• América Latina se ha visto sumida en un estado de incertidumbre sociopolítica
  • La desigualdad ha aumentado en las últimas dos décadas de crecimiento
  • Los jóvenes deben liderar la reinvención de América Latina.

Los eventos que tuvieron lugar durante el último trimestre del 2019 nos han traído a la memoria las falencias y vulnerabilidades de la década de los ochenta, de la denominada Década Perdida, con protestas sociales, inestabilidad financiera y estancamiento económico extendiéndose desde el Golfo de México hasta la Patagonia argentina.

En la región de América Latina y el Caribe (ALC) se registraron protestas políticas en ocho países, que dieron como resultado aproximadamente 400 muertos, 15.000 heridos y encarcelados y miles de millones de dólares en pérdidas. El tsunami social se extendió al ritmo del cacerolazo que clamaba el pedido de todo un pueblo hambriento de justicia social.

Después de haber vivido su Década Dorada, en la década de los 2000, la región ha vuelto a un estado de incertidumbre sociopolítica. Todo comenzó en septiembre de 2019, cuando en Nicaragua y Haití, miles de ciudadanos tomaron las calles para desafiar a sus gobiernos en sus reformas políticas y económicas.

Para final del año, estos otros siete países de la región experimentaron levantamientos violentos y represión estatal: Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Perú y Venezuela. Las protestas tenían como objetivo reducir una de las principales fuentes de conflicto en el Sur Global, la cual es la pobreza ocasionada por una ubicua desigualdad estructural.

Si bien la protesta social es un fenómeno multidimensional, esta se originó principalmente de una creciente inconformidad hacia la implementación de políticas neoliberales de derecha. El descenso de la Marea Rosa estuvo marcado por el cambio de paradigma, resultado de los fracasos de los regímenes progresistas de izquierda para fortalecer sus bases sociales.

Por lo cual, existe un consenso académico sobre el deficiente rol de los gobiernos, las élites y los grupos políticos para promover la redistribución en la región y fomentar así el malestar social en un continente que ha sido históricamente el más desigual en términos socioeconómicos.

Por lo tanto, en esta coyuntura que nos presenta un escenario desesperado, los levantamientos en América Latina fueron liderados por los jóvenes y así mismo deberá ser su futuro.

La resolución siempre evolutiva de la juventud

En ALC, según el Índice de Compromiso con la Reducción de la Desigualdad de la Oxfam, el 10 por ciento de la población más rica concentra el 71 por ciento de la riqueza.

Además de que la desigualdad ha tenido un mayor impacto en la juventud. En el 2015, 120 millones de jóvenes, especialmente mujeres, trabajaron bajo una precaria relación laboral, tanto desde los puntos de vista contractual como social; es decir, que tienen ingresos relativamente bajos y apenas generan aproximadamente el 10 por ciento del PIB de la región.

Por eso, la creciente afinidad durante las últimas tres décadas entre el neoliberalismo y un neopopulismo de derecha ha servido de mecha para las llamas sociales que se propagan exigiendo políticas gubernamentales más progresistas y redistributivas.

Image: The Politic

La desigualdad no debe ser tratada simplemente como una preocupación económica, sino más bien social. Existe la necesidad de reflexionar sobre la incertidumbre que sienten los ciudadanos con respecto a sus vidas y a su futuro. Los cambios de las últimas dos décadas en América Latina evidencian que todos sus estratos sociales han vivido un período de movilidad ascendente sin mejorar su composición socioeconómica interna.

Así, las élites han podido mantener e incluso aumentar su patrimonio. A principios de la década, el número de millonarios latinoamericanos aumentó en aproximadamente un 5 por ciento y parte de las clases medias se extendieron.

Por el contrario, las medidas complementarias financiaron a las clases bajas en un grado menos significativo (Jürgen, 2017). Esta apatía hacia las clases trabajadoras derivó recientemente en intentos de reintroducir reformas liberales que se convirtieron en medios de violencia estructural hacia los grupos más vulnerables.

Por lo tanto, no es una sorpresa que políticas públicas, como quitar abruptamente los subsidios a los combustibles fósiles y elevar el precio del transporte público, detonen la ira de los ciudadanos en las calles de Quito y Santiago, respectivamente.

Desde los estudiantes en las calles de Chile hasta los movimientos dirigidos por indígenas en Ecuador, los jóvenes parecen ávidos por construir un futuro más inclusivo basado en la empatía, la igualdad y la expansión de los derechos.

En la Cumbre de la Juventud, organizada por el Banco Mundial en la primera semana de diciembre de 2019, la conclusión fue que los jóvenes "necesitaban ser escuchados porque no se cumplen las condiciones básicas de vida, los salarios no permiten el acceso a servicios de salud, educación y transporte […] Los Estados deben escuchar y tener en cuenta a los jóvenes al generar políticas públicas ".

Algunos expertos confían en la Cuarta Revolución Industrial y sus esquemas de economía circular para que el mercado autogenere políticas redistributivas. Sin embargo, estas inminentes fuerzas sociales plantean un gran desafío y una amenaza inexorable a un continente con la composición política, social y económica de América Latina.

Por ejemplo, en 2012, el 50 por ciento de la población económicamente activa de ALC vivía como trabajadores precarios o informales. Las tecnologías inteligentes y la automatización tienen el potencial de empeorar estas cifras estadísticas y ampliar la brecha entre ricos y pobres en la región. La miopía y la falta de determinación política indican que no hay planes en marcha para dejar a América Latina y su población fuera de este escenario poco favorable.

Por estas razones, lograr la estabilidad económica y el crecimiento sostenible solo puede ocurrir en América Latina si se aborda intensamente la temática de la desigualdad socioeconómica. La política progresista dirigida por los jóvenes puede marcar el camino para generar bienes públicos de alta calidad que produzcan bienestar colectivo, por lo tanto, reduciendo la desigualdad.

Las tendencias globales apoyan estos argumentos, economistas de gran impacto como Thomas Piketty e instituciones fuera de cualquier ideología de izquierda como el FMI, han afirmado que las desigualdades sociales extremas desmejoran el nivel de vida de los seres humanos. La desigualdad hasta ahora ha sido irrelevante, y más bien un problema ético, pero como se demostró durante los levantamientos en la región, es una bomba de tiempo para la noción del estado de bienestar.

Un corolario para la justicia social

La cólera e indignación que han llevado a los jóvenes ciudadanos a tomar las calles de América Latina no puede socavarse con medidas parciales o represión violenta. La inherente naturaleza social y económica de la región puede revertirse implementando reformas estructurales para reducir su escisión socioeconómica.

La Cuarta Revolución Industrial ofrece nuevas oportunidades para cambiar el mundo para bien, pero es durante estos momentos de crisis e incertidumbre, que existe la necesidad de que los jóvenes lideren la deconstrucción, la reinvención y la redefinición de América Latina.

Al abrazar el cambio y la empatía, podemos transformar nuestra región en un lugar más justo y mejor para vivir. Sin embargo, es crucial, a escala mundial, tratar la enfermedad de la desigualdad y amenorar sus síntomas de exclusión y opresión para tener un mejor pronóstico del futuro.