Por qué el conflicto interno de Camerún amenaza ahora la seguridad regional

A Cameroonian female gendarme is pictured near the city of Buea in the anglophone southwest region, Cameroon October 4, 2018. Picture taken October 4, 2018.REUTERS/Zohra Bensemra - RC13956FCB00
Any escalation of the conflict could weaken efforts to counter Boko HaramImage: REUTERS/Zohra Bensemra
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La región anglófona de Camerún ha estado bajo toque de queda durante la mayor parte de los últimos dos años. Los combates entre separatistas armados y las fuerzas gubernamentales en las regiones administrativas del Sudoeste y del Noroeste comenzaron en 2017 y se intensificaron en 2018, antes de las elecciones presidenciales de octubre.

Las Fuerzas de Defensa de Ambazonia (ADF), brazo militar del movimiento separatista, llevaron a cabo una serie de ataques relámpago contra las Fuerzas Armadas de Camerún, después de que Yaundé reprimiera una ola de protestas pacíficas que exigían representación política y derechos culturales para la minoría anglófona.

Como resultado de los enfrentamientos, se ha informado de la muerte de más de 2.000 personas, y en los meses previos a las elecciones se produjeron a diario ejecuciones extrajudiciales y secuestros. Atrapados entre las represalias del gobierno y la intimidación de las milicias, los civiles han huido de sus hogares y decenas de aldeas han sido incendiadas. Según un informe publicado por la ONU en mayo, al menos 160.000 personas han sido desplazadas dentro del país, mientras que más de 20.000 han sido registradas como refugiadas en Nigeria.

Tácticas de guerrilla

Armadas con rifles de caza, armas pequeñas y cuchillos, las ADF emplean tácticas de guerrilla para desafiar a un ejército bien equipado y muy sofisticado, entrenado por Francia y Estados Unidos.

Las tropas gubernamentales mantienen el control de los principales centros urbanos, mientras que las ADF operan en aldeas y territorios remotos, donde hay menos soldados y la deficiente infraestructura vial limita el alcance directo del Estado. Sin embargo, las operaciones del gobierno han interrumpido gravemente la cadena de mando de las ADF, obligándolas a operar de forma más clandestina.

Como resultado, ahora no está claro quién dirige las fuerzas separatistas. Para complicar la dinámica de la violencia sobre el terreno, otros grupos armados operan en las mismas zonas; algunos tienen vínculos con actividades delictivas y otros están vinculados de manera informal a las ADF.

Por qué importa

Camerún es un miembro clave de la Fuerza de Tarea Conjunta Multinacional que combate la insurgencia de Boko Haram en su región más septentrional, encajada entre Nigeria al oeste y Chad al este, y aporta algo más de 1.000 soldados a la MINUSCA, la misión de estabilización de la ONU en la República Centroafricana (RCA).

Acoge a casi 300.000 refugiados de la RCA en su empobrecida región oriental. Esta zona también se encuentra en una ruta clave del tráfico de ganado que atraviesa la frontera porosa e insegura, donde la emergencia humanitaria ofrece un terreno fértil para el reclutamiento de Boko Haram y aumenta la probabilidad de que el conflicto entre agricultores y pastores se extienda hacia el sur desde la cuenca del lago Chad.

Cualquier escalada del conflicto en el sur sobrecargaría inevitablemente incluso al ejército camerunés, bien financiado y entrenado, y comprometería así los esfuerzos regionales para contener el yihadismo militante y reforzar la seguridad fronteriza y las operaciones de mantenimiento de la paz.

Los informes sobre violaciones de los derechos humanos cometidas por las Fuerzas Armadas de Camerún contra la población local ya han empañado el éxito de la operación contra Boko Haram. La dura represión de las actividades separatistas, tanto pacíficas como violentas, en el sur de Camerún sugiere que es poco probable que la respuesta del gobierno a la disidencia cambie pronto. El periodo previo a las elecciones de octubre desencadenó más violencia: los separatistas intentaron imponer un boicot y las tropas gubernamentales procuraron sofocar su desafío armado.

Elecciones presidenciales

Las elecciones presidenciales celebradas el 7 de octubre devolvieron al octogenario Paul Biya a su séptimo mandato. Presidente desde 1982 y primer ministro de 1975 a 1982, Biya ganó con el 71,3% de los votos. Estaba tan seguro del resultado final que rara vez salió de su residencia para participar en la campaña electoral. En su lugar, esta tarea se encomendó al primer ministro Philemon Yang, quien también es responsable de convocar las reuniones del Consejo de Ministros. El estilo de liderazgo de Biya, junto con su costumbre de pasar las vacaciones en Suiza, le valieron el apodo de «presidente ausente».

Sin embargo, sí completó una importante tarea de preparación electoral. En marzo de 2018, nombró a 11 nuevos miembros del Consejo Constitucional, el órgano responsable de resolver las controversias electorales, que diligentemente rechazó 18 peticiones presentadas por la oposición para que se repitieran las elecciones, alegando fraude generalizado, como compra de votos, relleno de urnas y falsificación.

Los observadores internacionales tuvieron una presencia demasiado limitada sobre el terreno como para ofrecer una evaluación exhaustiva. No obstante, la Unión Africana informó de que la precaria situación de seguridad impidió que los votantes llegaran a las urnas. No se han publicado cifras oficiales, pero la participación fue baja: alrededor del 55% en todo el país y 5–15% en las zonas anglófonas. Ya era bajo el número de cameruneses que podían ejercer su derecho al voto: debido a deficiencias burocráticas, solo el 50% del electorado pudo inscribirse.

La cuestión anglófona

La oposición ya no dispone de vías legales para impugnar los resultados. El control de Biya sobre el poder judicial, incluida la Corte Suprema y la Comisión Electoral, significa que las elecciones son meramente una herramienta para consolidar su poder, en lugar de una forma de cuestionarlo. En la región anglófona de Camerún, las posibilidades de impugnación son aún más limitadas y el descontento latente acabó estallando en violencia.

Las regiones administrativas del Sudoeste y el Noroeste de Camerún albergan al 16% de la población del país (cuatro millones de un total de 24 millones de habitantes) y desempeñan un papel importante en la economía nacional, con sectores agrícolas y comerciales pujantes y la mayor parte del petróleo marítimo del país.

Las dos regiones formaban parte del Camerún británico, de mayor extensión, durante la época colonial y se unieron al Camerún federal, recién independizado, en 1961 tras un referéndum. Sin embargo, a partir de 1972, diversas reformas constitucionales revirtieron las promesas de mayor autonomía y convirtieron Camerún en un Estado unitario y muy centralizado. Desde entonces, su minoría anglófona ha sido marginada política, económica y culturalmente. Sus esfuerzos por combatir esta discriminación han recibido una respuesta que combina represión y negación, así como la cooptación de las élites.

A finales de 2016, lo que comenzó como reivindicaciones sectoriales de abogados, docentes y estudiantes anglófonos se transformó en demandas políticas cada vez más articuladas, que a su vez dieron lugar a huelgas, disturbios, cortes de internet y protestas de «ciudades fantasma». Una respuesta policial brutal, que incluyó violencia sexual y saqueos, agravó los disturbios. Aunque los cameruneses anglófonos plantean distintas reivindicaciones —desde una mayor representación en un Estado unitario hasta la secesión total—, el gobierno responde de forma similar a todas ellas: muchos opositores no violentos están encarcelados y las libertades de expresión y reunión se han restringido considerablemente. Este enfoque ha dado argumentos a los radicales del movimiento separatista y llevó al Frente Unido del Consorcio de Ambazonia del Camerún Meridional a declarar el nuevo Estado independiente de Ambazonia el 1 de octubre de 2017.

Perspectivas

La violencia disminuyó considerablemente inmediatamente después de las elecciones debido al despliegue masivo de fuerzas militares por todo el país. Sin embargo, hay señales preocupantes de que pronto podría volver a los niveles previos a las elecciones. Una solución duradera al conflicto debe abordar sus causas, no sus síntomas.

La Iglesia católica y Francia son quienes más capacidad tienen para poner fin pacíficamente a la violencia actual. La Iglesia goza de buena reputación entre distintas comunidades de Camerún y algunos de sus miembros destacados, como el arzobispo de Bamenda, defienden abiertamente una solución pacífica, incluido un diálogo nacional. Pese a sus estrechos vínculos históricos y comerciales, Francia aún no ha ejercido su influencia sobre Yaundé. Sin embargo, le interesa hacerlo si quiere lograr que la Fuerza Conjunta Transfronteriza del G5 del Sahel sea autosuficiente y reducir su presencia militar en la región. Es poco probable que cualquier otra gran potencia occidental esté dispuesta a involucrarse.

En la región, el historial de iniciativas de resolución de conflictos es desigual. La experiencia de Gambia ofrece un modelo exitoso, pero otros gobiernos de la región parecen preferir el modelo de seguir con la política de siempre, como en el caso de Guinea Ecuatorial.

Por qué importa el conflicto de Camerún para la seguridad regional, Francesca Grandi, del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos

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