Cuando la última ronda de negociaciones climáticas mundiales, la COP24, concluyó en Katowice, en la región minera del carbón de Polonia, buena parte del discurso climático ha adoptado un tono de desesperación absoluta. La Academia Nacional de Ciencias nos advierte de que los ritmos actuales de calentamiento, comparables solo a los efectos de un “impacto de meteorito”, nos devolverán a un clima anterior a la evolución de los humanos modernos. Un artículo de Nature nos advierte de un “Aumento no lineal de la escorrentía de Groenlandia en respuesta al calentamiento del Ártico posindustrial” (o, en lenguaje no técnico, que el deshielo de las capas de hielo del mundo se ha acelerado drásticamente).
La Universidad de Washington establece paralelismos entre nuestra situación actual y la “gran mortandad”, la extinción masiva ocurrida hace 252 millones de años que acabó con el 96 % de la vida oceánica. El último informe del IPCC advierte de los efectos más perjudiciales del cambio climático (escasez grave de alimentos, incendios forestales, mortandad masiva de arrecifes de coral y conflictos provocados por el clima), que llegarán mucho antes y con un umbral de temperatura más bajo de lo que se pensaba hasta ahora.
¿De qué manera el aire acondicionado supone un obstáculo para los esfuerzos por combatir el cambio climático?
Mientras tanto, cada vez se presta más atención al enorme riesgo climático que plantea una tecnología doméstica corriente y cada vez más omnipresente: el aire acondicionado. Investigadores del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) y el Rocky Mountain Institute (RMI) han concluido que los aparatos de aire acondicionado de habitación por sí solos (los equipos de ventana y split típicos de la mayoría de los hogares) representarán más de 130 gigatoneladas (Gt) de emisiones de CO2 entre ahora y 2050. Esto equivaldría al 20-40 % del «presupuesto de carbono» restante del mundo (la cantidad máxima que podemos emitir sin dejar de limitar el calentamiento global a menos de 2˚C por encima de los niveles preindustriales, el objetivo fijado en la Conferencia de París sobre el Clima de 2015).
La desesperación es comprensible, pero no muy útil. Como suele señalar Amory Lovins, científico jefe del RMI: “La angustia generalizada… adormece y desmotiva”. Es mucho mejor actuar con el espíritu de la “esperanza aplicada… [con las] mangas remangadas y luchando con ahínco por cambiar o vencer a las probabilidades”.
Las últimas conclusiones de Lovins ofrecen muchos motivos para la esperanza; en concreto, porque el potencial de mitigación del cambio climático que tiene la eficiencia energética es, en realidad, varias veces mayor y más barato de lo que se creía. Lovins señala que “la energía ahorrada ya es la mayor fuente de servicios energéticos del mundo, por delante del petróleo”; es decir, las reducciones de la intensidad energética mundial entre 1990-2016 ahorraron más energía en 2016 que todo el petróleo quemado ese año.
A diferencia de la energía renovable, cuyo coste se ha desplomado en la última década, se suponía que la eficiencia energética sería más cara a medida que se agotan los métodos más baratos. Pero esta idea tan extendida se basa en la teoría económica (que considera la eficiencia como un recurso en declive), no en la práctica de la ingeniería, que demuestra que una adopción más rápida y las soluciones integradas pueden reducir rápidamente los costes.
Los edificios, que directa o indirectamente generan casi el 40 % de las emisiones de CO2, son los que más se beneficiarían del “diseño integrador”, es decir, diseñar los sistemas que consumen energía no como componentes aislados, sino como un todo. Estos enfoques hacen económica y financieramente viables mejoras de eficiencia en los edificios de un orden de magnitud, principalmente al eliminar o reducir los equipos de calefacción, ventilación y aire acondicionado (HVAC).
Y en cuanto a los aparatos de aire acondicionado (AC) que no podemos eliminar, la investigación del RMI sugiere que son posibles mejoras radicales para combatir el cambio climático. La tecnología del compresor, en el corazón de la mayoría de las unidades de AC, apenas ha alcanzado el 14 % de su máxima eficiencia teórica (la mayoría de las unidades de AC se sitúan entre el 6 y el 8 %). Compárese con los paneles solares (que alcanzan el 40 % de su potencial de eficiencia teórica) o la iluminación LED (70 %). Existen vías creíbles hacia una solución cuatro o cinco veces más eficiente, tanto mediante la hibridación de tecnologías existentes como mediante nuevos sistemas que se desarrollan en laboratorios y centros de investigación, como la transferencia de calor entre semiconductores, el uso de campos magnéticos e incluso la expulsión de calor al espacio exterior.
El reto, por supuesto, es lograr que estas tecnologías encuentren la manera de escalar. La industria del AC está dominada por un puñado de grandes fabricantes consolidados que simplemente responden a las señales regulatorias y del mercado actuales. Los consumidores se fijan sobre todo en el precio, la marca y el aspecto, y los reguladores apenas presionan en lo relativo a las normas de eficiencia. En consecuencia, las empresas de AC suelen gastar más en publicidad y estética que en investigación y desarrollo, y se centran en fabricar la mayor cantidad posible de unidades de baja eficiencia al menor coste posible.
Sin embargo, podemos cambiar esta dinámica. Los reguladores de todo el mundo pueden elevar las normas mínimas de rendimiento energético hasta acercarlas a las de los equipos de AC más eficientes de su categoría, que suelen ser el doble de eficientes que la norma del mercado (un esfuerzo impulsado por el Programa de Eficiencia de la Refrigeración de Kigali). Las agencias gubernamentales de compras y los grandes compradores del sector privado (como los promotores inmobiliarios) pueden aprovechar su poder de compra mediante compromisos de mercado anticipados y programas de adquisición a granel de equipos de AC de muy alta eficiencia. Para ahorrar dinero de los contribuyentes y aportar valor a sus clientes, tiene todo el sentido que los gobiernos y los promotores adquieran los productos con los menores costes a lo largo de su ciclo de vida. Las soluciones de financiación sencillas pueden animar a las personas a comprar equipos de AC más eficientes. Las empresas de servicios públicos con visión de futuro, por ejemplo, pueden ofrecer financiación “en la factura”, que permite a los consumidores pagar los electrodomésticos energéticamente eficientes a través de sus facturas de electricidad y a plazos, lo que les permite obtener, en la práctica, ahorros desde el primer día.
Y, de manera decisiva, los retos respaldados por la filantropía pueden ayudar a elevar el techo tecnológico. El recientemente lanzado Global Cooling Prize puede ayudar a las nuevas empresas y a los emprendedores prometedores a encontrar público, eludiendo los canales tradicionales de comercialización dominados por los fabricantes consolidados. También podría impulsar a los complacientes actores consolidados hacia una acción más ambiciosa, allí donde los enfoques regulatorios más graduales han fracasado. En el mes siguiente a su anuncio, el premio ha atraído inscripciones de más de 1.000 empresas y particulares, procedentes de más de 20 países, un símbolo alentador de esperanza aplicada tal como cabría desear.
António Guterres, secretario general de la ONU, transmitió en Polonia un mensaje contundente y sencillo: “Nos estamos quedando sin tiempo. Desaprovechar esta oportunidad comprometería nuestra última y mejor oportunidad de detener el cambio climático descontrolado.” Sabemos qué constituye esa “última y mejor oportunidad” para combatir el cambio climático: impulsar la eficiencia continua, que ya es nuestro mayor recurso energético, mediante enfoques exponenciales de sistemas integrales. Y centrar nuestros esfuerzos de innovación en las tecnologías con mayor potencial y mayor impacto en el futuro de nuestro planeta, empezando por los dispositivos que usamos para refrescarnos en un mundo que se calienta a un ritmo acelerado.
Para más información, lea el informe Solving the Global Cooling Challenge, disponible aquí.





