En sociedades de todo el mundo, se culpa a los adolescentes por acostarse tarde y luego tener dificultades para despertarse por la mañana. Aunque es cierto que muchos adolescentes (como muchos adultos) tienen malos hábitos a la hora de acostarse, los investigadores han demostrado hace tiempo que este problema mundial tiene una causa biológica.
En 2004, investigadores de la Universidad de Múnich demostraron que los adolescentes tienen, en realidad, una percepción del tiempo distinta. Su estudio mostró que el ciclo de 24 horas que determina cuándo nos despertamos y dormimos se retrasa durante la adolescencia y alcanza su punto más tardío a los 20 años.
Después de los 20, los horarios de sueño y vigilia del cuerpo vuelven a adelantarse gradualmente, hasta que, a los 55 años, uno se despierta de forma natural más o menos a la misma hora que cuando tenía 10. La relación entre los cambios de este reloj biológico y el proceso de la pubertad era tan estrecha que los investigadores sugirieron que este «máximo retraso» al final de la adolescencia podría ser el marcador biológico del fin de la pubertad.

Privados de sueño
Más o menos cuando se publicó el estudio de Múnich, Russell Foster, de la Universidad de Oxford, logró un avance decisivo en la neurociencia del tiempo. Al criar ratones ciegos, Foster pudo demostrar que los horarios de sueño de todos los mamíferos dependían únicamente de la luz solar. Esto significa que el tiempo biológico —que determina cuándo sentimos sueño— es distinto del tiempo social, regido por los relojes y las costumbres sobre cuándo deben hacerse las cosas.
Cuando el tiempo biológico y el tiempo social entran en conflicto, puede producirse una privación del sueño. Los horarios sociales de inicio de las clases en escuelas y universidades —normalmente entre las 7:30 y las 8:30— son demasiado tempranos para los adolescentes de todo el mundo. Los cambios biológicos que atraviesan hacen que necesiten acostarse y despertarse más tarde, y dormir hasta ocho o nueve horas.
En la actualidad, muchos adolescentes pierden entre dos y tres horas de sueño cada noche de clase. Como concluyó Steven Lockley, de la Universidad de Harvard, se trata de una pérdida sistemática e irrecuperable de sueño y de un peligro para la salud de los adolescentes.
¿Una solución sencilla?
En teoría, la solución es sencilla: los horarios de inicio deberían ajustarse para reflejar que los adolescentes necesitan empezar más tarde a medida que crecen. Pero, en la práctica, hay tres grandes desafíos: demostrar que empezar temprano perjudica directamente la salud de los adolescentes, determinar el mejor horario de inicio y vencer la reticencia de las autoridades educativas a cambiar los horarios tempranos tradicionales.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos han reunido numerosos estudios científicos para demostrar que las escuelas de Estados Unidos deberían empezar más tarde. Hay abundantes pruebas médicas de los perjuicios de empezar la escuela o la universidad demasiado temprano: hacerlo aumenta el riesgo de obesidad, depresión, consumo de drogas y malas calificaciones entre los estudiantes adolescentes.
La Asociación Médica Estadounidense recomienda ahora que las clases para adolescentes no empiecen antes de las 8:30. Sin embargo, los horarios de inicio tempranos siguen siendo comunes en muchos países del mundo, entre ellos Australia, el Reino Unido, Francia y Suecia. Hay más pruebas de que empezar más tarde es aún mejor: los estudios muestran que existen claros beneficios para la salud de los jóvenes de 13 a 16 años que empiezan las clases a las 10:00.
Mariah Evans, de la Universidad de Nevada en Reno, utilizó nuevos métodos para determinar los mejores horarios para adolescentes de 18 a 19 años. Su conclusión fue contundente: para las capacidades cognitivas, lo mejor es empezar mucho más tarde, a las 11:00 o incluso a las 12:00.
Las escuelas y los padres de todo el mundo deben cambiar la forma en que tratan a los adolescentes: en lugar de culparlos por tener sueño por las mañanas, deberían dejar que se despierten y se acuesten más tarde, en consonancia con su tiempo biológico. Si las escuelas y universidades empiezan más tarde, criaremos adolescentes más seguros, sanos e inteligentes, sin ningún coste real. Es solo cuestión de tiempo.





