos, requerirá mucho valor para nuestros líderes tomar responsabilidad e iniciar un debate sincero acerca de la posibilidad de un futuro sin empleos.

2. El marco intelectual mediante el cual analizamos nuestros sistemas económicos también necesita cambiar. Podemos comenzar por redefinir el PBI para considerar la contribución no compensatoria, como el cuidado de niños y las tareas domésticas o, mejor aún, avanzar hacia una matriz mayor, como un índice de progreso social o cualquier otra metodología que reconoce la contribución y el progreso humano en nuevas formas.

3. Una de las preguntas más simples y aún así más complicadas para considerar en un mundo libre de empleos tradicionales es: ¿qué haremos los seres humanos con nuestro tiempo libre? Sería bueno facilitar nuestro camino hacia él al analizar un día laboral de seis horas y otras políticas que Suecia introduce “para aumentar la productividad y hacer más feliz a la gente”. Días laborales más cortos no solo ayudarán a prevenir el agotamiento, darán a las personas un espacio para encontrar otras actividades de las cuales pueden obtener significado. Para aquellos que conservan un empleo, un trabajo no es solo un vehículo para ganar el sustento, es un medio para abordar las necesidades humanas básicas para vivir. Explorar cómo esta necesidad podría satisfacerse fuera del lugar de trabajo sería digno de hacer.

4. Hoy, la ambición de una persona comúnmente se mezcla con las aspiraciones profesionales y luego medida por el éxito de su carrera. La ambición del futuro podría potencialmente ser vista a través del prisma de crear la capacidad de uno mismo para la imaginación y la aspiración por aprender, generar e intercambiar ideas. Popularizar la idea de vacaciones sabáticas en distintos campos profesionales, más allá de solo las instituciones académicas, nos ayudará a allanar esta transición.

5. Todos los esfuerzos anteriores deberían ir de la mano para solucionar una desigualdad en aumento y el reconocimiento de la crisis espiritual de la economía moderna: “donde el fracaso (para encontrar un empleo después de perder otro) es una fuente de humillación profunda y una razón para culparse a sí mismo”.

El futuro imaginado en que los humanos no tengan que trabajar, debido a que las máquinas se encargarán de un amplio rango de nuestras necesidades y deseos, no es seguro, pero es altamente probable. Podemos debatir el calendario y seguir guardando esta difícil conversación en una lata para patearla a la calle, pero sería más constructivo ahondar en este debate de una vez, probando nuevas políticas, aprendiendo de otros y formando nuestro futuro sin empleos para minimizar sus insatisfacciones. Nuestros hijos, la generación Z, nos agradecerán por ello.