¿Cómo se ha equivocado la democracia?

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Desde el fracaso de la economía global en 2008, ha habido una erosión de confianza en las instituciones y los procesos políticos. Los ciudadanos ahora tienen más fe en las compañías que en sus propios líderes, e incluso no tienen fe plena en el sector privado, como lo demuestra el barómetro de Edelman Trust, el cual muestra que la fe global en las empresas es del 58% mientras que la fe en el gobierno ha caído hasta el 44%. Como Global Shaper del Foro Económico Mundial, este es un problema que resuena con las personas de mi grupo demográfico: la juventud mundial.

Durante los últimos dos años, las protestas de ciudadanos han dominado los encabezados en muchos países alrededor del mundo. Grecia y España han vivido disturbios después de la crisis de la eurozona. Los ucranianos ocuparon Kiev central. Son pocas las naciones desde el Norte de África hasta Medio Oriente que no se han visto afectadas por las secuelas de la Primavera Árabe, puesto que los ciudadanos de la era digital tienen mayor confianza para movilizarse debido al déficit democrático. Hong Kong es el último lugar que ha experimentado protestas de gran escala. De hecho, en América Latina, región de donde yo provengo, esta tendencia tiene una importancia mucho mayor que en ninguna otra región. Esto se hizo evidente en Brasil, que en el verano de 2014, presenció grandes disturbios cuando la gente protestó en contra de la disparidad de ingresos y el gasto público hecho por la Copa Mundial y los Juegos Olímpicos de 2016.

Los mecanismos están dispuestos para que los sistemas sean más democráticos que nunca antes, y, sin embargo, hay una desconexión fundamental entre los ciudadanos del mundo y los funcionarios electos que supuestamente los representan. Gracias a Internet, el público puede identificar a personas con los mismos valores y miedos, intercambiar ideas y forjar relaciones más rápido que nunca antes. Nuestros gobiernos simplemente no son parte de esa conversación: tenemos instituciones del siglo XIX con mentalidades del siglo XX tratando de comunicarse con ciudadanos del siglo XXI. A nuestros gobiernos se les elige, se les disuelve y se les reelige, y sus logros son sólo agendas a corto plazo, pero los ciclos que pueden innovar y generar la confianza de los votantes requieren inversión a largo plazo. No es sorprendente que las personas crean que el sistema está roto.

Creo que está claro que la manera antigua de hacer política definitivamente cambiará, pero no la democracia representativa: y no debería cambiar. A pesar de lo poderoso que el mundo en línea puede ser, una estructura democrática parecida a las redes sociales, donde todo mundo comparte y debate sus opiniones al mismo tiempo, simplemente nos llevaría a la anarquía.

En lugar de eso, la democracia representativa debe modernizarse e involucrar activamente a los ciudadanos en los procesos de toma de decisiones. En lugar de verse a sí mismos como entidades ´puras´ que resuelven problemas, los gobiernos deben posicionarse como los cuerpos que articulan los problemas a los que se enfrenta la sociedad, y entonces crear los medios adecuados para que la empresa privada y la academia encuentren las soluciones, proporcionándoles la información, políticas y fondos necesarios para apoyar a estas partes interesadas. Si nuestros representantes electos hicieran esto, podrían restaurar la confianza pública y alterar la idea de que muy pocas cosas importantes han cambiado durante ese tiempo.

Como punto de inicio, nuestros gobiernos deben tratar a las personas como individuos y comunicarse con ellos a través de los medios más adecuados. Las redes sociales no son la panacea para esto y, cuando las instituciones tradicionales como el estado hacen uso de ellas, tiende a existir una disparidad entre los mensajes que circulan y los eventos que de hecho ocurren a nivel local. Y aún así, la tecnología tiene el potencial de garantizar que las personas se sientan verdaderamente representadas. Todo tipo de proceso democrático puede fortalecerse con la tecnología: el voto en línea, las peticiones electrónicas y las encuestas por medio de telefonía inteligente son sólo tres ejemplos.

Pero sobre todo, nuestros líderes deben usar la tecnología –y sus amplios conocimientos– para entender de verdad los incentivos de sus ciudadanos, sus temores y motivaciones, y entonces comunicar claramente cómo las políticas consideradas atenderán estos factores. Cuando los gobiernos dejen de ser el centro de todo y la gente se dé cuenta de que son ellos los que pueden resolver los problemas, entonces cambiarán las cosas. Lo que estamos presenciando no es la muerte de la democracia, sino que la democracia representativa debe adaptarse a nuestra era.

Panorama sobre la Agenda Global

Autor: Jorge Soto es director de CitiVox.

Imagen: REUTERS/Vincent Kessler

 

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