Las recientes oleadas migratorias hacia Europa y Estados Unidos han avivado un intenso debate político. Las propuestas para introducir o endurecer las restricciones migratorias son cada vez más frecuentes, y el respaldo a los partidos populistas de derecha ha aumentado en varias democracias occidentales (Dustmann et al. 2019, Halla et al. 2017). Sin embargo, pese a la creciente importancia de la inmigración en la arena política, ni las causas ni las consecuencias de los sentimientos antiinmigración se comprenden del todo.
En primer lugar, pese a las pruebas sobre el voto, la relación entre el apoyo a los partidos antiinmigración y las políticas efectivamente aplicadas en respuesta a la inmigración no se ha investigado de forma sistemática. Dado que, en última instancia, nos interesan las acciones y reformas emprendidas por los actores políticos, es fundamental entender qué políticas, si las hay, se ven afectadas por la inmigración y por qué. ¿Se introducirá legislación que regule el régimen migratorio? ¿Se modificarán la redistribución y la fiscalidad para impedir que los inmigrantes accedan a los bienes públicos?
En segundo lugar, la evidencia sobre las causas de los sentimientos antiinmigración es contradictoria, y se han propuesto dos hipótesis principales. La primera explicación es de naturaleza económica. Sostiene que el descontento político surge del efecto negativo de la inmigración sobre el empleo y los salarios de los autóctonos.1 Si bien esta idea es coherente con los hallazgos de Borjas (2003) y Dustmann et al. (2017), entre otros, contrasta con los resultados de Card (2001, 2005), Foged y Peri (2016) y Ottaviano y Peri (2012), quienes documentan que los inmigrantes tienen un impacto insignificante, o incluso positivo, en los ingresos de los autóctonos.
La segunda hipótesis es que la reacción de rechazo de los autóctonos tiene raíces culturales. Tanto hoy como en el pasado, un tema recurrente en el discurso de los políticos antiinmigración es que la diversidad cultural de los inmigrantes supone un obstáculo para la cohesión social y una amenaza para los valores de las comunidades de acogida (Abramitzky y Boustan 2017). Los relatos históricos y anecdóticos presentan numerosos ejemplos de oposición cultural a la inmigración (Higham 1955), pero existen escasas pruebas sistemáticas sobre la medida en que la cultura provoca directamente una reacción política y un cambio de políticas.
En un artículo reciente (Tabellini 2019), estudio, en un marco unificado, los efectos políticos y económicos de la inmigración en las ciudades estadounidenses entre 1910 y 1930, un periodo en el que la masiva llegada de inmigrantes europeos se interrumpió bruscamente por dos grandes perturbaciones: la Primera Guerra Mundial y las Leyes de Inmigración (1921 y 1924). Entre 1850 y 1915, durante la Era de la Migración Masiva, más de 30 millones de personas emigraron de Europa a Estados Unidos (Abramitzky y Boustan 2017), y la proporción de inmigrantes en la población estadounidense fue incluso superior a la actual (Figura 1). Asimismo, en aquella época, los sentimientos antiinmigración estaban muy extendidos y se defendió la introducción de restricciones migratorias por motivos tanto económicos como culturales.
Figura 1 Inmigrantes como porcentaje de la población estadounidense
Este contexto ofrece tres ventajas principales. En primer lugar, al analizar conjuntamente los resultados económicos y políticos, puedo contrastar la relación entre la inseguridad económica y las reacciones políticas de los autóctonos, y arrojar luz sobre las causas de su reacción de rechazo. En segundo lugar, dado que las ciudades eran unidades fiscales independientes y que Estados Unidos experimentó un cambio importante en su régimen de política migratoria, no solo estudio el impacto de la inmigración en las votaciones, sino que también mido sus efectos sobre las políticas efectivamente aplicadas, tanto a nivel local como nacional. Por último, a diferencia de episodios migratorios más recientes, en los que los migrantes suelen proceder de grupos culturalmente homogéneos, a comienzos del siglo XX existía una gran variedad en el trasfondo cultural de los inmigrantes (por ejemplo, en cuanto a idioma o religión). Aprovechando esa variación, puedo evaluar cómo los efectos políticos de la inmigración variaron según la distancia cultural entre inmigrantes y autóctonos.
Para aislar causalmente el impacto de la inmigración, predigo el número de inmigrantes europeos en cada década entre 1910 y 1930 basándome en las perturbaciones nacionales de la inmigración provocadas por la Primera Guerra Mundial y las Leyes de Inmigración. Estos acontecimientos fueron exógenos a las condiciones políticas y económicas locales de las ciudades estadounidenses, pero afectaron en distinta medida a los flujos migratorios procedentes de diferentes regiones emisoras.2 Dado que los inmigrantes tienden a agruparse por líneas étnicas (Card 2001), el efecto diferencial de estas perturbaciones en los distintos países europeos generó una variación significativa tanto en el número como en la composición de los inmigrantes que recibieron las ciudades estadounidenses a lo largo del tiempo.
Comienzo mi análisis estudiando los efectos políticos de la inmigración, que se resumen en la Figura 2. En ella represento la relación entre la inmigración en las ciudades estadounidenses entre 1910 y 1920 (eje x) y la probabilidad de que un miembro de la Cámara de Representantes que representaba a las ciudades de mi muestra votara a favor de la Ley de Orígenes Nacionales de 1924 (eje y), la norma que finalmente cerró la inmigración europea a Estados Unidos y que reguló la política migratoria estadounidense hasta 1965. Existe una relación positiva y estadísticamente significativa entre la inmigración y el apoyo a la legislación antiinmigrante. Estos efectos también son cuantitativamente considerables: un aumento de 5 puntos porcentuales en la inmigración se asocia con una probabilidad de votar a favor de la Ley de Orígenes Nacionales 10 puntos porcentuales mayor.
Figura 2 Inmigración y apoyo a la Ley de Orígenes Nacionales
Los efectos políticos de la inmigración también se dejaron sentir a nivel local, ya que las ciudades redujeron la provisión de bienes públicos y los impuestos como respuesta a la llegada de inmigrantes. La reducción de los ingresos fiscales se debió por completo a la disminución de los tipos impositivos, mientras que la caída del gasto público se concentró en categorías en las que es probable que las interacciones interétnicas sean más relevantes (por ejemplo, la educación), o en las que los inmigrantes más pobres recibirían mayores transferencias implícitas (por ejemplo, el alcantarillado y la recogida de basuras). Estos hallazgos sugieren que los inmigrantes eran percibidos como una carga fiscal y que la inmigración redujo la demanda de redistribución por parte de los autóctonos.
Tras establecer que la inmigración provocó reacciones políticas hostiles y generalizadas, investigo las posibles causas de la reacción de rechazo de los autóctonos. Parto de la primera posibilidad, y quizá la más obvia: que los inmigrantes hubieran incrementado la competencia en el mercado laboral, reduciendo los salarios y aumentando el desempleo entre los trabajadores autóctonos. Sin embargo, en contraste con esta idea, constato que la inmigración tuvo un efecto positivo y considerable sobre el empleo de los autóctonos. Mis estimaciones sugieren que un aumento de 5 puntos porcentuales en la inmigración elevó el empleo de los autóctonos en 1,4 puntos porcentuales o, en términos relativos, un 1,6 % respecto a su nivel de 1910. La inmigración también aumentó la inversión de las empresas e indujo a los autóctonos a alejarse de las ocupaciones más expuestas a la competencia de los inmigrantes y a especializarse en empleos mejor remunerados a los que, debido a la discriminación y a las barreras lingüísticas, los inmigrantes no tenían acceso.3
Aunque la inmigración tuvo, en promedio, efectos positivos sobre el empleo y la posición ocupacional de los autóctonos, es posible que las pérdidas económicas se concentraran en algunos grupos específicos capaces de movilizarse y reclamar protección política. Aunque no puedo descartar por completo esta interpretación, aporto pruebas en su contra. En primer lugar, documento que, incluso en las ocupaciones muy expuestas a la competencia de los inmigrantes, los autóctonos no tenían más probabilidades de estar desempleados. En segundo lugar, muestro que, en el sector más expuesto a la inmigración (es decir, la industria manufacturera), no hubo una reducción significativa de los salarios. Dado que, en aquella época, los salarios de la industria manufacturera no se registraban por separado para los trabajadores inmigrantes y autóctonos, y que los nuevos inmigrantes eran sustitutos más cercanos de los migrantes llegados previamente que de los autóctonos, estos hallazgos pueden interpretarse como una cota inferior del efecto negativo (si lo hubo) de la inmigración sobre los ingresos de los autóctonos.
En la última parte del artículo, busco conciliar los efectos económicos y políticos, aparentemente contrapuestos, de la inmigración. Muestro que las reacciones políticas de los autóctonos aumentaban con la distancia cultural entre inmigrantes y autóctonos, lo que sugiere que la reacción de rechazo tenía, al menos en parte, fundamentos no económicos. Utilizo como indicador de la diversidad cultural tanto la religión como la distancia lingüística. El uso de la religión se justifica, en particular, por la evidencia histórica de que, en aquella época, el nativismo solía derivar en antisemitismo y anticatolicismo (Higham 1955). Constato que, aunque los inmigrantes de países protestantes y no protestantes tuvieron efectos similares sobre el empleo de los autóctonos, provocaron reacciones políticas muy diferentes. Solo los inmigrantes católicos y judíos, pero no los protestantes, llevaron a las ciudades a limitar la redistribución, favorecieron la elección de legisladores más conservadores e incrementaron el apoyo a la Ley de Orígenes Nacionales de 1924.
Los hallazgos de mi artículo pueden ser específicos de las condiciones que prevalecían en las ciudades estadounidenses a principios del siglo XX, pero podrían ser pertinentes para el diseño de políticas destinadas a abordar los efectos económicos y políticos de la inmigración en la actualidad. Mis resultados sugieren que, cuando las diferencias culturales entre inmigrantes y autóctonos son grandes, puede surgir oposición a la inmigración incluso si los inmigrantes son, en promedio, económicamente beneficiosos y no generan perdedores económicos entre los autóctonos. Por tanto, favorecer la asimilación cultural de los inmigrantes y reducir la distancia (real o percibida) entre inmigrantes y autóctonos puede ser al menos tan importante como abordar los posibles efectos económicos de la inmigración.



