En el mundo digital, cualquier acción que realizamos genera datos, ya sea navegar por internet, responder correos electrónicos o intercambiar mensajes con nuestros amigos. Convertida en ondas de radio, esta información puede viajar por el espacio casi sin esfuerzo en una fracción de segundo. Los datos están a nuestro alrededor, ocupando de forma invisible el espacio entre nosotros y otros objetos del entorno construido. Mis colegas y yo realizamos un estudio para comprender cómo la presencia de todos estos datos altera nuestra forma de entender los espacios personales y públicos.
Como estudio de caso, instalamos una red de área local inalámbrica (WLAN) abierta en la Plaza de Los Palos Grandes, en Caracas, para que las personas pudieran conectarse gratuitamente durante un periodo limitado. En total, 123 personas se conectaron a nuestra WLAN con sus dispositivos y enviaron y recibieron paquetes de información desde y hacia servidores de todo el mundo.
A partir de los paquetes, extrajimos la ubicación de los servidores a los que se conectó cada usuario. En la imagen de abajo, trazamos una línea por cada conexión establecida entre la persona y los servidores. Esto muestra cómo los datos generados por un correo electrónico dirigido a un amigo íntimo, redactado en el espacio íntimo entre tú y tu dispositivo, pueden llegar al otro lado del mundo.
Así funciona: el teléfono inteligente convierte tu correo electrónico en ondas de radio y envía la información a un enrutador Wi-Fi. Después, esta se transmite a los servidores de tu proveedor de correo electrónico y, luego, a través del Protocolo de control de transmisión (TCP) de internet, que controla el movimiento de los datos en la web, llega a los servidores del otro proveedor y a la bandeja de entrada de tu amigo.
El espacio cambiante
La gente suele pensar que la comunicación personal se origina en la dimensión íntima de nuestro espacio personal. Consideramos que el espacio inmediatamente a nuestro alrededor nos pertenece y es personal: es donde pensamos, formulamos ideas y hablamos con los demás. Este estudio nos dio la oportunidad de considerar cómo está cambiando la forma de nuestro espacio personal mientras vivimos nuestra vida digital en espacios públicos.
El término «espacio personal» ha tenido distintos significados desde que arquitectos, urbanistas, sociólogos y geógrafos comenzaron a estudiarlo. En la década de 1960, se concebía como las distancias que mantenemos con los demás para controlar nuestras interacciones con ellos. El tamaño de esta aura invisible podía variar según los valores culturales, la densidad de personas a tu alrededor y otras circunstancias.
Algunos académicos han sostenido que, en la era digital, nuestra «burbuja personal» no es solo física: también es virtual. Afirman que tu burbuja personal es una membrana que filtra los datos que envías y la información que recibes. Es la suma de todas las configuraciones y acuerdos de distintas plataformas digitales —incluidas las aplicaciones, las redes sociales y el correo electrónico—, así como del propio teléfono, que te ayudan a gestionar tus datos y comunicaciones personales, grupales y públicas.
Pero nuestros resultados muestran que, en el ámbito digital, el espacio personal no es como una burbuja que rodea a cada persona y ayuda a definir la naturaleza de sus encuentros, relaciones, intimidad o invasiones. De hecho, se parece más a una red global de conexiones que llega a todas partes y se origina en cada persona cuando envía o recibe un paquete de datos.
Nuestras imágenes muestran cómo el espacio personal se dispersa por la atmósfera y se materializa en el dispositivo de otra persona en cuestión de segundos, dejando rastros en una constelación dispersa de servidores. Por eso, el espacio personal se ha vuelto dinámico: cambia en tiempo real con nuestras interacciones digitales.
Dada nuestra sensibilidad ante las invasiones de nuestro espacio personal físico, sorprende que muchos ni siquiera seamos conscientes del alcance de nuestro espacio personal digital, disperso entre servidores y otros dispositivos de todo el mundo. Al visualizar el enorme tamaño y la forma dispersa de nuestro espacio personal digital, las personas protegerán más sus datos y se interesarán más por el nivel de cifrado, la privacidad y los permisos concedidos a cada aplicación que usan.
El espacio personal ya no es el espacio inmediato que nos rodea y se mueve con nosotros. Es más bien algo abstracto, distribuido por todo el mundo y posiblemente presente en todas partes en cualquier momento. La próxima vez que miremos el teléfono para enviar un mensaje de texto, deberíamos imaginar el alcance real de nuestro espacio, que llega al otro lado del planeta en segundos y vuelve a nosotros. Nuestro espacio personal ya no es una burbuja: es una red global.


