Mucho está sucediendo en el campo de las negociaciones comerciales en casi todos los rincones del mundo. Si las conversaciones actuales tienen éxito, nuevas reglas determinarán los flujos de comercio e inversión, y servirán de base para definir la gobernanza global de las cuestiones comerciales del siglo XXI. Al igual que en otros lugares, el impacto en Latinoamérica será significativo. Una Organización Mundial del Comercio (OMC) fortalecida podría servir para mitigar cualquier posible impacto negativo.

Los países han estado bastante activos y prolíficos a nivel bilateral y regional desde hace algún tiempo –432 acuerdos comerciales regionales (ACR) han sido notificados a la OMC. Pero las negociaciones clave que están en curso son de otra dimensión: implican más socios, de diferentes niveles de desarrollo y distintas regiones, cubren mayores volúmenes de comercio, y su objetivo es llegar a acuerdos de carácter más profundo sobre una gama más amplia de temas. Estos son los mega-regionales, de los cuales el Acuerdo de Asociación Transpacífica (TPP, por sus siglas en inglés) y la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP, por sus siglas en inglés) se encuentran en una categoría propia.

Aunque a un ritmo diferente, las cosas también se han estado moviendo a nivel multilateral.  Recientemente, los países concluyeron en Bali el Acuerdo de Facilitación del Comercio (TFA, por sus siglas en inglés), el primer pacto multilateral desde el establecimiento de la OMC hace 20 años, mejorando así las expectativas de que se puede hacer más en este foro. Las negociaciones plurilaterales -relacionadas con la OMC de una manera u otra- están ocurriendo entre miembros interesados en las áreas del comercio de servicios (el Acuerdo de Comercio de Servicios o TiSA, por sus siglas en inglés) y la tecnología de la información (la expansión del Acuerdo sobre Tecnología de la Información o ITA, por sus siglas en inglés), y pronto darán inicio en relación con la liberación del comercio de los bienes ambientales.

La mayoría de los países latinoamericanos apoyan las negociaciones a nivel multilateral – aun cuando algunos de ellos fueron de  los últimos en acceder al TFA. La situación presenta mayores matices en lo relativo a las negociaciones plurilaterales, mega-regionales y regionales, donde la economía política y las razones ideológicas determinan la posición de los países. Estas posiciones son las siguientes:

  • Brasil y Argentina no participan en negociaciones plurilaterales ni mega-regionales. Desde el establecimiento de Mercosur en 1991, no han concluido ningún otro acuerdo regional. Paraguay y Uruguay, en virtud de su afiliación al Mercosur, han mantenido posiciones similares (excepto en el caso de las negociaciones de TiSA, donde el primero se ha unido y el segundo está interesado en participar). Ambos se han convertido también en observadores de la Alianza del Pacífico.
  • Chile, México y Perú son parte de TPP – lo que ha sido facilitado por su afiliación al Foro de Cooperación Económica de Asia y el Pacífico – y tienen una amplia red de acuerdos comerciales regionales con países en las Américas, Europa y Asia. Colombia y Costa Rica, y en menor medida Panamá, han expresado interés en TPP y también han negociado un gran número de acuerdos regionales. En cuanto a los plurilaterales, son todos parte de TiSA, mientras Colombia y Costa Rica están participando en las negociaciones de ITA. Costa Rica es el único país de la región que participó en el lanzamiento del comercio de negociación de bienes ambientales.
  • La República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua son parte de acuerdos comerciales regionales con los Estados Unidos, la Unión Europea y otros países, pero tienen una posición más reservada en relación con los plurilaterales y se oponen a TPP por el posible impacto sobre su comercio textil y de confección con los Estados Unidos.

Un desarrollo muy importante en Latinoamérica es la Alianza del Pacífico, un esquema de integración ambicioso y progresista entre Colombia, Chile, México y Perú, al que se espera que Costa Rica y posiblemente Panamá se unan pronto. Este acuerdo tiene como objetivo liberalizar la circulación de bienes, servicios, personas y capital entre los países participantes, así como servir como plataforma para fortalecer aún más las relaciones comerciales entre los países de Asia y el Pacífico. Su visión y determinación ha atraído la atención de naciones de todo el mundo.

Aun cuando los países latinoamericanos se beneficiarían del crecimiento adicional que estas negociaciones podrían aportar a la economía global –en caso de llegar a concluirse exitosamente-, el impacto sobre cada país sería diferente. Ello dependería de la medida en que cada uno esté conectado a las cadenas de valor globales o cuánto dependa de las exportaciones de recursos naturales o de su propio mercado doméstico. El optar por resistir o abrazar estos cambios también determinará su posicionamiento futuro en el campo del comercio internacional.

Todos los países de la región se beneficiarían de una OMC fortalecida y eficaz para ayudar a mitigar la fricción y fragmentación que pudieran resultar de los mega-regionales. La pronta y efectiva implementación del Acuerdo sobre Facilitación de Comercio y de los otros elementos acordados en Bali es vital para consolidar el papel central de la OMC en el futuro. También lo son un programa de trabajo renovado que incluya tanto las cuestiones de la Ronda de Doha como los temas relevantes de la economía global, y una función reforzada de la OMC en materia de vigilancia y seguimiento. Es en el interés de Latinoamérica hacer una contribución decisiva para impulsar este programa hacia delante.

Autora: Anabel González, ministra de Comercio Exterior de Costa Rica 

Imagen: REUTERS/Miraflores Palace