En 2030, el panorama político mundial se verá muy diferente al actual. Los protagonistas seguirán siendo los Estados nación. No habrá una sola fuerza hegemónica, sino un puñado de países —entre los que destacan Estados Unidos, Rusia, China, Alemania, India y Japón— que presentarán tendencias semiimperiales. El poder se distribuirá más ampliamente a través de las redes no estatales, incluidas las regresivas. Y las grandes aglomeraciones de megaciudades y sus periferias ejercerán una influencia cada vez mayor. El orden de la posguerra, que se mantuvo desde mediados del siglo XX, ha fracasado. Se espera incertidumbre e inestabilidad.

Hay un rebrote de los Estados nación. Los más grandes están expandiendo su alcance global, incluso a medida que marcan sus fronteras territoriales y digitales. Como muestra sobradamente la arremetida de la política reaccionaria alrededor del mundo, no existen garantías de que estos vastos dominios territoriales y sus satélites sean más liberales o democráticos. En su lugar el incesante cambio climático, la migración, el terrorismo, la desigualdad y el rápido cambio tecnológico van a aumentar la ansiedad, la inseguridad y, como ya es dolorosamente evidente, el populismo y el autoritarismo. Si bien ya muestra grietas, el reinado de cuatro siglos de los Estados nación durará algunas décadas más.

No se suponía que fuera así. Durante la década de 1990, los estudiosos pronosticaron la decadencia y desaparición de los Estados nación. Era de esperar que la globalización precipitara su irrelevancia. Con el triunfo aparente de la democracia liberal, la expansión del capitalismo de libre mercado y la promesa de una mínima interferencia estatal, Francis Fukayama pronosticó el fin de la historia y, por extensión, la desaparición de los Estados nación anacrónicos. Un siglo antes, se hizo una afirmación similar: Friedreich Engels predijo la “desaparición del estado” como consecuencia del socialismo.

El fin del fin de la historia

Los rumores sobre la muerte del Estado nación fueron muy exagerados. El fin de la historia no ha llegado y la democracia liberal no está en ascenso. Misha Glenny sostiene que “Fukayama y otras personas subestimaron el orgullo occidental y la codicia del capitalismo financiero que contribuyó en 2008 a una de las crisis políticas y económicas más graves desde la Gran Depresión. Estas sacudidas, junto con una reacción violenta contra la globalización, permitieron que los modelos alternativos de gobernabilidad se reafirmaran... con China y Rusia, pero también con otros estados de Europa... y la consolidación de los Estados nación no liberales”.

Lejos de experimentar una disminución del poder duro, los Estados nación más grandes están reforzando constantemente sus capacidades militares. Los diez países que más gastaron en 2015 incluyen los EE. UU., China, Rusia, India, Japón y Alemania. Algunos de estos países, junto con grandes compradores como Israel y Arabia Saudita, sin duda se están preparando para enfrentamientos en la próxima década. No están solos. Los gastos mundiales de defensa han aumentado ininterrumpidamente desde fines de los años noventa, superando el año pasado los 1,6 billones de dólares. Estas tendencias seguirán aumentando en la próxima década.

Estos mismos Estados nación seguirán dominando la economía. Países como Estados Unidos, China, Japón, Alemania, India y, en menor medida, Rusia registraron los mayores PBI en 2015. Si se ajustan por paridad de poder adquisitivo, China supera a los EE. UU., y Rusia también se desplaza hacia arriba en la clasificación. Es probable que estos países sigan siendo los mejores en 2030, junto con Brasil (si consigue poner su casa en orden), Canadá, Francia, Italia, México, Indonesia y otros. Salvo un desmoronamiento espectacular de los mercados mundiales o un conflicto armado catastrófico (ambos ahora más factibles a raíz del triunfo de Donald Trump), continuarán trazando el rumbo de los asuntos internacionales.

Sin duda, los Estados nación no son las únicas formas de organización política y económica. Ya están cediendo soberanía a las distintas configuraciones de gobierno, poder e influencia. La Cuarta Revolución Industrial está acelerando ese cambio. Como explica Anne-Marie Slaughter, “los Estados nación son el mundo del tablero de ajedrez, de la geopolítica tradicional... [pero la] web es el mundo de las redes empresariales, cívicas y criminales que superponen y complican los juegos que juegan los estadistas”. En su opinión, las mujeres de estado deben estudiar la web para activar y desplegar el poder no gubernamental como el gobierno lo hace con el poder gubernamental.

Las grandes áreas metropolitanas compiten cada vez más con los Estados nación en peso político y económico. Tomemos el caso de la ciudad de México, que agrupa a unos 100 000 policías, una fuerza mayor que las agencias nacionales de orden público de 115 países. O consideremos el presupuesto anual de Nueva York de 82 mil millones de dólares, más grande que los presupuestos nacionales de 160 países. Paralelamente, las poblaciones de megaciudades como Seúl y Tokio son más grandes que las de la mayoría de los Estados nación. Muchas ciudades están ideando rápidamente asociaciones transfronterizas e integrando el transporte, las telecomunicaciones y la infraestructura relacionada con la energía. Los ciudadanos expresan nuevas formas de pertenencia —o de ciudadanía— que abarcan los ámbitos digital y físico, y desafían las nociones tradicionales de identidad nacional.

Cuatro amenazas al Estado nación

La mayoría de los Estados nación subsistirán en las próximas décadas. Sin embargo, se encontrarán bajo presión de diferentes maneras.

1. La redistribución del poder entre un puñado de Estados nación está perturbando profundamente el orden mundial. Las potencias establecidas del siglo XX como Estados Unidos y la Unión Europea están cediendo importancia e influencia a China e India, que crecen más rápido. Las viejas alianzas forjadas después de la Segunda Guerra Mundial están dando paso a nuevas coaliciones regionales en América Latina, Asia y África. Si bien estas reconfiguraciones reflejan los cambios políticos, económicos y demográficos regionales, también aumentan el riesgo de volatilidad, incluida la guerra. Como explica Parag Khana, “los grandes Estados nación continentales seguirán buscando controlar las cadenas de suministro de energía y tecnología, mientras que los estados más pequeños tendrán que unirse o sufrir las consecuencias de la irrelevancia”.

2. La desconcentración del poder lejos de los Estados nación está dando lugar a niveles paralelos de gobierno. De hecho, los propios Estados nación están muy ocupados en establecer enclaves legales y físicos para contratar las funciones básicas a entidades privadas. Ya hay repartidas por todo el mundo más de 4000 zonas económicas especiales registradas, que van desde zonas de libre comercio y de procesamiento de exportaciones hasta puertos libres y parques de innovación. Muchas de las establecidas en China, Malasia, Corea del Sur y los Emiratos Árabes Unidos se consideran relativamente exitosas, mientras que otras —especialmente las zonas que se establecieron rápidamente en África y en el sur de Asia— han tenido un mal desempeño. Estos paraestados fusionan deliberadamente intereses públicos y privados, y ponen a prueba la compra de la soberanía estatal.

3. Los Estados nación y los paraestados sufrirán presiones de redes descentralizadas de entidades y coaliciones no estatales, muchas de ellas habilitadas por las tecnologías de la información y la comunicación. Grandes empresas multinacionales ya participan directamente en la política nacional. También lo hacen las multitudes de organizaciones no gubernamentales, sindicatos, grupos religiosos y otros. Trabajar constructivamente con estas redes facultadas digitalmente, en lugar de hacerlo en su contra, será una de las pruebas clave para los Estados nación. La expansión de las nuevas tecnologías ofrece nuevas formas de imaginar la democracia deliberativa, pero también de destruirla. Este es el rostro de Janus de la sociedad cuantificada: ofrece beneficios y oportunidades extraordinarios, pero también riesgos que van desde la evisceración de puestos de trabajo de baja calificación hasta nuevas formas aterradoras de guerra, terrorismo y criminalidad.

4. Los Estados nación están viendo el traspaso del poder a las ciudades. El continuo avance de la urbanización es en parte culpable. La cantidad de grandes y medianas ciudades se ha multiplicado por diez desde la década de 1950. Hoy en día existen 29 megaciudades con 10 millones de habitantes o más. Y existen otras 163 ciudades con más de 3 millones de habitantes y un mínimo de 538 ciudades con un millón de habitantes. Las ciudades ya no solo aceptan las reglas, sino que las crean. Está surgiendo una nueva generación de alcaldes y, literalmente, cientos de coaliciones de ciudades, que aseguran eficazmente la inserción de nuestro futuro urbano en las relaciones internacionales. No sorprende que la geografía del poder también esté cambiando; las ciudades compiten cada vez más entre sí y con los Estados nación, por el agua, los alimentos y la energía, entre otros.

Saskia Sassen ha puesto de manifiesto de manera convincente cómo surgimiento de las ciudades globales es generado por la creciente importancia de la intermediación. En La Ciudad Global, explica cómo la desregulación y privatización de las economías nacionales fue clave para la globalización de las ciudades durante los años ochenta y noventa. Esto a su vez elevó de manera considerable la demanda de talento altamente especializado y contribuyó al hiperaburguesamiento, como los residentes de Londres, Nueva York, Shanghái o Hong Kong saben perfectamente. Todos estos desarrollos han modificado radicalmente la textura de la vida urbana, planteando cuestiones de su sostenibilidad.

En la próxima década, los Estados nación enfrentarán innumerables desafíos. Tras haber sobrevivido 368 años, han demostrado ser modos de organización política, social y burocrática notablemente resistentes. Pero dada la escala y la gravedad de los desafíos mundiales, junto con la parálisis de nuestras instituciones nacionales y multilaterales, existe el riesgo de que los Estados nación se tornen anacrónicos y hostiles para la supervivencia de la humanidad en su conjunto.

La posibilidad de que los Estados nación más poderosos del mundo sean rehenes de los intereses nativistas y proteccionistas es más evidente que nunca. Por otro lado, las ciudades y las redes de la sociedad civil constituyen potentes nodos políticos y económicos de poder e influencia. El asunto es si serán mejores en canalizar la acción conjunta para abordar las amenazas futuras.

* Gracias por la contribución de Anne-Marie Slaughter, Saskia Sassen, Misha Glenny y Parag Khana.

Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no del Foro Económico Mundial.