Una crisis intergeneracional está cada vez más en marcha. Hemos creado un sistema que recompensa de manera desproporcionada a unos pocos privilegiados, infrafinancia la seguridad social y las infraestructuras, y pone en riesgo la salud del planeta en su conjunto. Es lógico que los jóvenes estén profundamente preocupados y enfadados por ello, pues lo ven como una traición a su futuro. Pero no podemos dejar que esa constatación nos paralice. 2020 debería ser el año en que volvamos a pensar y actuar con una visión de largo plazo y hagamos de la paridad intergeneracional la norma. Pero ¿cómo?
Muchos jóvenes recordarán la década de 2010, en el mejor de los casos, con sentimientos encontrados. Al comienzo de la década, la Primavera Árabe, impulsada por los jóvenes, terminó en decepción. En Occidente, al mismo tiempo, las demandas de un sistema más justo de los movimientos Occupy e Indignados quedaron igualmente, en gran medida, sin respuesta. Y en todo el mundo, los jóvenes que protestaron a lo largo de la década se frustraron ante la inacción en cuestiones sociales y medioambientales.
Al comenzar 2020, los jóvenes de todo el mundo siguen indignados. Greta Thunberg se convirtió en la voz de toda una generación cuando expresó su desilusión ante la inacción climática en una reunión de la ONU en septiembre. «¿Cómo se atreven a seguir mirando hacia otro lado —dijo a quienes están al mando— y venir aquí diciendo que hacen lo suficiente, cuando la política y las soluciones necesarias siguen sin aparecer por ninguna parte? ¿Cómo se atreven a buscar esperanza en una generación más joven?»
La indignación de su generación está justificada. El margen de tiempo para actuar contra el cambio climático se reduce a gran velocidad, y ese es solo uno de los muchos problemas del sistema. En muchas sociedades también hay falta de movilidad social; acumulación de riqueza entre generaciones; infrafinanciación de la seguridad social, la salud y las infraestructuras; y atraso en los sistemas de educación y formación. Casi siempre, quienes más sufren son los jóvenes.
En Estados Unidos, una de las formas más llamativas de observar esta desigualdad intergeneracional es la proporción de riqueza que posee cada generación. Según los cálculos de Christopher Ingraham, del Washington Post, cuando el baby boomer mediano tenía 35 años, en 1990, esa generación poseía más de una quinta parte de la riqueza estadounidense. La generación X, que alcanzó una edad mediana de 35 años en 2008, había acumulado menos de una décima parte de la riqueza de Estados Unidos a esa misma edad. Los millennials, aunque aún no tenían 35 años en promedio, representaban solo el 3 % de la riqueza estadounidense en 2018.
Otra señal evidente de este desequilibrio es la deuda que se ha cargado sobre la generación que viene detrás. Hasta principios de la década de 1980, la deuda nacional de Estados Unidos rara vez superaba el 40 % del PIB, y en ocasiones llegó a situarse en apenas el 30 %. Entonces se disparó. A finales de 2019, la deuda federal estadounidense superaba el 105 % del PIB. Supone una carga para los jóvenes, que además luchan por devolver sus propios préstamos estudiantiles y otras deudas, mientras las infraestructuras que heredan se deterioran cada vez más y necesitan una renovación urgente.
Y, por supuesto, también existe un desequilibrio en el cuidado del planeta. El auge económico de los últimos 75 años tuvo un alto precio: ya se ha agotado casi todo el «presupuesto» de CO₂ disponible para que el mundo evitara un calentamiento catastrófico. Si queremos evitar siquiera un calentamiento de 2°, las próximas generaciones, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, tendrán que abandonar por completo el estilo de vida de alto consumo energético de sus padres o de sus contemporáneos occidentales, o encontrar alternativas limpias en menos de una década.
La buena noticia es que estas desigualdades no son una ley de la naturaleza. A lo largo de la historia, las sociedades han corregido el rumbo muchas veces. Basta pensar en cómo pusimos fin a la crisis de la lluvia ácida que amenazaba nuestros bosques y ciudades, o en cómo la creación de la Unión Europea acabó de forma permanente con las guerras entre sus Estados miembros.
Pero el ciclo actual de injusticia intergeneracional no terminará por sí solo. Si no actuamos ahora para cambiar el rumbo y corregir la desigualdad intergeneracional, una crisis entre generaciones podría volverse inevitable. El sistema que hemos creado hoy sigue siendo un juego de suma cero en el que al menos una parte gana. Pero cuando las generaciones se enfrentan en vez de colaborar, perder todos puede convertirse en la norma.
Entonces, ¿qué se puede hacer? Se me ocurren tres medidas. La primera es garantizar que los jóvenes tengan un lugar en la mesa donde se toman las decisiones. Greta Thunberg y su movimiento Fridays for Future no pidieron permiso: simplemente se incorporaron al debate sobre el cambio climático. Dado el impacto que ha tenido este movimiento, ahora deberíamos integrar esa participación en todos los niveles de toma de decisiones.
Nos comprometemos a hacer nuestra parte. En nuestra reunión anual en Davos, hemos incorporado a 12 agentes de cambio menores de 20 años como participantes jóvenes, junto a 50 «Global Shapers» menores de 30 y decenas de «Young Global Leaders» menores de 40. También debe escucharse la voz de esta nueva generación en otras reuniones, sean mundiales, nacionales o locales. La paridad intergeneracional importa.
En Finlandia, el nuevo gobierno de coalición demuestra que esa representación generacional puede alcanzarse en la política al más alto nivel. La primera ministra Sanna Marin tiene 34 años, y tres de las otras cuatro líderes de su gobierno de coalición —que, casualmente, son todas mujeres— también tienen menos de 35. Pero el gobierno cuenta igualmente con varios ministros de alto rango mayores de 55 años, lo que garantiza diversidad no solo de género, ideología e idioma, sino también de edad en el gobierno finlandés.
El segundo paso es abrir un gran debate sobre el futuro y cultivar una mentalidad intergeneracional. Si, como ocurre actualmente, el sistema de Seguridad Social de Estados Unidos ya no tiene financiación garantizada más allá de los próximos 15 años, todos los actores sociales deberían llegar a un pacto para asegurar su financiación futura. Si solo nos quedan unos pocos años para evitar un cambio climático catastrófico, todas las partes deberían priorizar sus esfuerzos en consecuencia y reorientar sus energías hacia la crisis climática. Y si la movilidad social y las transferencias de riqueza se han estancado, deberíamos actuar para cambiar esa situación de manera estructural.
Algunos países ya están experimentando con una mentalidad más intergeneracional en la toma de decisiones. En Austria, en particular, el nuevo gobierno reúne a los conservadores y al Partido Verde, algo inédito para una coalición de este tipo en Europa. «Es posible reducir los impuestos y aplicar políticas fiscales favorables al medioambiente», comentó el canciller Sebastian Kurz. «Es posible proteger el medioambiente y proteger las fronteras». De este modo, el gobierno reúne los intereses de los votantes conservadores, generalmente de más edad, con los de los votantes verdes, por lo general más jóvenes. Es como si el Partido Republicano de Estados Unidos se aliara con los arquitectos del Green New Deal.
Y, en tercer lugar, deberíamos garantizar que todas las políticas y decisiones empresariales se sometan y superen una evaluación de impacto intergeneracional. Ya existen procedimientos similares en las empresas para garantizar que sus prácticas cumplan las normas de paridad de género o diversidad, o para evaluar su impacto en los derechos humanos en toda la cadena de suministro. Ahora deberíamos medir el efecto que todas y cada una de las políticas y decisiones empresariales tienen en las distintas generaciones. Por ejemplo, un estudio realizado en Australia mostró que las políticas gubernamentales fueron en gran medida responsables de la creciente brecha en la propiedad de viviendas entre jóvenes y mayores.
Contar con más evaluaciones de impacto intergeneracional ayudaría a eliminar muchas prácticas discriminatorias que aún están en boga. Por ejemplo, permitiría redirigir los recursos públicos del gasto deficitario en las cuentas corrientes hacia inversiones en infraestructuras verdes que perduren durante generaciones. También supondría que los inversores se desprendieran de sus carteras de combustibles fósiles y ampliaran sus inversiones en energías verdes, otra iniciativa que se está llevando a cabo bajo los auspicios del Foro Económico Mundial.
Esto es lo que, en última instancia, me da esperanza: el mundo tal como lo conocemos hoy no tiene por qué ser el que dejemos a los jóvenes. Podemos crear un mundo más inclusivo y sostenible si nos comprometemos a hacerlo.
Necesitamos un marco ideológico que conduzca al desarrollo económico y al progreso social. El concepto de las partes interesadas, que el Foro ha promovido durante los últimos 50 años, establece que el gobierno, las empresas y la sociedad civil son partes interesadas en nuestro futuro mundial y que tenemos la responsabilidad compartida de darle forma mediante la colaboración.
La edad mediana de la población mundial es inferior a 30 años, lo que significa que los jóvenes son, en realidad, las partes interesadas más importantes —y más afectadas— cuando hablamos de nuestro futuro mundial. También son quienes tienen las ideas más innovadoras y la energía necesaria para construir una sociedad mejor para el mañana. Deberíamos dejar atrás una narrativa centrada en la producción y el consumo y adoptar otra basada en compartir y cuidar. Los jóvenes están en la mejor posición para liderar este cambio. Démosles esa oportunidad.
Este artículo apareció originalmente en TIME. Los jóvenes tienen motivos para estar enfadados y merecen un lugar en la mesa. Jóvenes enfadados merecen participar en las decisiones sobre su futuro y el del planeta.





