Cómo una breve tregua en Afganistán podría señalar el camino hacia una paz más duradera

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Durante los tres días de la festividad del Eid al-Fitr, Afganistán fue testigo de un alto el fuego histórico entre las principales partes de su conflicto, que dura desde hace décadas y es cada vez más sangriento.

La drástica caída de la violencia devolvió por un breve tiempo una sensación de normalidad a los afganos agotados por la guerra y dio lugar a celebraciones en todo el país. La tregua demostró que existe un fuerte respaldo interno a la paz. También reveló que la cadena de mando de las fuerzas de seguridad afganas y de los talibanes era coherente: los comandantes de las unidades, aunque a menudo sorprendidos por la orden de dejar de combatir, la acataron en su inmensa mayoría.

Todas las partes deberían aprovechar esta oportunidad para avanzar hacia la paz.

El presidente Ashraf Ghani ya ha ofrecido mantener conversaciones incondicionales con los talibanes. El Gobierno de EE. UU., que, según informaciones, está ahora dispuesto a hablar directamente con los líderes insurgentes, debería facultar a un enviado para hacerlo y dejar claro, incluso públicamente, que la retirada de las fuerzas estadounidenses de Afganistán estaría sobre la mesa si los insurgentes y el Gobierno afgano firmaran un acuerdo de paz ampliamente aceptable para la sociedad afgana. Los talibanes deberían entablar conversaciones de paz con el Gobierno del presidente Ghani.

La tregua del Eid redujo drásticamente el derramamiento de sangre. Hubo dos excepciones notables: ambos fueron ataques cuya autoría reivindicó la pequeña rama del Estado Islámico (ISIS) en Afganistán. Sin embargo, esos ataques apenas lograron empañar las celebraciones. Combatientes del Gobierno y de los talibanes se abrazaron, se hicieron selfis, cantaron y bailaron juntos e intercambiaron flores y regalos. Al reconciliarse, aunque solo temporalmente, a menudo se vieron rodeados por multitudes de civiles que vitoreaban y ondeaban banderas. Decenas de miles de afganos cruzaron las líneas de combate para visitar a amigos y familiares.

La coherencia de ambas partes durante la distensión, especialmente en una insurgencia que a menudo se presenta como fracturada, augura buenas perspectivas para futuras conversaciones de paz.

La alegría fue moderada en el norte y en otros lugares donde el temor a los talibanes es mayor. Pero en la mayor parte del país, sobre todo en las zonas que sufren la violencia más grave, se vieron escenas de alegría y optimismo desconocidas desde hacía años.

La coherencia de ambas partes durante la distensión, especialmente en una insurgencia que a menudo se presenta como fracturada, augura buenas perspectivas para futuras conversaciones de paz.

Los talibanes reanudaron los combates después del Eid, pese a que el presidente Ghani ofreció prorrogar el alto el fuego. Pero, aunque fue breve, la tregua dejó lecciones para futuros esfuerzos de paz.

La explosión de júbilo mostró cuán profundo es el anhelo de la mayoría de los afganos por poner fin a la guerra. Se oyó a soldados rasos y comandantes del Gobierno y de los talibanes expresar su agradecimiento por el respiro en los combates. Su convivencia contribuyó a desmentir la idea de que la guerra está definida por una división ideológica insalvable. Las deliberaciones internas de los talibanes sobre la tregua revelaron que dentro del propio movimiento hay una corriente favorable a la paz y al compromiso.

Y, lo que es más importante, el alto el fuego demostró que los líderes de ambas partes pueden hacer cumplir una orden. Aunque ninguno preparó a sus fuerzas para la tregua, ambos —el Gobierno afgano y las fuerzas estadounidenses y otras fuerzas internacionales, por un lado, y los talibanes, por otro— mostraron una disciplina notable. Ambos se abstuvieron de aprovechar un momento de vulnerabilidad para lanzar ataques sorpresa.

Por supuesto, una tregua de tres días durante el Eid queda muy lejos de un acuerdo político que entrañe importantes concesiones a los enemigos. Aun así, la coherencia de ambas partes durante la distensión, especialmente en una insurgencia que a menudo se presenta como fracturada, augura buenas perspectivas para futuras conversaciones de paz.

El avance hacia esas conversaciones lleva mucho tiempo estancado. Los sucesivos gobiernos afganos han expresado su disposición a hablar con los líderes insurgentes. Más recientemente, el presidente Ghani se ofreció a hacerlo sin condiciones previas: un paso audaz, dado que algunos de sus principales funcionarios habían calificado hasta hace poco a los talibanes de grupo heterogéneo de terroristas.

Sin embargo, los talibanes siempre han insistido en mantener conversaciones directas con EE. UU., al que consideran su principal enemigo.

En el pasado, EE. UU. ha rechazado la idea de ser parte del conflicto, pues considera que los afganos deben resolver sus diferencias por sí mismos, y se ha negado a debatir la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán. Pero esa postura parece haber evolucionado. Las declaraciones de funcionarios estadounidenses, las informaciones de los medios y las propias investigaciones del Crisis Group sugieren que Washington está dispuesto a dar el importante y bienvenido paso de hablar directamente con los talibanes y poner sobre la mesa la cuestión de la retirada de las tropas estadounidenses.

Todas las partes deberían aprovechar el impulso generado por el alto el fuego del Eid y por estos últimos acontecimientos:

  • EE. UU. debería abrir un canal formal con los líderes talibanes. Washington podría facultar a un enviado para hablar directamente con sus homólogos en la oficina política de los talibanes en Doha, así como en Kabul y en las capitales de la región. EE. UU. también debería poner explícitamente sobre la mesa la retirada de sus fuerzas y de otras fuerzas internacionales, incluso en declaraciones públicas. Sin embargo, debería dejar claro que un acuerdo sobre la naturaleza y el calendario de esa retirada formaría parte de un acuerdo entre los talibanes y el Gobierno afgano, o estaría supeditado a él, y que este tendría que ser ampliamente aceptable para la sociedad afgana.

  • Los líderes talibanes deberían aceptar mantener conversaciones con el Gobierno afgano. Si el alto el fuego puso de manifiesto la cohesión de los talibanes, también mostró que el presidente Ghani controla las fuerzas afganas contra las que los talibanes combaten principalmente en el día a día y que sufren muchas más bajas que sus homólogas estadounidenses. Los líderes talibanes también tendrían que reconocer que cualquier acuerdo sobre la retirada de las fuerzas internacionales depende de un acuerdo de paz más amplio, que probablemente incluiría fórmulas nacionales y locales de reparto del poder, una reforma del sector de la seguridad y un proceso para reescribir la Constitución afgana.

  • Todas las partes podrían adoptar medidas para fomentar la confianza, como nuevos altos el fuego, intercambios de prisioneros o una mayor transparencia en la coordinación entre Kabul y los insurgentes para prestar servicios básicos en las zonas controladas por los talibanes. Todas las partes deberían mantener el tono más mesurado que adoptaron en sus declaraciones durante el alto el fuego.

La tregua del Eid ha mostrado a los afganos, incluidos los combatientes, agotados por la guerra, lo que podría traer la paz. Se suma a otras señales de avance: primero, la oferta del presidente Ghani de mantener conversaciones incondicionales con los talibanes; después, las señales de que Washington está dispuesto a hablar directamente con sus líderes y abordar la cuestión de la retirada de las tropas.

Las conversaciones directas entre EE. UU. y los talibanes no son una panacea. Puede que los talibanes sigan rechazando el diálogo con Kabul, al menos al principio, y, aunque acepten conversaciones entre afganos, estas solo marcarían el comienzo de un camino largo y difícil hacia un acuerdo aceptable para todas las principales facciones afganas y para la sociedad afgana en general. Pero que EE. UU. hable directamente con los talibanes es la mejor opción para llegar a esas negociaciones y poner en marcha un proceso de paz muy esperado.

Sobre la base del efímero alto el fuego en Afganistán, el International Crisis Group

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