El Índice Global de Terrorismo 2017 se publicó esta semana. El número de muertes por terrorismo en todo el mundo ha disminuido por segundo año consecutivo, revela el informe elaborado por el Instituto para la Economía y la Paz. Sin embargo, en los países desarrollados las muertes han aumentado y el terrorismo se ha extendido a más países. En parte, esto refleja la evolución de la dinámica del terrorismo en el mundo desarrollado: de atentados sofisticados y de alta intensidad a ataques menos tecnológicos y de bajo coste, perpetrados por actores solitarios. Este cambio de tácticas refleja la evolución de la financiación del terrorismo y pone de relieve la necesidad de considerar estrategias a más largo plazo para frenar su auge.
En 2016, el EIIL era el grupo terrorista más rico del mundo. Sus ingresos anuales estimados, según el Índice Global de Terrorismo, alcanzaron un máximo de 2.000 millones de dólares estadounidenses en 2015, una cifra equivalente al PIB de algunos países pequeños. Sin embargo, como ha demostrado la pérdida de su autoproclamado califato, la estrategia del grupo de autofinanciarse en el territorio que controla lo ha hecho vulnerable a cualquier acción que afecte a ese territorio. Durante el último año, la estructura de financiación del EIIL se ha desplomado tras importantes pérdidas territoriales en Irak y Siria, ya que la mitad de sus fondos procedía del contrabando de petróleo. El EIIL producía hasta 75.000 barriles al día y generaba ingresos de 1,3 millones de dólares estadounidenses diarios.

En respuesta, la Coalición Global, integrada por 68 miembros, ha atacado las fuentes de ingresos del EIIL. A principios de 2017, la coalición había destruido más de 2.600 instalaciones de extracción, refinación y venta de petróleo. También se atacaron los lugares de almacenamiento de efectivo, lo que obstaculizó directamente la capacidad del EIIL para pagar a sus combatientes y proporcionar servicios básicos. El Gobierno iraquí también ha cerrado los sistemas bancarios en los territorios controlados por el EIIL para restringir los pagos a los empleados públicos de esas zonas. Ante la continua pérdida de territorio en 2017, se estima que los ingresos del EIIL han caído de 81 millones de dólares estadounidenses mensuales en 2015 a 16 millones mensuales en 2017. Es muy probable que sigan disminuyendo.
Esta interrupción de la recaudación de fondos del EIIL ha contribuido sin duda a frustrar las actividades del grupo, especialmente en sus países de base, Irak y Siria. Sin embargo, la amenaza mundial que representa el grupo persiste, en particular ante la tendencia hacia ataques de menor coste.
Los atentados del 11 de septiembre fueron muy sofisticados en su planificación y ejecución. Al Qaeda planificó los ataques durante muchos meses y entrenó a varios perpetradores para que realizaran tareas específicas. Los ataques requirieron una financiación considerable; las estimaciones oscilan entre 400.000 y 500.000 dólares estadounidenses.
En marcado contraste, se estimó que los atentados con bombas en trenes de Madrid de 2004 costaron 10.000 dólares estadounidenses. Se calculó que los fallidos atentados con coches bomba de Londres de 2007 costaron unos 14.000 dólares estadounidenses. Se estimó que el frustrado atentado contra un tren de cercanías en Colonia, Alemania, en 2006 costó apenas 500 dólares. Los ataques más recientes con vehículos, como el atentado con un camión en Niza en 2016, fueron igualmente baratos de llevar a cabo.
Este giro hacia ataques de bajo coste refleja un cambio de tácticas. Un estudio de 40 células terroristas que planearon o perpetraron ataques en Europa occidental entre 1994 y 2013 constató que la mayoría de los planes se financiaron por cuenta propia. Además, tres cuartas partes de los atentados terroristas en Europa entre 1994 y 2013 costaron menos de 10.000 dólares estadounidenses. Esta estimación incluye todos los gastos asociados al ataque, como viajes, comunicaciones, almacenamiento y adquisición de armas y materiales para fabricar bombas.

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas lleva mucho tiempo reconociendo la necesidad de combatir la financiación del terrorismo. Tanto la Resolución 2178 (2014) como la Resolución 2249 (2015) buscaron frenar el poder terrorista. El Consejo ha instado a todos los Estados miembros a «prevenir y reprimir la financiación del terrorismo». Sin embargo, este giro hacia ataques de bajo coste y autofinanciados es motivo de preocupación. Es probable que los ataques se financien por medios legales, como los ahorros o las donaciones de una persona. Su bajo coste hace que sean más difíciles de detectar durante la fase de preparación.
Esta tendencia pone de relieve la necesidad de prestar más atención a las numerosas cuestiones complejas relacionadas con el terrorismo, más allá de las respuestas militares y de seguridad de las que se habla con mayor frecuencia. Esto incluye comprender mejor los factores que impulsan el reclutamiento terrorista.
Un análisis reciente de 500 exintegrantes de diversas organizaciones extremistas de África reveló que más de la mitad de los encuestados se había unido porque percibía que su religión estaba siendo atacada. Los excombatientes también mencionaron la escasa confianza en las instituciones gubernamentales y una gran hostilidad hacia la policía, los políticos y las fuerzas armadas. De manera similar, un estudio de integrantes de Al Shabaab en Kenia reveló que el 97% de los encuestados afirmaba que su religión estaba amenazada y que el 65% se había unido en respuesta a las estrategias antiterroristas del Gobierno keniano.
Estudios recientes sobre los factores que motivan la decisión de una persona de unirse a un grupo terrorista también han señalado la privación relativa, más que la absoluta, como factor explicativo. Las personas cuyas expectativas de movilidad social y bienestar económico se han visto frustradas corren un mayor riesgo de radicalización. Por ello, los países donde una población con un alto nivel educativo permanece en gran medida desempleada o subempleada pueden convertirse en caldo de cultivo para ideologías extremistas.
En la Unión Europea, donde la mayoría de los países se consideran prósperos en términos económicos absolutos, persisten grandes diferencias en el desempleo juvenil entre ciudadanos nativos y nacidos en el extranjero. Un joven inmigrante de primera generación en Bélgica tiene un 64% más de probabilidades de estar desempleado que un joven nacido en Bélgica. Estas diferencias pueden deberse a otros factores, como el nivel educativo o lingüístico, pero también contribuyen a una percepción de injusticia.
Estos estudios ponen de relieve la necesidad de que los países y la comunidad internacional desarrollen colectivamente estrategias más duraderas para hacer frente a la propagación del terrorismo y garanticen que las medidas antiterroristas no aumenten inadvertidamente el riesgo de terrorismo. Este imperativo es aún más urgente ante el aumento del uso de ataques de bajo coste y escasa sofisticación tecnológica.
Para acceder a los mapas interactivos del Índice Global de Terrorismo 2017 y consultar el informe completo, visite http://visionofhumanity.org. Este artículo se ha publicado bajo una licencia Creative Commons y puede volver a publicarse con atribución.

