• El conflicto comercial entre Estados Unidos y China amenaza con cortar los lazos que evitan que se descomponga la economía mundial.
  • Estados Unidos y China todavía no se han desacoplado, pero esto podría ocurrir si los líderes de ambas partes no corrigen el rumbo.
  • Las empresas multinacionales deben cooperar y competir para evitar el desacoplamiento.

Empezando 2020, las dos mayores economías del mundo no se llevan bien. En julio de 2018, la actual administración estadounidense impuso aranceles sobre las importaciones de productos de China, valoradas en 34.000 millones USD.

Hacía mucho tiempo que el presidente de EE. UU., Donald Trump, se había fijado como objetivo el déficit comercial de su país y acusó a China de prácticas comerciales desleales y robo de propiedad intelectual. Sin embargo, pese a la dureza de la retórica empleada y la amenaza de la imposición de aranceles —o quizá por eso mismo—, China no claudicó.

Por el contrario, contraatacó con dolorosos aranceles sobre las importaciones estadounidenses, en particular productos agrícolas como la soja. Hasta la fecha, Estados Unidos ha cobrado aranceles sobre más de 360 000 millones USD de productos chinos, y China ha respondido con aranceles sobre más de 110 000 millones USD de productos estadounidenses. Las inversiones chinas en Estados Unidos han caído casi un 90 % desde que el presidente Trump inició su mandato. El impacto sobre la economía mundial ya es apreciable; en Alemania y otros países de la UE se observan síntomas de desaceleración económica.

Dado que ni Pekín ni Washington quieren quedar mal, no hay acuerdo a la vista. La situación está en punto muerto. Por tanto, a principios de 2020, las superpotencias económicas mundiales están coqueteando con el desacoplamiento o simplemente están dejando que ocurra sin preocuparse por las consecuencias. Por desgracia, esta es la situación actual.

Hace poco más de 30 años, durante la Guerra Fría, el mundo estaba dividido en dos esferas de influencia con dos regímenes políticos diferentes y dos sistemas de regulación diferentes. Imaginemos lo que sería revivir un orden mundial de ese estilo en la actualidad: los flujos internacionales de capital, información y productos decaerían, las cadenas de suministro mundiales se interrumpirían y las empresas multinacionales que emplean a cientos de miles de personas en los países que las albergan tendrían que elegir bando; sería difícil hacer negocios e invertir en países adeptos a «la otra» superpotencia.

Décadas de desarrollo económico y cooperación internacional quedarían invalidadas y lo más probable es que ello provocase una recesión económica mundial mucho mayor que la desencadenada por la crisis financiera de 2008. En otras palabras, el desacoplamiento de las dos principales economías mundiales abriría el camino al apocalipsis económico.

Por tanto, sí, esto es una llamada de atención. Los líderes de ambos países deberían hacer todo lo que estuviera en sus manos para encontrar nuevas maneras de rebajar la tensión en los conflictos comerciales y cooperar pese a sus diferencias.

Una diferencia fundamental es el sistema político. En las décadas que siguieron a la visita de Richard Nixon a China en 1972, se estableció la premisa de que la convergencia económica conllevaría una convergencia política, y que el comercio, la cooperación internacional y una fuerte dosis de consumismo persuadirían finalmente a China para que abriese sus mercados e iniciase la transición a la democracia.

Sin embargo, hoy en día es evidente que esta premisa era errónea. China no va a cambiar su sistema político. ¿Y por qué debería hacerlo? Se podría alegar que este sistema, junto al trabajo duro del pueblo chino, ha sido lo que ha hecho posible en China un milagro económico sin precedentes. Desde la década de 1990, el PIB chino se ha multiplicado por nueve. En pocas décadas, cientos de millones de personas han salido de la pobreza y China se ha convertido en la fábrica del mundo y la segunda economía mundial.

Aceptar que ningún bando va a cambiar su sistema político ayudaría a Estados Unidos y a China —y también a Europa— a gestionar mejor sus expectativas y evitar fricciones y frustraciones innecesarias. Solo con eso mejorarían mucho las relaciones comerciales.

Estados Unidos y Europa también deben aceptar el hecho de que el equilibrio de poder económico está basculando hacia Oriente. Se estima que China se convertirá en la mayor economía mundial en 2030. Y con la Nueva Ruta de la Seda, conocida como «Belt and Road Initiative» (BRI), China aumentará su influencia geopolítica. Ya se han incorporado 126 países a la BRI, y estos países representan el 70 % de la población mundial y más del 50 % del PIB global. Se estima que, en 2025, China habrá iniciado o completado proyectos de infraestructuras de la BRI por un valor total de 1 000 billones EUR.

Entonces, ¿qué pueden hacer las empresas multinacionales para evitar el desacoplamiento de China y Estados Unidos? La respuesta es la «coopetencia»: cooperar y competir, con una posición clara y los ojos bien abiertos.

Para que la cooperación funcione, todas las partes implicadas deben beneficiarse. El lema es que todos deben ganar. Y esto es crítico en un mundo ahora más conectado que nunca. Eso es lo que Siemens defendió en nuestra primera Cumbre Internacional sobre la BRI en Pekín, en junio de 2018. La respuesta fue abrumadora. Participaron más de 1 200 representantes de más de 30 países. Si la BRI se convierte en un juego de suma cero, el apoyo internacional se desvanecerá y, en última instancia, los proyectos fracasarán.

Para poder competir, una empresa debe liderar en innovación e invertir en formación, educación e infraestructuras; debe adoptar las mejores prácticas y cumplir las normas de gobernanza más exigentes; y debe servir a la sociedad allí donde haga negocios. Ya sean amigos, enemigos, o amienemigos, a nadie le interesa una empresa de segunda.

En 1985, Siemens fue la primera multinacional en firmar un acuerdo de cooperación con el Gobierno chino. El acuerdo se tradujo en una transferencia de tecnología y conocimiento sin precedentes. Fue mucho más que vender productos. Fue necesario fundar empresas conjuntas y ofrecer formación y educación local.

Tan solo 10 años más tarde, Siemens contaba con 30 empresas conjuntas en China. Actualmente, la empresa genera en China unos ingresos anuales aproximados de 8 000 millones EUR y emplea a más de 33 000 personas. Es una de las empresas de inversión extranjera más grandes de China y posee intereses en 89 empresas locales.

Tanto China como Siemens se han beneficiado enormemente de la coopetencia. Y así es como las multinacionales pueden y deben evitar el desacoplamiento en el futuro.