La reciente marcha March for Our Lives en Estados Unidos inspiró a millones de personas, no solo en América, sino también en todo el mundo. Hasta las manifestaciones en todo el país del 24 de marzo, la mayoría pensaba que poco nuevo podía aportarse al debate sobre las interminables oleadas de muertes por armas de fuego.
Sin embargo, la valiente y conmovedora manera en que los jóvenes, desde su angustia y su dolor, dijeron al mundo que las decisiones sobre las leyes de armas y las escuelas seguras son demasiado importantes como para dejarlas en manos de los adultos que les habían fallado, ha remodelado el panorama político, quizá de forma permanente y fundamental.
No solo en Estados Unidos está cobrando vida una revolución encabezada por jóvenes. En todo el mundo, los jóvenes se están convirtiendo en una fuerza por derecho propio. Millones de jóvenes participan ahora en lo que se ha convertido en la lucha por los derechos civiles de nuestra época: la batalla por el derecho de cada niño a ir a la escuela y a hacerlo en condiciones de seguridad.
En India, la Marcha Mundial contra el Trabajo Infantil ha movilizado a cientos de miles de jóvenes, que han recorrido millones de millas exigiendo el fin del trabajo infantil y el derecho a ir a la escuela.
Asimismo, en Bangladés, a partir del remoto distrito de Nilphamari, miles de niñas han impulsado el movimiento de los “wedding busters” para crear “zonas libres de matrimonio infantil”. Inspiradas por el movimiento Girls Not Brides y arriesgándose a recibir palizas e, incluso, a ser asesinadas en ocasiones, las escolares se han unido para desafiar a sus propios padres y evitar matrimonios forzados que acortarían su infancia y les privarían de una educación. Y, en Nigeria, el grupo Youth Advocates for Change marchó por la capital, Abuja, en 2015, exigiendo escuelas seguras y una protección policial y militar adecuada frente a los extremistas terroristas de Boko Haram (cuyo nombre significa “la educación occidental es un pecado”).
El panorama es claro: estamos en plena lucha por la libertad, que se ha vuelto global. Incluye a niñas en India que protestan contra la inacción policial ante las agresiones sexuales; escolares paquistaníes que marchan por Lahore tras el último ataque talibán contra escuelas; jóvenes en las calles de Yaundé, la capital de Camerún, en apoyo a los refugiados; y estudiantes yemeníes que protestan contra una guerra que ha destruido cientos de escuelas y ha dejado a dos millones de niños sin educación.
El levantamiento juvenil global se ha intensificado este año. En enero, 40 millones de niños y adultos en India protestaron contra el matrimonio infantil formando una cadena humana de más de 8.000 millas, tejida de pueblo en pueblo en el estado de Bihar. En febrero, estudiantes peruanos recibieron disparos en Lima mientras se manifestaban contra lo que llamaron la “Ley de Esclavitud Juvenil”, que emplearía a estudiantes como becarios no remunerados. Y miles de estudiantes han salido a las calles en Honduras y en India para oponerse al creciente coste de la educación superior.
Estos nuevos movimientos reflejan nuestra era digital actual, en la que los jóvenes pueden conectarse cada vez más entre sí dentro de sus propios países y más allá de las fronteras. Al hacerlo, están dejando al descubierto la brecha entre la promesa de oportunidades y la cruda realidad de las desigualdades – especialmente para las niñas, que constituyen la mayoría de los 260 millones de niños en todo el mundo que no están escolarizados, y la mayoría de los 400 millones de niños que terminan su educación a los 11 o 12 años. De hecho, la mitad de los niños del mundo –unos 800 millones– terminan la escuela sin ninguna de las cualificaciones necesarias para la fuerza laboral del mañana. Muchos están condenados, años antes de alcanzar la edad oficial para dejar la escuela, al trabajo infantil, al matrimonio infantil o incluso a la trata de menores.
El nuevo mensaje de desafío y esperanza de un cambio real de los jóvenes se hace eco de la convincente llamamiento a favor de la acción medioambiental pronunciado por una niña de 12 años, Severn Cullis-Suzuki, en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro de 1992. Fue Cullis-Suzuki quien puso en pie a una conferencia poco llamativa –y empezó a devolver el sentido común a un mundo escéptico– cuando afirmó que el medio ambiente era un asunto demasiado importante como para dejarlo en manos de los adultos. La generación mayor, que no había logrado garantizar un medio ambiente sostenible, no podía permitirse arruinar las oportunidades de la generación siguiente.
Y un mensaje aún más poderoso llega hoy de los jóvenes: que su derecho a la educación es demasiado importante como para dejarlo en manos de los adultos que han fallado a la hora de cumplir.
Hace casi un siglo, Eglantyne Jebb, fundadora de Save the Children, afirmó que el único lenguaje que todo el mundo podía entender era el llanto de un niño. Pero con demasiada frecuencia se ha ignorado el llanto de los niños, e incluso los más progresistas entre nosotros han actuado como si los niños fueran observadores silenciosos, a los que se ve pero no se escucha, objetos pasivos de nuestras acciones. Si la imagen perdurable de hace un siglo es la de niños indefensos que esperan ser protegidos y compadecidos, la imagen que recordará la próxima generación será radicalmente distinta. A medida que los jóvenes se conectan, se comunican y reivindican sus derechos, es menos probable que sus gritos sean súplicas lacrimosas de caridad y más bien marchas desafiantes que exigen justicia.
En los próximos días, los jóvenes de Pakistán, donde siete millones de niños en edad escolar no tienen la posibilidad de asistir a la escuela, lanzarán una petición exigiendo el derecho a la educación. Su petición será respaldada en la Cumbre del G20 en Argentina este noviembre, cuando 700 Embajadores Juveniles Globales de 90 países, movilizados a través de la organización benéfica Theirworld, pidan a los líderes mundiales que apoyen una nueva Facilidad Financiera Internacional para la Educación, un fondo multimillonario dedicado a permitir que todos los niños vayan a la escuela.
Es un momento importante, a la vez inspirador y aleccionador para quienes fuimos niños de la revolución cultural de los años sesenta, que no cumplió su promesa y que ahora nos vemos superados por nuevos movimientos con un potencial de bien mucho mayor a escala global. La antorcha no está siendo traspasada a una nueva generación; esta nueva generación ha tenido que tomarla por sí misma. Merecen nuestro apoyo.






