La trágica muerte de Alan Kurdi, el niño sirio de tres años cuyo cuerpo apareció arrastrado por el agua hasta la costa de Bodrum, Turquía, en 2015, captó la atención del mundo. Los llamamientos a encontrar una solución a la crisis de refugiados llenaron los titulares. Dos años después, persiste la difícil situación de los 65 millones de personas desplazadas por la fuerza en el mundo. Los extensos campamentos de refugiados en Jordania, Kenia, Uganda y Sudán del Sur dan testimonio del carácter permanente de la crisis. Los países de acogida de ingresos bajos y medios se ven afectados de manera desproporcionada. Sus recursos, ya de por sí limitados, se ven sometidos a presión para cubrir las necesidades básicas de los refugiados.
Muchos asentamientos de refugiados tienen más en común con las grandes ciudades que con los campamentos temporales. Sin embargo, la infraestructura de estos asentamientos —y de muchas de sus comunidades de acogida— es sumamente deficiente.

Sin que se vislumbre el fin del desplazamiento masivo causado por conflictos y desastres naturales, el enfoque actual de la gestión de refugiados no es sostenible ni refleja nuestra responsabilidad con estas comunidades. Es imperativo replantear el modelo de asistencia a los refugiados. Un nuevo modelo debe crear comunidades en las que las personas desplazadas por la fuerza puedan alcanzar la autosuficiencia más rápidamente y contribuir al crecimiento económico de sus países de acogida.
Algunos países de acogida de refugiados están explorando este enfoque. El campamento de refugiados de Kakuma, en el noroeste de Kenia, se estableció en 1992 y actualmente tiene una población de más de 184.000 habitantes. Si fuera una ciudad, sería la séptima más grande de Kenia. Kalobeyei, un nuevo asentamiento a poca distancia de Kakuma, se estableció en 2015 para mejorar las condiciones de los refugiados y las comunidades de acogida mediante un enfoque integrado. Las poblaciones de bajos ingresos, tanto locales como refugiadas, suelen tener salarios precarios y condiciones de vida inseguras. Para comprender mejor su situación y sus necesidades, investigadores de Mastercard y Western Union pasaron tiempo en las economías de estos dos asentamientos.
Este esfuerzo, parte de los respectivos compromisos de ambas empresas con el Llamamiento a la acción para la participación del sector privado en la crisis mundial de refugiados, condujo al desarrollo de un modelo de «Comunidad inteligente» para los asentamientos de refugiados.
Al estudiar las necesidades de un ecosistema de refugiados concreto y examinar cómo se interconectan los distintos aspectos de la vida cotidiana, desde la educación hasta la salud y los servicios financieros, podemos proponer soluciones tecnológicas útiles. Así, se pueden implementar nuevas herramientas de pago, transacción y datos para mejorar la prestación de servicios esenciales, ya sea por parte del sector privado o de organizaciones no gubernamentales (ONG).
Para facilitar el crecimiento de las «Comunidades inteligentes», necesitamos que un grupo intersectorial de organizaciones dé un paso al frente. Las empresas privadas, la sociedad civil, los organismos gubernamentales y los financiadores comprometidos con el avance de la tecnología para el bien común deben unirse para identificar modelos que:
Empoderen a los refugiados mediante nuevas oportunidades de crecimiento económico
Aporten mayor valor a las comunidades y los países de acogida
Permitan a los organismos de las Naciones Unidas y a las ONG gestionar la respuesta a los refugiados con mayor eficiencia y aprovechar mejor sus fondos para lograr un mayor impacto
Los esfuerzos podrían centrarse en un país como Uganda, cuya población refugiada aumentó un 68 % hasta superar los 1,3 millones el año pasado. Aunque el Gobierno mantiene una política de puertas abiertas que otorga a los refugiados el derecho a trabajar, una parcela de tierra y acceso a la salud y la educación, entre otros beneficios, importantes carencias de recursos frenan el progreso. Pese a los mejores esfuerzos de los actores humanitarios y de desarrollo, públicos y privados, por brindar apoyo, las necesidades de la población refugiada siguen creciendo.

Si las ciudades más prósperas del mundo reconocen el valor de la tecnología y los datos para gestionar sus operaciones y promover un crecimiento inclusivo para sus propios ciudadanos, ¿por qué no utilizar herramientas similares en los asentamientos de refugiados, cuyas necesidades son posiblemente mayores?
Si trabajamos juntos, podemos ofrecer soluciones que mejoren la vida de miles de refugiados y miembros de las comunidades de acogida, con potencial para replicarlas y ampliarlas hasta llegar a millones. Ha llegado el momento de reimaginar el campamento de refugiados. Devolvamos la dignidad y la resiliencia económica a quienes ya han perdido tanto.





