La cadena alimentaria mundial es una maravilla moderna.

Emplea a cientos de millones de personas, una fusión ecléctica de diferentes culturas de todos los rincones del mundo reunidas a través de las maravillas de la comida.

También es una historia de hambre y desigualdad a escala industrial. La nueva investigación de Oxfam y su campaña Tras el Precio muestra el costo humano oculto tras esta poderosa industria, y va al corazón de la pobreza mundial.

Durante décadas, Oxfam ha trabajado con los agricultores y trabajadores que cultivan y procesan nuestros alimentos. Nuestra investigación muestra que los trabajadores y agricultores que venden sus productos a las cadenas de suministro mundiales obtienen una parte cada vez menor del precio al consumidor final. Millones de las personas que producen los artículos que ponemos a diario en nuestros carritos de compras no ganan lo suficiente como para tener un nivel de vida decente. Es una paradoja cruel que las personas que producen nuestros alimentos y sus familias suelen no tener lo suficiente para comer.

¿Cómo puede estar pasando esto? Conozca a los guardianes súper poderosos del comercio mundial de alimentos que impulsan la desigualdad: los supermercados. Se trata de marcas familiares bien conocidas, en cuya conveniencia y bajos precios muchos de nosotros hemos llegado a confiar.

Su modelo de negocio los obliga a una competencia brutal entre ellos, utilizando sus poderes de compra para exprimir a sus proveedores y obtener los mejores márgenes posibles. Solo 10 supermercados representan más de la mitad de todas las ventas minoristas de alimentos en la Unión Europea. En los Países Bajos, cinco cadenas controlan tres cuartas partes del mercado. Su porción del precio final que los consumidores pagan en la caja ha estado aumentando. Si usted es accionista o alto ejecutivo de un supermercado, ha hecho un buen negocio. Los ocho principales supermercados que cotizan en bolsa ganaron 22 mil millones de dólares en 2016 y devolvieron 15 mil millones en efectivo a los accionistas.

¿Qué chance tiene una productora pobre de alimentos al otro lado del mundo frente a un sector que compra billones de dólares? Conozca a Budi, una trabajadora que procesa camarones en Indonesia. Debe pelar hasta 950 camarones por hora para obtener un salario mínimo. Evita ir al baño y está de pie nueve horas por día. Le tomaría más de 5000 años obtener el salario promedio anual de un alto ejecutivo de un supermercado en los Estados Unidos.

Otras mujeres que trabajan en plantas de procesamiento de camarones nos dijeron que se tenían que realizar pruebas de embarazo obligatorias. Y que deben dejar a sus familias por tanto tiempo que sus hijos se olvidan de sus caras. Hablan sobre los supervisores que las reprenden y las humillan.

Desde los salarios de pobreza en las plantaciones de té de la India hasta el hambre entre los recolectores de uva sudafricanos, la explotación económica es parte del sistema alimentario. Y el impacto es cada vez más grave en las mujeres. Predominan en los puestos menos seguros y peor pagados, realizan la mayor parte del trabajo no remunerado en las granjas familiares y se les niega habitualmente una voz en las posiciones de poder.

La escala del alcance de los supermercados gigantes junto con la erosión del poder de negociación de los pequeños agricultores y los trabajadores continuará aumentando la desigualdad. Hasta que los pequeños agricultores y los trabajadores obtengan una mayor proporción del valor de los alimentos que producen, la lucha contra la pobreza no se podrá ganar. Esto no es ninguna ciencia. Es una consecuencia de las políticas de los gobiernos que han liberalizado el comercio y desregulado los mercados agrícolas y laborales.

Los gobiernos y los supermercados juntos tienen el poder de hacer mejor las cosas. Aún no he escuchado una razón moral o económica justificable por la cual las mujeres y los hombres que abastecen a los supermercados deben ser explotados y pasar hambre. Los supermercados también tienen un caso de negocios que debe mejorar. Nuevas formas de negocios responsables se están imponiendo y las nuevas tecnologías están empoderando tanto a los consumidores como a los inversionistas. Deben aprovechar esta oportunidad para trazar un nuevo camino.

¿Cómo pueden cambiar? Como parte de nuestra investigación, Oxfam ha evaluado las políticas de transparencia y rendición de cuentas, y el respeto por los derechos de los trabajadores, las mujeres y los pequeños agricultores de 16 de las cadenas de supermercados más grandes del mundo. Hemos compartido nuestra investigación con ellas y esperamos que comiencen una carrera para mejorar sus clasificaciones.

Aún no han introducido muchos cambios. Doce no lograron ni un solo punto en sus políticas hacia las mujeres en sus cadenas de suministro. Eso suena negativo, y es un llamado a la acción. Cuando Oxfam lanzó una iniciativa similar llamada Tras la Marca con las 10 compañías de alimentos más grandes del mundo, lograron mejoras significativas. Muchas de ellas están orgullosas, y con razón.

El cambio se puede lograr. Los directores ejecutivos de los supermercados pueden firmar hoy la eliminación de prácticas comerciales desleales. Tome los salarios mínimos: agregar solo el 0,4 % a lo que pagamos en un supermercado sería suficiente para que los trabajadores que procesan los camarones, como Budi en Indonesia, puedan llevar una vida decente. Mejor aún, esa inversión podría encontrarse simplemente distribuyendo los precios actuales al consumidor de manera más equitativa entre los que están en la cadena de suministro.

También estamos instando a los gobiernos a intervenir para controlar el abuso de poder por parte de los supermercados y sus proveedores, y para proteger mejor a sus agricultores y trabajadores. Sería bueno invertir más en la agricultura en pequeña escala, aumentar el salario mínimo a un salario digno y garantizar la libertad de los trabajadores para organizarse. Estas medidas transformarían millones de vidas.

Una forma diferente de hacer negocios, basada en el respeto por los derechos de las mujeres y los hombres que trabajan, en lugar de la obsesión de exprimir más valor para los accionistas, es posible. Los ciudadanos pueden juntarse para exigir que sus alimentos se produzcan sin sufrimiento humano. Los supermercados deben reescribir las reglas comerciales sobre cómo crear y compartir el valor.

Ha llegado el momento de que el sistema alimentario mundial termine, no defienda, la injusticia de la pobreza.