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En 2014, Areeb Majeed, un joven de Kalyan, Maharashtra, intentó viajar a Siria con otras tres personas para unirse al llamado Estado Islámico. Su radicalización a favor del ISIS se produjo en línea, a través de las redes sociales. Al parecer, una mujer de Filipinas llamada Karen Aisha Hamidon desempeñó un papel crucial al coquetear con Areeb y urdir una extraña mezcla de sexo, yihad y Tierra Prometida para empujarlo a emprender el viaje.
La fama del llamado Estado Islámico (ISIS), que ha captado la atención mundial como el grupo terrorista islamista más brutal de nuestros tiempos, no habría sido posible sin internet ni el alcance de la conectividad de banda ancha, incluso en ciudades y pueblos arrasados por los bombardeos. Que el ISIS lograra acaparar las portadas de los principales medios de comunicación internacionales fue algo deliberado.
El grupo terrorista necesitaba a los medios de comunicación de masas para contar una historia, del mismo modo que estos necesitaban la hábil estrategia digital del ISIS para vendernos su relato.
El éxito del ISIS al convertir internet en un arma, mediante vídeos producidos con gran sofisticación, revistas de gran calidad y otros recursos, ha añadido una nueva dimensión a la guerra global contra el terrorismo; una dimensión que apenas comienza a incorporarse a los relatos del enfoque antiterrorista actual.
Qué dicen las investigaciones sobre la radicalización digital
El primer uso de internet como importante herramienta de propaganda para mostrar abierta y desafiantemente la violencia yihadista lo llevó a cabo Al Shabaab, un grupo terrorista de África Oriental vinculado a Al Qaeda, cuando narró en directo por Twitter su ataque al centro comercial Westgate, en Nairobi, Kenia, en 2013. Aunque internet ya se había utilizado antes con fines propagandísticos, los grupos terroristas, al igual que la ciudadanía, ahora tenían acceso a plataformas abiertas de redes sociales como cualquier otra persona, y los posibles yihadistas podían acceder sin filtros a los propios grupos yihadistas.
Según las investigadoras Mia Bloom y Chelsea Daymon, de la Universidad Estatal de Georgia, «no deben pasarse por alto el uso de las nuevas tecnologías ni sus riesgos, especialmente teniendo en cuenta que las plataformas cifradas se han convertido en un medio principal para la radicalización, el reclutamiento y la planificación». En su artículo de investigación titulado «Assessing the Future Threat: ISIS’s Virtual Caliphate» (Evaluación de la amenaza futura: el califato virtual del ISIS), Bloom y Daymon se suman a otros investigadores, como Charlie Winter y Haroro J Ingram, del Centro Internacional para la Lucha contra el Terrorismo (ICCT), en La Haya, al destacar cómo el ISIS ha cambiado deliberadamente y con una ejecución impecable la forma en que puede utilizarse internet para la radicalización.
Aplicaciones cifradas
Aunque Bloom y Daymon citan como ejemplo Telegram, una aplicación de mensajería cifrada con sede en Rusia que, de forma cuestionable, alcanzó popularidad mundial al convertirse en la opción preferida para las actividades afines al ISIS, los argumentos reforzados por investigaciones como esta exigen que se dé al ámbito digital la misma prioridad en las estrategias antiterroristas que al poder duro convencional en todo tipo de escenarios de conflicto.
Desde la perspectiva de la India, los mecanismos para vigilar y contrarrestar las amenazas que propagan la radicalización son hoy insuficientes y están bastante rezagados con respecto al ritmo al que se utiliza internet con fines ilícitos. Muchos de los casos de personas indias afines al ISIS investigados por las autoridades indias fueron señalados inicialmente por organismos asociados extranjeros; solo entonces entraron en acción los mecanismos indios de ciberseguridad.
Cortes de internet
La población de Cachemira está familiarizada con los cortes de internet que impone el Estado en sus intentos por impedir que los lanzadores de piedras y otros infractores, incluidos los terroristas transfronterizos, se organicen en grupos para enfrentarse a las fuerzas de seguridad, así como por controlar el flujo de información en el valle. Hoy, incluso una sola persona con acceso a plataformas de comunicación en línea tiene el poder de alterar los relatos, cuando no las operaciones.
Como ocurre a menudo hoy en día, los relatos pueden resultar más poderosos para el tejido sociopolítico que un acto de violencia real.
Para poner lo anterior en perspectiva, cabe mencionar algunos ejemplos. En febrero de principios de este año, un «yihadista independiente» llamado Eisa Fazili, quien supuestamente se había separado del grupo Ghazwat al-Hind, mató a un policía en Srinagar, Cachemira. Para promocionar su propio nombre en el valle y abrirse paso entre los grupos militantes locales, Fazili aprovechó la ocasión para asociarse con el nombre terrorista más conocido del mundo: el ISIS.
La creación de relatos
Se puso en contacto en línea con Amaq News, del ISIS, posiblemente a través de Telegram, donde proliferan los grupos afines al ISIS, y afirmó que había matado al policía en nombre del ISIS, promoviendo el relato de que se trataba del primer ataque del ISIS en suelo indio. Los canales mediáticos del ISIS lo difundieron como un ataque del ISIS y, en cuestión de horas, volvió a crearse el relato de un «ISIS en Cachemira».
Internet ofrece una inmensa plataforma de comunicación que es prácticamente imposible vigilar por completo. Una mujer en Filipinas tiene los medios y la capacidad para reconocer y explotar los temores o las inseguridades de una persona hasta convencerla de viajar a otro país en nombre de la yihad.
Esta tendencia no es un caso aislado: las organizaciones terroristas la han institucionalizado como método, lo que eleva considerablemente la dificultad de contrarrestarla en las estrategias a largo plazo de Estados como la India, que afrontan problemas como el de Cachemira.
Lecciones del ISIS: uso de internet para combatir el terrorismo, Kabir Taneja, Observer Research Foundation

