Los jóvenes son quienes menos culpa tienen del cambio climático y quienes más vulnerables son a sus efectos.
La colaboración significativa con los jóvenes en este tema es absolutamente crucial.
Así se puede garantizar que se escuchen sus voces.
De los 1.800 millones de jóvenes de entre 10 y 24 años, Greta Thunberg es una de las más reconocidas. Tras iniciar su campaña hace dos años en una acera fría de Suecia, ahora es una oradora muy solicitada en las conferencias de la ONU sobre el cambio climático y espera reunirse con el presidente Biden en la próxima COP26; sin embargo, hasta ella afirma que «no espera gran cosa» de sus reuniones con los líderes mundiales.
A sus 18 años, los conocimientos y el compromiso de Thunberg ofrecen una muestra de lo que los jóvenes —el 90 % de los cuales vive en países en desarrollo— pueden aportar para combatir el cambio climático. Pero, mientras los líderes mundiales se preparan para la COP26 del próximo mes, ¿hasta qué punto escucharán las diversas experiencias y perspectivas de la generación menos responsable del cambio climático antropogénico, pero más vulnerable a sus consecuencias?
En 2019, mis colegas investigadores y yo invitamos a 13 jóvenes del Sur Global a participar en el taller Getting By en Cambridge (Reino Unido). A tres les denegaron el visado británico. Eran Giselle, una empresaria ruandesa; Mark, un criador de cerdos senegalés; y Regina, una activista ugandesa por los derechos de las mujeres (no son sus nombres reales). La combinación de no haber viajado antes al extranjero, carecer de experiencia en conferencias internacionales y tener bajos ingresos pareció conspirar para que estos jóvenes parecieran visitantes menos fiables; sin embargo, sus puntos de vista son precisamente lo que falta.
Los jóvenes son más vulnerables a las alteraciones climáticas que los adultos mayores, que tienen empleos mejor remunerados, más cualificaciones y capital, y redes de contactos. Se prevé que las alteraciones relacionadas con el clima aumenten a la par que crecen las poblaciones jóvenes de los 47 países menos adelantados del mundo. Entre sus consecuencias figuran el desplazamiento; la pérdida de educación; el matrimonio precoz; el deterioro de los medios de vida agrícolas y una creciente ansiedad por las alteraciones relacionadas con el clima. Esto se entrecruza con otras perturbaciones, entre las que destacan la COVID-19 y las respuestas asociadas por su enorme impacto en la vida y los medios de subsistencia de los jóvenes.
Aunque el movimiento Fridays for the Future ha movilizado a millones de jóvenes en los centros urbanos del mundo, sus pares de zonas rurales remotas apenas han podido hacer oír su voz, pese a sufrir algunas de las amenazas más directas del cambio climático y la pobreza asociada. Por ejemplo, en el árido distrito pastoralista de Karamoja (Uganda), que tiene una de las poblaciones jóvenes más numerosas del mundo, los jóvenes experimentan fluctuaciones sin precedentes entre inundaciones y sequías en una misma temporada de cultivo. Algunos se adaptan innovando en técnicas de riego, mientras que otros abandonan el pastoreo para buscar empleo en el sector servicios. Sus perspectivas y experiencias deberían orientar las reuniones de alto nivel sobre el cambio climático previas a la COP26.
Sin embargo, pasar de una participación superficial de los jóvenes, aparentemente decorativa a una colaboración más significativa requiere tiempo, recursos y un propósito claro. Una ONG que busca buenas prácticas para dar voz a los jóvenes es Restless Development. Juntos organizamos el taller «Getting By» en 2019, cuyo objetivo era lograr una participación equitativa de los jóvenes. Para ser inclusivo, el reclutamiento de jóvenes participantes debe ser justo, abierto y transparente, y hay que destinar recursos a la capacitación y los gastos de participación. Además de proporcionar tiempo, recursos y espacios para interacciones centradas en los jóvenes, existen obstáculos estructurales que silencian la diversidad de sus voces. Los visados son solo uno de ellos: la movilidad anterior a la COVID-19, que muchos dábamos por sentada, nunca estuvo al alcance de todos.
Suposiciones erróneas
La brecha digital es otro problema. La suposición de que «todo el mundo tiene un teléfono inteligente» es inexacta y excluyente, pero a menudo está implícita en el diseño de los programas de participación juvenil. Varios obstáculos impiden que los jóvenes accedan a internet, entre ellos la falta de electricidad y conectividad. A modo de contexto, apenas el 11 % de la población de Burundi, el 12 % de la de Chad y el 18 % de la de Malawi tiene electricidad.Es preciso abordar estas barreras para permitir la participación sostenida de los jóvenes excluidos.
Es evidente que los organizadores de las reuniones deben cubrir los gastos de participación: viajes, alojamiento, comida y cuidado infantil. Otras técnicas para lograr una participación equitativa incluyen garantizar una masa crítica de jóvenes para reducir lo que puede resultar una experiencia intimidante. Fomentar el sentido de agencia de los jóvenes les permite hacer aportaciones más constructivas. Un joven que habla en solitario puede quedarse callado si no cuenta con el apoyo de los demás. También es importante asegurar que los jóvenes ocupen un lugar central en los eventos, como panelistas y moderadores, pues eso marca el tono para el público. Una buena práctica consiste en pedir a los jóvenes que hagan las primeras preguntas (especialmente las mujeres). Esto anima a otros jóvenes a sumarse al debate. Tras haberlo visto en acción, puedo asegurarles que funciona en situaciones en las que, de otro modo, los jóvenes quizá no se sentirían con confianza para hablar. Por último, es importante diseñar un programa que permita a los jóvenes ponentes disfrutar del evento y del lugar donde se celebra. Además de contribuir a mejorar la vida y los medios de subsistencia futuros, la participación equitativa en acciones constructivas y colectivas puede combatir la ecoansiedad.
¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial para combatir el cambio climático?
La injusticia intergeneracional de las decisiones tomadas en el pasado exige respuestas sociales, ambientales y económicas urgentes. Involucrar en la toma de decisiones a grupos diversos de jóvenes es fundamental para encontrar vías eficaces de respuesta al cambio climático, tanto mediante la adaptación a los cambios existentes como limitando las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero para reducir al mínimo las alteraciones climáticas futuras. La solidaridad entre los jóvenes del Norte y el Sur Global ofrece a las personas mayores un modelo al que aspirar, y quedó plenamente patente entre los 400 delegados (de 18 a 29 años) de la cumbre juvenil previa a la COP26 celebrada en Milán en septiembre. El respeto y el entendimiento mutuos entre Greta Thunberg y activistas de todo el mundo, como Hilda Flavia Nakabuye, fundadora de Fridays for Future en Uganda, marcan un avance considerable desde la COP21 de París.
Para Greta Thunberg, años de repetir su mensaje han galvanizado movimientos conectados en todo el mundo. Este año podría ser decisivo para la política climática, y jóvenes inspiradores representan en la escena mundial a personas de difícil acceso de las comunidades más afectadas por el cambio climático. Si los líderes mundiales consiguen frenar el cambio climático y garantizar financiación suficiente para la adaptación y la resiliencia mediante un acuerdo en la COP26, deberían reconocer las pérdidas que muchas personas de todo el mundo ya han sufrido.





