Opinión
El auge —o retorno— de la geoeconomía y el impacto en el crecimiento

¿Qué significa el cambio hacia la geoeconomía para el crecimiento? Image: Getty Images
- Hasta hace poco, la geoeconomía se consideraba una disciplina anticuada.
- Hoy en día, sin embargo, el giro hacia esta práctica se ha intensificado y muchos países están adoptando sus principios.
- Aunque este cambio podría ser temporal, los líderes empresariales, los inversionistas y los responsables de las políticas públicas deben reconocer esta nueva realidad.
En las últimas décadas, el nombre de Albert Hirschman no ha ocupado un lugar destacado en las facultades de economía. Y no es de extrañar: este economista judeoalemán, que huyó a Estados Unidos en la década de 1930, estudió cómo las grandes potencias utilizaron su poder político e influencia en el periodo de entreguerras para provocar conflictos geopolíticos; es decir, se dedicaron a lo que hoy conocemos como geoeconomía.
En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando se publicó el primer libro de Hirschman, este tema se consideraba pasado de moda. En la era de Bretton Woods, la prioridad era la colaboración económica —y no la competencia brutal— para impulsar el crecimiento, al menos entre los aliados occidentales. Más tarde, con la revolución neoliberal de los años 80, los economistas abrazaron la idea de que los mercados podían operar libremente, ajenos a los juegos de poder político, y que la globalización uniría a la economía mundial.
Se pensaba que la geoeconomía era un concepto anticuado o que solo aplicaba a las economías emergentes, no a las desarrolladas. Tanto es así que un documento del FMI de 2019 calificaba a la política industrial como "la política que no debe ser nombrada".
Qué rápido cambian los tiempos. Con la reelección de Donald Trump en noviembre de 2024, la sombra de Hirschman ha resurgido. Estados Unidos recurre cada vez más al comercio exterior y a otras herramientas económicas para reforzar su "poder nacional". La economía ya no se percibe como una esfera de actividad independiente de la política, la tecnología o los asuntos militares, sino como una herramienta para promover el poder político.
¿Qué significa esto para el crecimiento?
Algunos aseguran que siempre ha sido así; es decir, que la geoeconomía nunca desapareció por completo. En parte tienen razón: durante la Guerra Fría, las potencias dominantes —como Estados Unidos— a veces utilizaron los mercados "libres" para expandir su poder, y los mercados emergentes y las naciones del Sur Global sufrieron las consecuencias. Además, tras su ingreso a la Organización Mundial del Comercio en 2001, China se comportó a menudo de manera mercantilista.
Sin embargo, la segunda administración Trump ha intensificado este cambio de mentalidad hacia la geoeconomía. Y esto está resultando contagioso, ya que otros países están empezando a responder con estrategias geoeconómicas, tal como sucedió en la década de 1930.
Entonces, ¿qué significa esto para el crecimiento? Hay que tener en cuenta cinco puntos clave:
1. Hay una creciente sensación de competencia de suma cero, en la que potencias como Estados Unidos intentan absorber el crecimiento de los demás. Estamos pasando de una era en la que la política se centraba en el bienestar absoluto (es decir, si los países eran más ricos que antes) al bienestar relativo (si los países se enriquecen más que sus rivales). Esto es trágico.
2. En este entorno cada vez más competitivo, el poder hegemónico es fundamental. Como ha señalado un grupo de economistas de Stanford, Columbia y Chicago, una de las formas más eficaces de entender el orden geopolítico actual es a través del prisma de la competencia por la hegemonía entre Estados Unidos y China.
En particular, China ejerce hoy un poder hegemónico en muchos sectores de la manufactura debido a su control de nodos clave en la cadena de suministro (como las tierras raras), algo que Estados Unidos intenta socavar. Por su parte, Estados Unidos mantiene la hegemonía financiera gracias al rol del dólar como moneda de reserva mundial, una posición que los líderes chinos buscan debilitar. Mientras tanto, la hegemonía tecnológica sigue en disputa. Dado que ninguna de las dos potencias parece capaz de desplazar a la otra a corto plazo, esta pugna persistirá.
3. Este panorama deja a las naciones más pequeñas especialmente vulnerables a la coacción. Mientras que los economistas del libre mercado asumían que las redes digitales, comerciales y financieras democratizarían el crecimiento, la realidad es que las potencias hegemónicas están utilizando estas redes como herramientas de control, como han señalado autores como Edward Fishman o Henry Farrell. Esto obliga a los países más pequeños a reducir sus vulnerabilidades diversificando sus relaciones económicas, fomentando la autosuficiencia —cuando sea posible— y buscando alianzas estratégicas.
4. La intervención estatal está en aumento. Muchos países de mercados emergentes han aplicado políticas industriales durante décadas, a pesar de las constantes críticas de organismos como el FMI. Sin embargo, hoy los países desarrollados también están implementando estas políticas —incluso bajo gobiernos de derecha—, superando incluso su uso en los mercados emergentes, según revelan datos recientes del FMI.
5. Las empresas y los inversionistas deben adoptar el enfoque de los grupos de interés (stakeholderism). Esto puede sonar extraño, dado que cuando la Business Roundtable de Estados Unidos adoptó este modelo en 2019 —para sustituir la primacía de los accionistas—, se le vinculó inicialmente con los objetivos ambientales, sociales y de gobernanza (ESG), los cuales hoy parecen estar en retroceso.
Sin embargo, los ataques a los criterios ASG no significan que la primacía de los accionistas haya regresado a Estados Unidos ni a otros lugares. Más bien, las empresas se enfrentan hoy a un nuevo ecosistema de grupos de interés, como los imperativos de seguridad nacional, los valores culturales conservadores y las demandas populistas de la sociedad. La alta dirección ignora esta realidad bajo su propio riesgo
¿Un fenómeno pasajero?
Este cambio de mentalidad hacia la geoeconomía podría no ser permanente. Es posible, por ejemplo, que algunos países fuera de la órbita estadounidense intenten combatir la geoeconomía fomentando una visión más colaborativa: la llamada "coalición de voluntarios" liberal. También podría darse un giro en las políticas de Estados Unidos o de otras potencias si ocurre una fuerte desaceleración económica. De hecho, el proteccionismo ya parece estar socavando las perspectivas de crecimiento.
Sin embargo, sería ingenuo esperar un retorno al orden neoliberal o al espíritu colaborativo de Bretton Woods en el corto plazo; o al menos, no mientras persista la rivalidad entre Estados Unidos y China y sigan surgiendo conflictos en la escena mundial, agravados por el cambio climático, las disrupciones tecnológicas y el aumento de la deuda.
Por lo tanto, los líderes empresariales, los inversionistas y los tomadores de decisiones deben reconocer estas nuevas realidades y encontrar formas de extraer resultados positivos de este giro hacia una mayor intervención estatal, la rivalidad nacional, los intereses populares y la localización. La alternativa de una geoeconomía hostil es aterradora; basta con mirar el periodo de los años 30 y el deslizamiento hacia el militarismo que analizó Hirschman.
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