Cómo puede ayudar el mundo a las personas refugiadas rohinyás

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Bastó con tirar de una camisa. Una historia que vuelve a repetirse.

Zulfiquar Ali Haider, uno de los ingenieros especializados en agua con más experiencia de Oxfam, recibió hace poco la visita de un hombre de unos sesenta años que vivía en los campos rohinyás de Bangladesh. Para sorpresa de Haider, el refugiado lo reconoció como el hombre que le había ayudado a salvar la vida al proporcionarle agua de emergencia dos décadas antes.

Fue un reencuentro teñido de tristeza. Por tercera vez en 40 años, el mundo ve cómo obligan a los rohinyás a huir tras ser atacados y expulsados de sus hogares. Trabajadores humanitarios como Haider vuelven a ser desplegados. La comunidad internacional vuelve a observar, tras haber fracasado colectivamente en hallar una solución duradera a la opresión que los rohinyás sufren desde hace décadas en su propio país.

Siento personalmente una sensación de déjà vu: me trae recuerdos dolorosos del genocidio y el éxodo de Ruanda que tuvieron lugar a las puertas de mi casa, en África Oriental, en 1994.

Más de 620.000 personas refugiadas han llegado a Bangladesh en los últimos meses, a un ritmo que no se veía desde la crisis de Ruanda. Es la emergencia de refugiados que crece más rápido en el mundo hoy. En una época de vergonzante intolerancia hacia quienes buscan refugio, Bangladesh, en un gesto extraordinario, ha mantenido abiertas sus fronteras para ofrecerles un refugio seguro.

Una crisis de esta magnitud desbordaría la capacidad de cualquier gobierno para proporcionar ayuda, y más aún la de un país pobre donde una de cada cuatro personas vive en la pobreza y que ha sufrido un año de inundaciones devastadoras. Bangladesh y las organizaciones de ayuda tienen dificultades para prestar suficiente apoyo a la enorme cantidad de personas necesitadas.

Las condiciones en los campos superpoblados son lamentablemente inadecuadas y las personas refugiadas —especialmente las mujeres y los niños— corren riesgo de sufrir enfermedades y explotación. El agua está contaminada, las letrinas se desbordan y hay denuncias de trata y abusos contra personas vulnerables.

Niños refugiados rohinyás en el campo de refugiados de Kutupalong Image: REUTERS/Marko Djurica


La comunidad internacional debe cubrir urgentemente el déficit de financiación de 280 millones de dólares necesario para proporcionar alimentos, agua y otros artículos esenciales de emergencia, y para mantener a salvo a las personas. También debe colaborar con el Gobierno de Bangladesh en la elaboración de un plan a más largo plazo que apoye tanto a las personas refugiadas como a las comunidades locales de esta zona desfavorecida.

Sin embargo, la ayuda de emergencia solo puede ser un parche temporal. Para poner fin al sufrimiento de los rohinyás, es necesario abordar la violencia y la discriminación persistentes que han desembocado en una crisis y han obligado a cientos de miles de personas a huir para salvar la vida.

Cada vez hay más pruebas de que se han cometido impunemente crímenes de lesa humanidad, incluidas masacres, violaciones sistemáticas e incendios de aldeas rohinyás. La ONU ha descrito la situación como «un ejemplo de manual de limpieza étnica». A los rohinyás se les niegan la ciudadanía y derechos básicos, como la libertad de viajar y trabajar; Amnistía lo resumió como «apartheid patrocinado por el Estado».

Los rohinyás son el mayor grupo de personas apátridas del mundo. Oxfam habló con personas refugiadas en Bangladesh que habían huido de Myanmar tres veces desde la década de 1970. Aunque las condiciones en los campos de refugiados son lamentablemente inadecuadas y muchas personas dijeron que no se sentían seguras, dejaron claro que querrían regresar, pero solo si se les garantizan protección e igualdad de derechos.

Muchas mujeres, profundamente traumatizadas por lo que vivieron, dijeron que preferirían suicidarse antes que ser devueltas por la fuerza. «Si nos obligan a volver, nos prenderemos fuego», dijo Sanjida Sajjad*. Younis Kadir*, de 60 años, añadió: «El Gobierno ha prometido tantas veces a Bangladesh que los rohinyás podrán vivir en paz. No podemos creerles, después de todo lo que ha pasado».

Me indigna que la comunidad internacional no haya encontrado una solución permanente a la difícil situación de los rohinyás. También me avergüenza que, al no alzar la voz con suficiente firmeza, nosotros, los trabajadores humanitarios, hayamos sido cómplices. Los líderes políticos internacionales siguen sin poner los derechos humanos de todas las personas —especialmente los de los rohinyás— en el centro de sus esfuerzos diplomáticos.

En agosto, una comisión encabezada por Kofi Annan instó al Gobierno a reformar las leyes que niegan la ciudadanía plena a los rohinyás. Pidió medidas para abordar las causas subyacentes del subdesarrollo crónico, la pobreza y la falta de tierras que afectan a todas las personas del estado de Rakhine. Abogó por la integración, no por la segregación.

Aung San Suu Kyi, líder democrática de Myanmar, respaldó el informe. Debe ponerse en práctica. No puede haber democracia en Myanmar mientras existan discriminación y violaciones graves de los derechos humanos. ¿Qué clase de democracia florece en suelos que han presenciado tanta violencia?


Hoy nos enfrentamos a un nuevo estallido de la crisis rohinyá, esta vez a una escala sin precedentes. Nuestros líderes internacionales deben actuar para evitar que se repitan los mismos patrones, ejerciendo una firme presión diplomática que garantice la plena protección de los derechos de los rohinyás y de todas las personas en Myanmar. Debemos exigir justicia y rendición de cuentas por las atrocidades cometidas contra ellos.

A pesar de todo, las personas refugiadas rohinyás nos repitieron una petición clara y digna: igualdad de derechos para todos. Como ciudadanos de pleno derecho. Ahora hay que responder a su llamado.

Nota: * Se han cambiado los nombres para proteger la privacidad

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