«Hui hacia la selva para esconderme. Desde allí, vi cómo los militares incendiaban todo el pueblo y mataban a la gente. Mataron a muchos… por suerte, mi familia sobrevivió. Decidimos huir a Bangladesh para estar a salvo. Ni siquiera tuvimos tiempo de recoger nuestras pertenencias; simplemente huimos con la ropa que llevábamos puesta.»
Esta es la historia de Roshida*, de 16 años, una niña rohinyá obligada a abandonar su hogar en Myanmar por un conflicto violento. Es solo una de los 66 millones de personas desplazadas en el mundo, en su mayoría por conflictos y persecución: una cifra similar a toda la población del Reino Unido.
Más de la mitad de estas personas son niños que corren el riesgo de que les arrebaten el futuro dos veces. Primero, cuando se ven obligados a huir de sus hogares, lo que aumenta su riesgo de sufrir hambre, enfermedades y explotación. Después, cuando, atrapados en condiciones difíciles en países en desarrollo —que acogen a casi el 90 % de los refugiados—, luchan por salir adelante. Atención sanitaria deficiente, ninguna posibilidad de ir a la escuela y ningún empleo al llegar a la edad adulta. Algunos niños pasan toda su infancia en esta situación, sin esperanza de futuro.

Aquí es donde interviene la comunidad internacional, que ya está haciendo muchísimo. El año pasado se recaudaron más de 12.000 millones de dólares en respuesta a los llamamientos humanitarios mundiales, la cifra más alta hasta la fecha, para ayudar a 105 millones de personas. Sin embargo, la necesidad sigue creciendo de forma alarmante. En 2018 necesitamos más de 20.000 millones de dólares para ayudar a más de 130 millones de personas. Es un objetivo ambicioso para los donantes, así que es necesario encontrar formas de trabajar que nos permitan hacer más con menos, empezando por analizar de cerca cómo planificamos, financiamos y llevamos a cabo las respuestas humanitarias para los niños desplazados y sus familias.
Actualmente, la mayor parte de la ayuda se presta solo durante los dos primeros años de una crisis y se centra únicamente en lo esencial. Esto ocurre a pesar de que el 60 % de todas las crisis de desplazamiento duran más de cinco años y una cuarta parte, más de 20 años. La financiación disminuye cuando una crisis se prolonga, se estanca y desaparece de los titulares, aunque el nivel de necesidad no disminuye.
Este desequilibrio pone en riesgo a los niños y sus familias y provoca una financiación crónicamente insuficiente de los programas de desarrollo esenciales para su futuro. Por lo general, la causa es la incertidumbre sobre cuánto durará una crisis. Esta fomenta respuestas cortoplacistas, hasta que disminuye el entusiasmo de los donantes y la ayuda proporcionada al comienzo de una emergencia se aleja cada vez más de lo que necesitan las personas sobre el terreno.
Si de algún modo pudiéramos detener este ciclo, eliminar la incertidumbre y saber de antemano cuánto durará una crisis y a cuántas personas podría afectar, podríamos responder con mayor rapidez y eficacia, y de la forma más rentable posible. Save the Children, con la ayuda de Boston Consulting Group, cree que quizá haya encontrado una forma de empezar a hacerlo realidad.
A partir de macrodatos recopilados de casi 100 conflictos ocurridos en los últimos 40 años, hemos creado un prototipo de herramienta que nos ayuda a predecir cómo evolucionará con el tiempo una nueva crisis provocada por un conflicto. Así funciona. Al comienzo de un conflicto de gran magnitud, si 25.000 personas o más se ven obligadas a abandonar sus hogares, recopilamos toda la información posible sobre lo que ocurre sobre el terreno y la introducimos en la herramienta. Esta compara la información inicial con las tendencias históricas y predice cuánto durará y qué magnitud alcanzará finalmente la crisis humanitaria.

Esto nos permitiría obtener desde el principio información crucial sobre el tipo de crisis que afrontamos y, si los datos indicaran con cierta seguridad que será prolongada, podríamos adaptar rápidamente nuestra respuesta. Dejar de transportar agua en camiones a diario para atender emergencias e instalar tuberías. Financiar centros de salud y educativos desde el primer día. Establecer vínculos con las comunidades de acogida en vez de construir campamentos costosos. Invertir de inmediato en programas de autosuficiencia para los refugiados. En resumen: planificar con certeza a largo plazo y cambiar el futuro de los niños refugiados.
Para hacer este cambio, debemos invertir en un diálogo estrecho con los países de acogida, que quizá no siempre quieran crear las condiciones necesarias para que las personas desplazadas por conflictos se asienten de forma más permanente. Sin embargo, nos entusiasman los avances que hemos logrado hasta ahora con esta herramienta. Actualmente, sus predicciones tienen una precisión de alrededor del 75 %, un buen comienzo, pero esperamos mejorar aún más en el futuro mediante pruebas, ajustes y la incorporación de los datos que faltan.
Para avanzar, queremos y necesitamos sumar a más colaboradores a este trabajo. La Reunión Anual del Foro Económico Mundial de este año, en Davos, gira en torno a formar parte de un esfuerzo mundial sin precedentes para trabajar juntos y mejorar el mundo. Esperamos que, con el tiempo, nuestra herramienta suponga un gran avance para las respuestas humanitarias, tan vitales para mejorar nuestro futuro compartido.
Para obtener más información sobre este tema y nuestro trabajo mundial en materia de desplazamiento, póngase en contacto con el director de la Iniciativa sobre Migración y Desplazamiento de Save the Children en steve.morgan@savethechildren.org.

