En la actual recuperación económica es necesario analizar las fortalezas y debilidades de la misma, siendo conscientes de los pilares que la sostienen y de aquellos factores que pueden convertirse en límites al crecimiento económico.

El consumo familiar, impulso del crecimiento, aumenta más que la renta disponible, con lo que aprovecha la caída de los tipos de interés pero reduce el ahorro. Además, la desigualdad se ha colocado ya en el centro de la escena pública, por sus implicaciones sobre la cohesión social y el voto pero también por ser un freno a la sostenibilidad de la recuperación. Por último, el dinamismo empresarial todavía no ha recuperado el ritmo pre-crisis pero mantiene los mismos problemas que antes.

El consumo: motor frágil de la recuperación

El consumo privado aporta hoy más de la mitad del crecimiento del PIB y supone el 90% de la renta disponible. Su reciente mejoría se debe a la creación de empleo (2,3%), la recuperación del crédito a las familias (4% en 2016), la disminución de la deuda de los hogares y el retroceso en el ahorro. Sin embargo, aunque el consumo total (público y privado) ha crecido durante la recuperación a tasas prácticamente iguales al PIB (representando ya el 77% del PIB), el consumo privado aún no llega a los tiempos pre-crisis a pesar de que ha recuperado peso.

En definitiva, el consumo vuelve a crecer por encima de la renta disponible y el ahorro decrece. Pero el papel de los tipos de interés y unas favorables expectativas de inflación no pueden minimizarse.

Además, el proceso de desendeudamiento, que se está volcando en mayor consumo y en nuevos crecimientos del crédito a hogares, se ha conseguido sobre todo gracias a una carga financiera por tipos de interés que ha bajado drásticamente. Si los tipos de interés reales creciesen, el consumo se reduciría, lo que sin haberse sustituido por mayor inversión reduciría el crecimiento actual.

La deuda de los hogares ha bajado desde el 140% de la renta bruta disponible en 2008 al 100% actual; la carga financiera total del 110% al 60% y la carga financiera por intereses del 40% al casi 0% actual por la caída de tipos.

Un crecimiento económico apoyado en el consumo que, sin embargo, merece una reflexión: la experiencia internacional nos dice que este tipo de recuperaciones son menos potentes para el crecimiento del PIB que aquellas basadas en la inversión.

Una España social a dos velocidades

La actual recuperación no está reduciendo suficientemente la brecha de desigualdad, que ha crecido veinte veces más que el promedio europeo desde el estallido de la crisis. Una realidad social polarizada en la que hasta un 27,9% de la población está en riesgo de pobreza o exclusión social (AROPE); porcentajes que ascienden al 31,7% y 37,6% para los menores y jóvenes respectivamente. Además, la pobreza se ha vuelto más extrema: hasta 1,3 millones de personas viven en hogares sin ingresos y hasta el 42,2% de los hogares monoparentales están en riesgo de pobreza.

Las rentas salariales han perdido peso en el reparto de la riqueza y los ingresos del 34,4% de los asalariados están por debajo del Salario Mínimo Interprofesional y del umbral de la pobreza (8.209€ año). Una precariedad que desemboca en una tasa de trabajadores pobres del 13,1%.

Entre 2009 y 2015 la renta media por hogar se redujo en 3.953 € anuales (-13,16%). Y, aunque la renta media por persona ha aumentado un 6% en la última década, ésta ha caído un 11% para el decil más pobre, agravando las diferencias

Mientras los jóvenes se enfrentan a graves dificultades para encontrar un empleo y emanciparse, los mayores de 65 años son el único grupo social que ha aumentado sus niveles de renta y riqueza. Una desigualdad que se aprecia también en función del nivel educativo: la renta media de aquellos con estudios superiores es un 70% mayor de la de quienes no tienen completados los estudios obligatorios y un 40% mayor de la de aquellos que no alcanzan la educación superior.

La recuperación no está llegando a todos y esto se percibe. Según el Barómetro de Confianza en la economía (Metroscopia), el 92% de la población considera que hay mucha o bastante desigualdad. Además, el pesimismo se impone, con un 72% de personas que considera que el empobrecimiento va a durar mucho.

Con todo, la desigualdad es uno de los principales problemas para la economía española. Sin las medidas necesarias, no solo aumentará el desencanto social, sino que se estará limitando el propio crecimiento de la economía.