Lo que nos dice el primer magnate sobre el capitalismo moderno

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En 1840, Thomas Carlyle dio sus famosas conferencias sobre los asuntos humanos heroicos, declarando “la historia de lo que ha conseguido el hombre en este mundo es al final la historia de los grandes hombres que han trabajado aquí”.  Esta creencia sobrevive en los negocios, la cual celebra a individuos desde Henry Ford hasta el magnate inmobiliario chino Zhang Xin.

Pero Carlyle tenía un puñal en la espalda antes de pronunciar sus primeras palabras, clavado por la mano invisible de Adam Smith.  Los historiadores y economistas enfatizan ahora las fuerzas ciegas sobre el liderazgo heroico.  Lo mismo hizo Tolstoy, quien como se sabe escribió en War and Peace que Napoleón solo imaginó ordenar la invasión de Rusia; fue más bien causada por el deseo de millones de ciudadanos franceses.

Irónicamente, el caso de Smith fue causado por una de las personalidades más importantes en la historia de los negocios en Estados Unidos: “Commodore” Cornelius Vanderbilt (1794-1877), un titán del transporte, el mercado de valores y la empresa moderna.  En 1867, testificó ante la legislatura del estado de Nueva York, la cual estaba considerando una ley para mantener los trenes en marcha durante las disputas entre las vías férreas conectadas. “Si pudieras aprobar una ley que obligue a los hombres a cuidar más de sus intereses mejor que sus intereses les obliguen sin la ley, entonces está suficientemente bien”, dijo.

Vanderbilt no admitió la existencia de un interés público separado de intereses privados.  Lo que es más, entendió que sus propios intereses le obligaron a actuar de esa manera, como si fuera una marioneta de la mano invisible.

¿Caso cerrado?  No, si tomas en consideración lo que hizo en realidad – la razón para su testimonio.  En aquel momento, Vanderbilt controlaba las únicas vías férreas que llegaban a Nueva York.  Había sido traicionado (como él lo vio) por los directores de New York Central Railroad, que conectaba sus vías con el interior de los Estados Unidos.  Él contra atacó al no permitir que ninguno de los trenes entrara en sus vías.

Lo hizo en pleno invierno, durante una tormenta de nieve que dejó a los barcos de transporte lejos de los muelles de Nueva York.  Para golpear a su enemigo, aisló a la ciudad más grande del país del resto de Estados Unidos.  El Brooklyn Eagle dijo Vanderbilt “estaba dejando a la metrópolis en un estado de bloqueo estricto, y cortando sus provisiones… No podemos imaginar un acto más criminal”.

Lejos de ser inevitable, la acción dejó atónitos a enemigos y aliados por igual.  Todos sus consejeros, incluido su hijo William H. Vandebilt, discutieron en contra de ello.  El precio de las acciones de New York Central colapsaron.  Vandebilt compró el control e hizo de la empresa el centro de un imperio ferroviario entre Nueva York y Chicago.

“Es imposible considerar los métodos o propósitos de Vanderbilt sin admitir la magnitud de sus ideas y sus capacidades”, escribió Charles Francis Adams Jr., nieto del presidente John Quincy Adams, en 1869.  Uno de los observadores más sagaces de la economía de aquel tiempo, Adams defendió la importancia de Vanderbilt como individuo. “Involuntariamente produce sentimientos de admiración por si mismo y alarma para el público.  Su ambición es enorme”.  Adams terminó diciendo, “Como el comercio domina ahora el mundo, y las vías férreas dominan el comercio, su objetivo ha sido convertirse en el jefe virtual de todo al hacerse el amo absoluto de las vías”.

Adams tuvo razón al resaltar la importancia de Vanderbilt, aunque lo hizo por las razones equivocadas.  Como intelectual, supuso que Vanderbilt vio a la economía de manera sistemática, tal y como hizo el mismo Adams.  Las fuentes reales de su impacto se encuentran en otro lugar.

Primero, era feroz.  Como Vanderbilt testificó, “No tengo miedo de mis enemigos, pero, mi Dios, debes tener cuidado cuando estés entre tus amigos”.  Vio el castigo de la traición como clave para hacer funcionar el mercado.  De ser así, lo hizo funcionar una y otra vez.

Segundo, su falta de educación le hizo extremadamente práctico.  Violó la ortodoxia económica repetidamente, indignando a teóricos como Adams.  Pero fue eficaz y otros siguieron su ejemplo.  Hoy en día Adams parece arcaico y Vanderbilt bastante moderno.

Tercero, era flexible.  Tenía una extraordinaria capacidad para explotar oportunidades momentáneas y expandirlas en desarrollos transformadores para él mismo y la economía.  Sus avances dentro del transporte motorizado, los mercados emergentes financieros y las vías férreas, y la creación de una de las primeras empresas gigantes de América, derivaron de aperturas inesperadas.

Finalmente, se llenó de orgullo al ser sincero y honesto como ejecutivo.  En un periodo crítico para el crecimiento económico de Estados Unidos – una época oscura de uso ilícito de información privilegiada y actos en beneficio propio – llevó la estabilidad y credibilidad a los mercados, redujo costes y aumentó la eficiencia del transporte, y construyó una infraestructura que sirve a la ciudad de Nueva York hasta hoy.

La ironía está en que puso una cara humana a la despersonalización de la economía.  Su ferocidad inició un debate sobre poder corporativo y la necesidad de regulación de gobierno.  Este debate revolucionó la política americana y eventualmente llevó al estado regulatorio moderno.

Autor: T.J. Stiles es el autor de The First Tycoon: The Epic Life of Cornelius Vanderbilt, receptor del premio Pulitzer y el premio US National Book.  Es miembro de la facultad para el World Economic Forum Annual Meeting 2014.

Imagen: REUTERS/Arnd Wiegmann

 

 

 

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