Vivimos una era de intensa turbulencia, desilusión y desconcierto. La profundización de las tensiones geopolíticas está transformando las relaciones internacionales, y el tribalismo político está revelando profundas fisuras dentro de los países. La propagación de tecnologías exponenciales está derrumbando antiguas suposiciones sobre seguridad, política, economía y mucho más. Al menos dos factores distinguen la fase actual de la globalización del pasado.

Primero, el ritmo acelerado del cambio hace que sea prácticamente imposible planificar con antelación. La velocidad de la transformación —así como sus efectos en los mercados, las empresas y la mano de obra— es impresionante. En segundo lugar, la interdependencia de los sistemas financieros y comerciales globales y las cadenas de suministro indica que incluso los problemas locales más pequeños pueden tener ramificaciones planetarias. Y mientras el mundo nunca ha estado más interconectado, parece más difícil que nunca resolver los problemas multinacionales más apremiantes.

La diferencia que pueden hacer tres décadas

En 1989, hubo una sensación de progreso humano inevitable. Se suponía que la invención de la red informática mundial (World Wide Web, WWW) anunciaba una nueva y floreciente era. Existía una expectativa generalizada de que los bienes comunes digitales achicarían el mundo, forjarían poderosas redes de solidaridad, ampliarían la libertad de expresión y reafirmarían los movimientos políticos y sociales progresistas en todas partes.

Del mismo modo, se suponía que la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética difundirían los principios y valores democráticos liberales y acelerarían el fin de la historia. Si bien la cantidad de democracias aumentó, también lo hicieron las señales preocupantes de antiliberalismo. No todos en las nuevas democracias se beneficiaron por igual. Con la distancia, las expectativas de que la red informática y la democracia nos harían libres parecen raras, incluso ingenuas.

Es cierto que el mundo ha enfrentado algunos graves contratiempos en el período intermedio. Pocos eventos han tenido mayor impacto en la historia reciente que los ataques terroristas del 11/9, la intervención de los Estados Unidos en Irak y la crisis financiera de 2008. La guerra contra el terrorismo ha costado a los contribuyentes estadounidenses cerca de 6 mil millones de dólares, alrededor de 32 millones por hora. También desencadenó una enorme agitación política, desde Afganistán hasta Siria, dejando al descubierto los límites del poder de los Estados Unidos.

Mientras tanto, en 2008, el colapso de los bancos, prestamistas hipotecarios y aseguradores de EE. UU. contribuyó a la mayor crisis económica de la historia, que incluyó alrededor de 10 billones de dólares en pérdidas. La crisis financiera de 2008 se expandió mucho más rápido que la Gran Depresión de la década de 1930; para 2009, el PBI mundial se redujo en términos reales por primera vez. La crisis destrozó la ilusión de que la inestabilidad financiera había quedado relegada al pasado. También desató una cepa virulenta de antagonismo partidista que sacudió la democracia estadounidense hasta sus cimientos, lo que llevó al surgimiento de Brexit y Trump. Ambos eventos han dejado profundas cicatrices políticas y económicas.

Tolerar la incertidumbre

En evidente contraste con los seguros años de la década de 1990, es difícil saber qué pasará después. La ansiedad ha sustituido a la arrogancia. Por un lado, los estados y las comunidades están cada vez más divididos. En los países occidentales, existe un resentimiento tangible hacia las élites por parte de los excluidos, que han visto cómo se estancan sus propios salarios. Por otro lado, el ritmo y la magnitud del cambio tecnológico hacen que sea prácticamente imposible pronosticar qué tipos de amenazas se encuentran en el horizonte cercano, y mucho menos cómo enfrentarlas.

Si bien por lo general, los partidos políticos son buenos para administrar el trabajo diario del gobierno, se esfuerzan por elaborar un plan realista con vistas a 5 a 10 años en el futuro.

La incesante difusión de las nuevas tecnologías (inteligencia artificial, robótica, genómica y biotecnología) es fascinante y desconcertante en igual medida. Existe el temor generalizado de que la automatización genere un desempleo masivo, tanto en los países pobres como en los ricos, y que los algoritmos puedan acceder ilegalmente a los electorados y destruir la democracia misma. Las últimas historias de fatalidad —el poder potencial de Internet y el dominio de la democracia liberal— han terminado. No hay espacios discursivos que indiquen la dirección. La ausencia de una narrativa unificadora es profundamente inquietante, en especial en Occidente.

Todo esto exige que hagamos frente a una verdad incómoda. Si bien existen muchos motivos para ser optimistas acerca del futuro (especialmente si se es asiático), la interdependencia y la aceleración hacen que sea más difícil —no más fácil— trabajar en la solución de problemas mundiales comunes, que van desde el cambio climático y el colapso financiero hasta la proliferación de armas de destrucción masiva o las pandemias mortales. Quienes toman las decisiones no saben cómo continuar, mucho menos prosperar, en un mundo multipolar y displicente.

Para empeorar las cosas, muchos partidos políticos de todo el mundo están en crisis. Muchos de ellos se apoyan en el paradigma anticuado del siglo XX que ve al mundo desde la óptica de la izquierda y la derecha, o el capitalismo contra el socialismo. Si bien por lo general, los partidos políticos son buenos para administrar el trabajo diario del gobierno, se esfuerzan por elaborar un plan realista con vistas a 5 a 10 años en el futuro. Con contadas excepciones, los políticos se están en cambio retirando hacia el pasado y venden fantasías nostálgicas. A menos que los partidos políticos se reinventen radicalmente, las democracias liberales corren el riesgo de perder importancia

La aceleración y la interdependencia generan incertidumbre en todos los ámbitos de la vida humana. Tomemos el caso de la educación. Por primera vez en un siglo, la mayoría de las sociedades no saben qué enseñar en sus escuelas y universidades. Al igual que en la política, el enfoque a menudo se centra en las prioridades a corto plazo o en reciclar el pasado. Algunos educadores están invirtiendo fuertemente en las materias STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) y están preparando a los jóvenes para el aprendizaje permanente. El deseo es que los niños sean instruidos digitalmente y usuarios pioneros creativos. La realidad es que nadie tiene idea de qué habilidades serán necesarias dentro de unos años, y mucho menos cómo serán los trabajos del futuro.

En un mundo acelerado e interdependiente, las decisiones que tomen los líderes políticos y empresariales en los próximos años serán sumamente importantes, y darán forma a cada aspecto de nuestro futuro. La buena noticia es que un mayor acceso a Internet y los medios de comunicación está cerrando la brecha digital. Como resultado, cada vez más personas tendrán la oportunidad de influir en el debate y actuar. Ya sea que los ciudadanos tengan o no el tiempo o la energía para formar parte de las conversaciones, la verdad es que todos se verán afectados, algunos más negativamente que otros.

Es hora de arremangarse

Frente a la incertidumbre, muchos responsables de la toma de decisiones se verán tentados a detener el reloj, ofrecer soluciones simplistas y retirarse hacia el pasado. Esto es sumamente peligroso. Lo que se necesita más que nunca es una mayor alfabetización con ideas complejas y una reflexión activa sobre la causalidad futura. Los que se quejan de que esto es una tarea ardua deberían comenzar a arremangarse. Las alternativas —ignorar nuestros desafíos más apremiantes o abandonar los estudios— son catastróficas. La verdad es que todos debemos comprender más, para que podamos temer menos.

El futuro nunca ha sido estable o seguro. El arco de la historia nunca fue moral o justo, y siempre ha habido ganadores y perdedores. Si bien los discursos audaces de los populistas pueden ofrecer consuelo, también pueden llevarnos estrepitosamente por el camino equivocado. Siempre ha habido muchos discursos, algunos más ruidosos que otros. Nuestra oportunidad y nuestro desafío son acomodar una pluralidad de ideas y principios, distinguir los hechos de la ficción y fomentar la acción colectiva sobre los riesgos existenciales más urgentes que enfrenta nuestro frágil mundo.

Si queremos sobrevivir y prosperar en esta nueva era de incertidumbre, todos tendremos que aprender a superar las dificultades. Aunque estamos mentalmente programados para pensar a corto plazo, tendremos que enseñarnos unos a otros, y a las generaciones futuras, a tener una visión a largo plazo. El camino a seguir es incierto y probablemente será agotador. Será necesario perfeccionar nuestras habilidades críticas y analíticas, y desarrollar una mayor capacidad de anticipación, adaptación y resistencia frente a los cambios bruscos del sistema. No nos equivoquemos, ya no podemos darnos el lujo de dormirnos en los laureles.

Robert Muggah e Ian Goldin están escribiendo un libro acerca de los desafíos globales, que será publicado por Penguin, Random House, más adelante en 2019.

Robert Muggah, cofundador, Instituto Igarapé y Grupo SecDev

Ian Goldin profesor de Globalización y Desarrollo; director del Programa de Cambio Tecnológico y Económico de Oxford Martin, Universidad de Oxford