Entrevista con Lord Martin Rees

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Recientemente estableció el Centro Cambridge para el Estudio del Riesgo Existencial, junto con el filósofo Huw Price y el cofundador de Skype Jaan Tallinn.  ¿Qué es lo que espera conseguir?

Creemos que los gobiernos y empresas se han negado a aceptar los nuevos riesgos que tienen solo una pequeña probabilidad de ocurrir, pero los cuales serían verdaderamente catastróficos si llegan a ocurrir.  Nos gustaría que la gente dedique más tiempo y energía a pensar sobre estos riesgos, en lugar de prestar atención a los riesgos que son más conocidos pero relativamente reducidos, como los accidentes de tren.

¿A qué tipos de riesgos potencialmente catastróficos y desconocidos se refiere?

El cambio climático es un ejemplo.  Nos obsesionamos con los pronósticos medios de la subida de temperatura moderada cuando deberíamos estar más preocupados por la pequeña posibilidad de calentamiento extremo.  Y existen nuevas tecnologías con el potencial de “error o terror”. Los ciberataques y las averías de la infraestructura de comunicación se harán más peligrosos al depender cada vez más en la conectividad para los servicios básicos.

Especulando, piense en la clase de tipos raros que hoy en día disfrutan escribiendo virus de ordenador e imagine que en unas pocas décadas podrán sintetizar virus letales reales en un laboratorio en casa.  ¿O lo que podría pasar si creamos inteligencia artificial que es más inteligente que nosotros?

Estos parecen escenarios de ciencia ficción.

Lo parecen, pero imagine que pudiera enseñarle un iPhone a alguien hace 50 años, o incluso hace 20 años.  ¿No habría parecido también magia?  Es bueno ser recordado de lo inesperadamente rápido que los horizontes de lo posible se pueden expandir.

Al mismo tiempo, tenemos que separar esos riesgos en los que realmente merece la pena pensar de los que podemos asignar con confianza al campo de ciencia ficción.  Eso es lo que el Centro para el Estudio del Riesgo Existencial pretende conseguir.  Queremos reunir las mejores mentes científicas para crear un registro de nuevos riesgos que debamos considerar y los cuales de otra manera nos sorprenderían sin estar preparados, como lo hizo la crisis financiera del 2008.

Poner los riesgos en el radar es un primer paso importante.  Para poner un ejemplo del libro de Nate Silver, The Signal and The Noise, antes del 11-S nadie realmente pensó en aviones estrellándose contra edificios.  Por lo que las señales de alarma, como un estudiante comportándose de manera sospechosa en una escuela de aviación, no se identificaron.  Si podemos imaginar los riesgos antes de que ocurran, tendremos más probabilidades de prevenirlos.

Después se encontró con el problema de preferencias cognitivas lo que quiere decir que nuestros líderes – al igual que nosotros – están predeterminados a encontrar difícil prestar atención a esos riesgos que no han pasado anteriormente, o que parecen poco probables.

Es un problema serio el tener que persuadir a alguien para gastar dinero en protegerse a si mismos de cosas que ni los mas grandes pesimistas creen que ocurrirán.  Es por la misma razón que usted o yo podamos pensar en algún momento no pagar la prima de nuestro seguro de casa.

Incluso cuando la ciencia está muy establecida, como con el cambio climático, puede ver lo difícil que es conseguir que los políticos den prioridad a los problemas a largo plazo y globales en lugar de los problemas a corto plazo o locales.  Las dificultades son incluso mayores cuando los riesgos se basan en muchas variables desconocidas.

¿Entonces cómo podemos animar a nuestro líderes a que consideren estos riesgos seriamente?

Esto presenta una pregunta más general sobre el papel de la ciencia en los asuntos públicos.  Pienso que el Reino Unido tiene en realidad un buen sistema, en el que los departamentos gubernamentales tienen integrados a consejeros científicos cuyas contribuciones se toman seriamente, y los científicos tienen generalmente buenas relaciones con los parlamentarios.  Cuando miras la forma en que se han tratado problemas como la investigación de células madre, nuestro sistema en el Reino Unido funciona mejor que en otros países, como los Estados Unidos.

Pienso que los científicos tienen el deber de participar más en política. Y como los políticos llegarán a prestar atención a los problemas que sus electorados piden, los científicos también tienen el deber de comunicarse con el público – incluyendo cuanto no sabe la ciencia todavía.

El público general y los representantes electos necesitan tener una percepción básica de la ciencia, el riesgo y la incertidumbre.  De otra manera no podremos tener un debate democrático sobre las difíciles preguntas políticas que requieren comparar ciencia y ética, economía y política social.

Un ejemplo de esas difíciles preguntas trata de la privacidad, mientras las tecnologías potencialmente destructivas se hacen más asequibles y accesibles. ¿Cómo cree que se va a desarrollar esto?

Obviamente se tiene que conseguir un equilibrio entre seguridad y privacidad, y este es un debate que la gente ya está teniendo.  Son cosas que se tendrán que discutir cada vez más junto a preguntas de soberanía nacional.  Puede que decidamos que algunos riesgos solo pueden ser afrontados por naciones que estén de acuerdo en ceder alguna soberanía a nuevas organizaciones como la Organización Mundial de la Salud o la Agencia Internacional de Energía Atómica.

Si la capacidad para crear una catástrofe se vuelve ampliamente disponible, ¿no es solo cuestión de tiempo antes de que alguien la use?

Esa es una actitud excesivamente fatalista.  Puede que nunca podamos reducir el riesgo a cero, pero hay muchas cosas que podemos hacer.  Mire las pandemias, por ejemplo.  No podemos eliminar totalmente el riesgo de una catástrofe pandémica propagándose rápidamente por este mundo tan conectado.  Pero hay muchas cosas que podemos hacer para reducir el riesgo – por ejemplo, podemos asegurarnos de que un granjero vietnamita sepa donde acudir para informar de una enfermedad extraña de sus animales, y que las autoridades sepan como responder.

Aparte de su trabajo sobre riesgo existencial, está usted presidiendo un comité para marcar el 300 aniversario del Premio Longitude el próximo año, ofreciendo nuevos premios para resolver los retos públicos importantes de hoy en día.  ¿Qué tipo de retos pueden ser?

Hemos identificado áreas y estamos seleccionando temas posibles dentro de esas áreas.  Algunos ejemplos son la malnutrición, la robótica para ayudar a los ancianos y la bacteria resistente a antibióticos.  A través de BBC llevaremos a cabo una conversación pública para averiguar que opciones resuenan y con patrocinio privado esperamos poder ofrecer premios multimillonarios.

El Premio Longitude original, por supuesto, creado para incentivar nuevas soluciones a un problema – como navegar la longitud del mar – que parecería intratable y donde una solución claramente beneficiaría a la humanidad.  Espero que el Premio Longitude 2014 tome la imaginación del público y reavive la creencia de que los avances dramáticos son posibles si nos proponemos objetivos ambiciosos.

Presuntamente los objetivos ambiciosos también son necesarios para afrontar riesgos catastróficos – ¿una revolución de energía limpia para tratar el cambio climático, por ejemplo?

Desearía que nuestros líderes se comprometieran a proporcionar al mundo con energía limpia de la misma manera que sus predecesores se comprometieron al proyecto Manhattan o al aterrizaje en la Luna de Apollo.  Es difícil imaginar algo mejor para conseguir este objetivo tan necesario que el animar a los jóvenes a conseguir profesiones en ciencia e ingeniería.

Descarburar el suministro de energía de Europa requeriría una inversión publica y privada de la misma escala que la usada para construir las vías férreas en Europa.  ¿Por qué no podemos ser tan ambiciosos en el siglo 21 como nuestros antepasados lo fueron en el siglo 19? Y necesitamos el mismo tipo de liderazgo visionario – con los sectores públicos y privados trabajando juntos – si queremos obtener beneficios de tecnologías innovadoras mientras nos protegemos de sus desventajas potencialmente catastróficas.

Autor: Lord Martin Rees es astrónomo real y miembro de Trinity College, Universidad de Cambridge, Reino Unido y participa en la Reunión Anual del Foro Económico Mundial en Davos 2014.

Imagen: REUTERS/Lucy Nicholson

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