La crisis de la socialdemocracia en Europa cuando más la necesitamos

Image: REUTERS/Mal Langsdon
Las recientes elecciones en Holanda confirmaron la creciente irrelevancia de los partidos social-demócratas en Europa. El Partido Laborista recibió menos de un 6% de los votos y su número de escaños pasó de 38 a sólo 9. Este fracaso no es un hecho aislado: la popularidad de la socialdemocracia europea está al nivel más bajo desde los años 60 y ha caído de forma sistemática desde 2005. La lista de partidos en crisis se va ampliando; empezó con la casi desaparición del PASOK en Grecia y ha seguido con problemas crecientes en países como España o el Reino Unido.
Aunque cada país es un mundo, existen por lo menos cuatro razones que explican los problemas estructurales que enfrentan estos partidos:
Respuestas deficientes a la Gran Crisis del 2008. Las economías occidentales están todavía viviendo las consecuencias negativas de la crisis financiera. De 2008 a 2015 el salario medio en los países de la OCDE creció a una tasa media anual de sólo 0.4 % y se mantuvo estancado en un número significativo de países europeos como lo muestra el gráfico 1. La necesidad de políticas fiscales expansivas de corte keynesiano se topó con niveles de deuda cada vez mayores y, en algunos casos (¡pero no todos!), difíciles de sostener. Los partidos socialdemócratas tuvieron dificultades para responder a este difícil reto: aceptaron con demasiada frecuencia el discurso de la austeridad sin criticar de forma activa el carácter especulativo de los mercados. En algunos casos fallaron hasta en lo simbólico: la reforma constitucional para asegurar el equilibrio presupuestario introducida por el gobierno de Zapatero es, quizás, el mejor ejemplo. Si el objetivo prioritario era reducir déficits, ¿para qué era necesaria la izquierda? ¿Iban a ser los recortes distintos en gobiernos de derecha?

La respuesta al malestar con la migración y al multiculturalismo. La incertidumbre económica unida al miedo a los ataques terroristas perpetrados por el islamismo radical han llegado a una parte significativa del electorado a rechazar la migración y el multiculturalismo. La migración es hoy uno de los asuntos que más preocupan a los europeos y se ha convertido en un tema central de las campañas electorales en casi todos los países. Más aun, el 55% de los 10.000 europeos encuestados por Chatham House recientemente se mostraron a favor de parar totalmente la migración proveniente de países musulmanes; ese porcentaje era inferior al 50% sólo en España y el Reino Unido. La derecha radical (e incluso la no tan radical en algunos casos) ha ofrecido una respuesta populista a esta preocupación: prohibir la llegada de nuevos migrantes como forma de aumentar los empleos “nacionales” y hacer frente al terrorismo. La socialdemocracia, en cambio, ha tenido más dificultades para adaptarse a la nueva situación: ¿debería renunciar al multiculturalismo y adoptar posturas más comunalistas? ¿Reducir la migración para proteger el Estado del Bienestar? ¿Mantener la defensa de fronteras más abiertas? Estas dudas comprensibles (pero no siempre bien explicadas o resultas) son evidentes en los debates recientes dentro de la izquierda.
Pérdida del liderazgo en el debate de políticas públicas. Los partidos socialdemócratas fueron en gran medida los artífices del modelo social europeo que se consolidó después de la segunda guerra mundial, así como los líderes del proyecto europeista. La provisión universal de salud, educación y pensiones o la expansión de derechos laborales fueron responsabilidad directa de la izquierda y más tarde aceptados como necesarios por el resto de partidos—como lo reconoce hasta The Economist. En décadas recientes, sin embargo, a la socialdemocracia le ha costado más innovar de forma creativa. Por un lado, la tercera vía de Felipe González y Tony Blair fue bastante contradictoria, particularmente en sus propuestas respecto al cambio productivo y a la la regulación financiera. Por otro lado, a los partidos tradicionales les ha costado incorporarse a debates importantes para el futuro como el del ingreso mínimo universal.
La ruptura de su modelo de relación con la sociedad. Buena parte del éxito de los partidos socialdemócratas—y de su peculiaridad respecto a la derecha—fue la estrecha vinculación que crearon con los sindicatos y otros movimientos sociales. Eso les permitió tener presencia a nivel comunitario y contar con un buen termómetro de las demandas sociales. Lamentablemente, distintos cambios internos y externos han puesto en cuestión ese modelo. Por un lado, los sindicatos entraron en crisis en casi todos los países: la tasa de sindicación media en la OCDE pasó de casi un 50% en 1980 a menos de un 35% en la actualidad. El número creciente de trabajadores temporales o en actividades informales unido a la falta de apoyo político al movimiento sindical explican esta caída. Por otro lado, los partidos y sus miembros se fueron profesionalizando cada vez más, hasta convertirse en órganos bastante independientes de los ciudadanos de a pie.
Lo más paradógico es que la agenda socialdemócrata centrada en la lucha por la igualdad política y económica y la estabilidad de los individuos es hoy más relevante que nunca. Para hacer frente a la creciente concentración de la riqueza en el 1% más rico de la población, el cambio climático o al aumento de la incertidumbre económica es necesario buscar nuevos equilibrios entre Estado y mercado, reimpulsar la agenda de los derechos humanos universales y proteger los pisos de protección social en áreas como la salud, las pensiones y las transferencias. Sin embargo, para liderar respuestas efectivas a estos retos, los partidos socialdemócratas históricos deberán reinventarse, promoviendo sectores públicos más transparentes, participativos y democráticos; desarrollando nuevas propuestas de política industrial; explorando nuevas opciones de política, incluyendo el ingreso básico universal o una mayor redistribución del capital; poniendo más acento en la regulación del sector privado en numerosas áreas desde las finanzas a la salud; buscando nuevas formas de incorporar a los migrantes; y vinculándose de forma más activa a los movimientos sociales. Si no lo hacen, serán poco a poco reemplazados por nuevos partidos con mayor capacidad para impulsar estas agendas.
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