2015: ¿el año de las tormentas?

Los fenómenos meteorológicos extremos son una consecuencia principal del cambio climático, y se están volviendo más frecuentes, más poderosos y más erráticos. Lo que se necesita no es sólo la ayuda cuando los desastres ocurren, sino también adaptación a los masivos efectos que estos fenómenos producen, los cuales incluyen enfermedades, disturbios políticos y estrés económico, problemas que se exploran en otras partes de este informe. Es obvio que adaptarse a –o idealmente, prevenir los fenómenos meteorológicos graves– tiene mejores resultados para todos.
Los fenómenos meteorológicos graves han dominado los encabezados recientemente, causando inmensas devastaciones. Todos los continentes se han visto afectados, desde una de las tormentas más fuertes del mundo que azotó a Filipinas y el tornado más ancho que se haya visto en Estados Unidos, a sequías extremas que han afectado a África central, a Brasil y a Australia, así como una serie de inundaciones masivas en Pakistán.
Mejores modelos por computadora facilitan la evaluación que los científicos hacen del efecto del cambio climático provocado por el hombre en fenómenos meteorológicos individuales, una tarea que ha sido difícil en el pasado. El informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de 2014 acerca de la mitigación del cambio climático proporcionó nueva evidencia que relaciona los fenómenos meteorológicos extremos con el cambio climático. La Sociedad Meteorológica Americana combinó investigaciones de 92 científicos para examinar 16 de los más grandes fenómenos meteorológicos de 2013, y concluyó que el calentamiento global aumentó considerablemente el riesgo de que ocurran graves olas de calor. A pesar de esto, no se ha podido atender el tema que aquí nos ocupa. La falta de liderazgo internacional ha afectado definitivamente el desarrollo de esta tendencia.
La ironía y la crueldad del cambio climático es que los costos de los fenómenos meteorológicos extremos les resultan más altos a las personas más pobres de la sociedad. Ellos son los que menos pueden bregar con sus efectos y los que menos pueden pagar los gastos de seguros. Más del 90% de los participantes en la Encuesta sobre la Agenda Global de este año anticipan que Asia será la región más afectada por los fenómenos meteorológicos graves en aumento. Esto es significativamente más alto al compararlos con las otras regiones, que los encuestados colocan entre el 10 y el 51% (cada encuestado eligió hasta tres regiones).
Los fenómenos meteorológicos graves están cambiando la percepción acerca del cambio climático. No obstante, cuando pensamos en el cambio climático pensamos menos en su impacto ya evidente y más en las emisiones, particularmente en torno al carbono y la producción de energía. Desafortunadamente, esto significa que gran parte del debate acerca del cambio climático se reduce al debate acerca del manejo del carbono. El manejo del carbono es sin duda el reto esencial de la mitigación, pero en un mundo definido por el impacto climático y la adaptación –y ese es el mundo en el que ahora vivimos– enfocarse sólo en el manejo del carbono no es suficiente.
Tenemos que hacer más, y yo veo aquí una gran oportunidad para el sector privado. Debido a que el reto de la respuesta es el reto del desarrollo, debemos hacer de esto una cuestión de inversión. En el presente, sólo estamos poniéndole curitas al problema: ocurre un desastre y expresamos nuestro pesar. Recaudamos fondos y enviamos ayuda. Tratamos de aliviar todo sufrimiento con nuestras mejores intenciones. Y aún así quedamos en espera de la siguiente crisis. Correr de un desastre a otro no es la solución.
La manera de convencer a los países y compañías para que inviertan en la resiliencia climática es la misma manera de persuadirlos a que inviertan en la mitigación. Para comenzar, hay que realizar gastos de resultados ‘garantizados’: invertir en políticas buenas incluso si la adaptación al cambio climático no es necesaria, en la infraestructura, por ejemplo. En segundo lugar, hay que encontrar frutos maduros: políticas de bajo costo con altas ganancias netas, que incluyan la preparación en caso de desastres y actividades de alertas tempranas. Por último, hay que contemplar los costos y beneficios a largo plazo. Las inversiones en proyectos de adaptación por medio de tecnologías sustentables y resilientes (como la agricultura salina) son tan buenas como las inversiones en energía limpia. Algo más que debe tenerse en cuenta es que los desastres son impredecibles. Las buenas políticas de adaptación nos protegen contra el costo de desastres potencialmente enormes.
Para resumir, la solución es fortalecer la resiliencia antes de que ocurran los desastres. Eso significa invertir en desarrollos que funcionen en el futuro, no sólo a corto plazo. Los costos pueden ser altos y la velocidad del cambio puede ser lenta, pero los beneficios a largo plazo son impresionantes: para las economías nacionales, para las empresas y ciertamente para las poblaciones más pobres y vulnerables que sufrirán y pagarán si no adoptamos estas medidas.
Panorama sobre la Agenda Global 2015
Autor: Adil Najam es decano de la Escuela de S. Pardee Federico de Estudios Globales en la Universidad de Boston y profesor de Relaciones Internacionales y de la Tierra y del Medio Ambiente.
Imagen: REUTERS/Stringer
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