Los líderes mundiales han fallado a los refugiados. ¿Pueden los ciudadanos de a pie darles una lección?

A Syrian refugee looks up as her father holds her and a Canadian flag as they arrive at Pearson Toronto International Airport in Mississauga, Ontario, December 18, 2015. REUTERS/Mark Blinch - GF10000270895
Communities are showing the humanity that has been all-too lacking from world leaders in response to the refugee crisis.Image: REUTERS/Mark Blinch
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Hace dos años, la imagen de un niño pequeño con una camiseta roja, tendido boca abajo en una playa del Mediterráneo, puso de manifiesto todo el horror de la crisis humanitaria que se desarrollaba en las costas de Europa. Alan Kurdi, de la localidad siria de Kobani, tenía solo tres años cuando se ahogó junto con su madre y su hermano mayor durante la peligrosa travesía de Turquía a Grecia.

Aunque la crisis no era una novedad, por un breve momento pareció que la indignación internacional podía sacudir a los líderes mundiales y llevarlos a actuar.

Sin embargo, las expresiones oficiales de conmoción y solidaridad duraron muy poco. En cuestión de meses desde la muerte de Alan Kurdi, muchos gobiernos siguieron adelante con políticas concebidas expresamente para impedir la entrada de refugiados sirios y de otros países. La Unión Europea ideó un acuerdo vergonzoso por el que quienes ya habían arriesgado la vida serían enviados directamente de vuelta a Turquía; Australia siguió encerrando a refugiados en centros de detención extraterritoriales, en condiciones que la ONU describió como «inhumanas».

El reparto equitativo de la responsabilidad por los refugiados entre los gobiernos más ricos del mundo —muy debatido y reafirmado, en teoría, en una cumbre celebrada en Nueva York en septiembre pasado— sigue siendo, en la práctica, inexistente. Mientras tanto, las muertes continúan, y más de 2.000 personas murieron solo durante la primera mitad de este año.

Image: Amnistía Internacional/Encuesta Anual de Global Shapers 2017

Pero las cosas no tienen por qué ser así. La Encuesta Anual de Global Shapers 2017, realizada por el Foro Económico Mundial, muestra que la gran mayoría (73 %) de las personas de entre 18 y 35 años afirma que acogería a refugiados en sus países, y más de una cuarta parte (27 %) dice que los recibiría en su propio hogar. Estas cifras coinciden con las de un estudio de Amnistía Internacional similar realizado el año pasado, que mostró que cuatro de cada cinco personas en todo el mundo afirman que acogerían a refugiados en sus países.

Sería una tragedia desperdiciar esta poderosa empatía pública. El reto consiste en encontrar formas de canalizarla y convertir las actitudes positivas en acciones que salven vidas.

Canadá fue uno de los países donde la muerte de Alan Kurdi tuvo un impacto duradero: millones de personas la vieron como un reflejo del fracaso político. La tragedia tocó especialmente de cerca a la población cuando se supo que la tía de Alan Kurdi ya vivía en Canadá y que una solicitud de reasentamiento presentada por la familia Kurdi había sido rechazada anteriormente.

Tras difundirse en los medios la noticia de la muerte de Alan Kurdi, la búsqueda más popular en Google en Canadá fue «Cómo patrocinar a un sirio». Los ciudadanos canadienses de a pie exigían una respuesta a la crisis, y miles de ellos demostraron que estaban dispuestos a contribuir. Justin Trudeau ganó las elecciones de octubre de 2015, en parte, gracias a su promesa electoral de aumentar considerablemente el número de refugiados sirios e iraquíes que llegarían a Canadá. Entre noviembre de 2015 y finales de enero de 2017más de 14.000 sirios fueron reasentados en Canadá mediante programas de patrocinio privado.

Canadá es único porque, desde hace 40 años, cuenta con un sistema que permite a ciudadanos comprometidos organizarse y recaudar fondos para traer refugiados al país y ayudarlos a convertirse en «recién llegados» a Canadá, con una vía para obtener la ciudadanía. El sistema se creó en la década de 1970 para permitir la llegada a Canadá de decenas de miles de refugiados vietnamitas; desde entonces, cientos de miles de refugiados han llegado al país mediante el patrocinio comunitario. Este sistema funciona en paralelo con un programa permanente de reasentamiento organizado por el gobierno, que ayuda a los refugiados más vulnerables a encontrar un nuevo hogar. En palabras de Joe Mihevc, concejal de Toronto: «Aquí es donde entra en juego el liderazgo. Se trata de ambas cosas, no de elegir entre una u otra».

El patrocinio exige compromiso. Los patrocinadores son responsables de recaudar la suma inicial necesaria para traer a los refugiados al país y mantenerlos durante el primer año; buscarles alojamiento; conseguirles plazas escolares; facilitarles el acceso a la atención sanitaria; y ayudarlos con las solicitudes de empleo y la formación. Vale la pena, no solo para quienes llegan, sino también para quienes los reciben. Los refugiados tienen la oportunidad de seguir con su vida en paz y seguridad. Quienes los acogen también se enriquecen, y se crean amistades duraderas.

«Recibes mucho más de lo que das», dice una persona que patrocina a una familia siria en Toronto. Otra describe el programa como «una de las alegrías de mi vida».

Canadá se ha ganado la reputación de ser un país «acogedor con los inmigrantes». Pero no tiene por qué ser único. Otros gobiernos, desde Irlanda hasta Nueva Zelanda, están explorando ahora la posibilidad de poner en marcha programas de patrocinio comunitario para refugiados, que permitirían a los ciudadanos tomar medidas por primera vez. El año pasado, el Reino Unido aprobó una ley para hacer posible el patrocinio comunitario, y el arzobispo de Canterbury fue uno de los primeros patrocinadores en inscribirse.

El Vaticano publicó recientemente un plan de 20 puntos sobre los refugiados, aprobado por el papa Francisco, que anima a otros países a aprobar leyes sobre el patrocinio comunitario; algunos ya empiezan a seguir ese camino. No hay motivo para no hacerlo. Mediante estas iniciativas impulsadas por la ciudadanía, la gente de a pie puede tomar la iniciativa y mostrar la humanidad que ha faltado demasiado en las respuestas de los líderes mundiales.

En lugar de obstaculizar las respuestas humanitarias que están mostrando muchas personas en sus países, los gobiernos deberían apoyar sus esfuerzos por abrir sus comunidades a los refugiados. Cada día se están gestando tragedias como la muerte de Alan Kurdi, y todavía se obliga a padres y madres a poner en peligro a sus hijos para sacarlos de zonas de guerra. Hace mucho que debería haberse adoptado un nuevo enfoque, y otros países pueden y deben seguir el ejemplo de Canadá.

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