Debería haber sido el momento de mayor orgullo de su vida.
Wai Wai Nu, una joven de Myanmar, estaba en el estrado de la universidad con el certificado de su título de Derecho en las manos. Pero había un problema.
«Dije gracias, di unos pasos y me di cuenta de que aquello no era un título. El certificado decía: “Vaya a consultar a la oficina”», contó durante una sesión en Davos.
Como miembro de la minoría étnica rohinyá, su documento de identidad oficial ya no era reconocido, lo que le impedía obtener otros documentos oficiales.
Fue un duro golpe para una recién graduada que ya había soportado más de lo que la mayoría soportamos en toda una vida. A los 18 años, fue encarcelada durante siete años junto con su familia, cuando el régimen autoritario de entonces arremetió contra su padre, diputado de la oposición. Describió la vida en una prisión infame como una dura «educación» que la dejó decidida a triunfar y ayudar a mujeres como aquellas con las que compartía celda, muchas de ellas víctimas de abusos y de la pobreza. Un documento de identidad no se interpondría en su camino.
«Cuando volví a buscar mi certificado, otros 300 estudiantes estaban en la misma situación. Estaba muy disgustada y enfadada... Este certificado era muy importante para ejercer como abogada y conseguir trabajo. Como comunidad, los rohinyás y otros grupos minoritarios afrontamos innumerables exclusiones. Todas estas exclusiones han creado desigualdad, que ha conducido a la discriminación, el conflicto y una crisis humanitaria».
Wai Wai superó las dificultades y fundó dos ONG, Women’s Peace Network-Arakan y Justice For Women, además de lanzar un proyecto en línea llamado #myfriend para compartir fotos de amistades en Myanmar que trascienden las divisiones étnicas.
Aunque se crio en una ciudad relativamente tolerante, como musulmana rohinyá con familiares en la provincia de Rakáin, conoció de primera mano la escalofriante propagación del odio étnico.

«Cuando era joven, empecé a sentir que mi comunidad no era igual a las demás. Aunque crecí en la capital, donde no sufrí mucha discriminación, oía a familiares de Rakáin decir que necesitaban permiso para salir de la aldea, permiso para casarse, permiso para ir a la escuela; todos los aspectos de su vida estaban sujetos a restricciones».
Esta discriminación sistémica ha desembocado ahora en lo que ACNUR denomina «la crisis de refugiados de más rápido crecimiento del mundo y una importante emergencia humanitaria».
Peter Maurer, presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, afronta de primera mano las devastadoras consecuencias de las tensiones étnicas. En la misma sesión, titulada Fomentar la inclusión, compartió sus reflexiones sobre cómo arraiga el odio.
«Reducir a un grupo a una sola identidad es el mayor motor de la violencia», afirmó.
«Si no podemos aceptar que la globalización conduce a una situación en la que tenemos múltiples identidades, no somos lo uno o lo otro, sino lo uno y lo otro… Si no rompemos el ciclo, seguiremos perpetuando el caos».
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