A finales de mayo de 1940, Vic Viner era uno de los 338.000 soldados aliados en las playas cercanas al puerto francés de Dunkerque, a la espera de ser rescatados mientras se acercaba el Ejército alemán y la Luftwaffe sobrevolaba la zona.
A los 99 años, Viner se reunió con Christopher Nolan, guionista y director de una nueva película sobre la evacuación, e intentó transmitirle al cineasta cómo era estar atrapado en aquellas playas. Peroinsistió: «No puedes contarle a nadie cómo fue. Tenías que haber estado allí».
Nolan y sus colaboradores hacen sin duda todo lo posible por recrear para los espectadores experiencias como la de Viner. La película «Dunkerque» presenta una sucesión de horrores: la terrible vulnerabilidad de ser presa de un bombardero en picado; la impotencia de ver cómo un barco se escora y se hunde bajo las olas; la amarga necesidad de apartar a hombres desesperados de un bote salvavidas sobrecargado.
En una escena, la película sigue a la tripulación de una pequeña embarcación civil que recoge supervivientes del mar frente a Dunkerque. Uno de ellos, un marinero de la Marina Real cuyo barco ha sido torpedeado por un submarino alemán, permanece acurrucado en la embarcación, sin responder.
«¿Es un cobarde?», pregunta uno de los tripulantes al patrón de la embarcación, interpretado por Mark Rylance.
«Está conmocionado por los bombardeos, George», responde el capitán. «No es él mismo. Puede que nunca vuelva a serlo». Es un anticipo de la realidad de muchos de los que regresaron, cambiados por Dunkerque.
Preservar las voces de los supervivientes
Documentar la realidad de aquellos supervivientes conmocionados por los bombardeos era el propósito del Imperial War Museum de Londres cuando grabó entrevistas a decenas de veteranos en la década de 1990 y a principios de la de 2000. Esas entrevistas muestran que el horror acompañó a muchos de ellos mucho después de que escaparan de la trampa mortal entre el Ejército alemán, la Luftwaffe y el mar.
Como historiador de la Segunda Guerra Mundial, he comprobado que esas cintas —muchas disponibles gratuitamente paraescuchar— respaldan las representaciones de la angustia que ofrece la película. Pero, más aún, aportan la dimensión del tiempo y los prolongados ecos de esa angustia que la película no puede captar.
En sugrabaciónde 1999, Will Harvey cuenta cómo la metralla de una bomba alemana le atravesó las piernas mientras esperaba su oportunidad de subir a un barco. Aturdido por el dolor y la confusión, creyó por error que había perdido las piernas. «Perdiste un poco el sentido».
Se le quiebra la voz, pero lo disimula con una risa fuera de lugar. Estas reacciones son habituales en las cintas, junto con una evidente contención y una tendencia general a eludir los detalles más sombríos.
Al preguntarle por su recuperación, Harvey dice: «A veces me ponía agresivo con los muchachos, ya sabes. Intentaba controlarlo. Me ponía muy agresivo».
Intentó volver a su unidad, pero, tras sufrir una serie de crisis a partir de entonces, pronto fue dado de baja del Ejército. Después intentó alistarse de nuevo en la Infantería de Marina, pero no lo consiguió.
A los 21 años, Al Tyers se encontró dirigiendo a los hombres hacia los barcos que aguardaban en Dunkerque. Tenía órdenes de dar prioridad al Ejército y a los refugiados varones en edad de combatir frente a los muchos civiles que también intentaban escapar de los alemanes que se acercaban. «Metían en un barco a tantos como podían… te apiñaban como al ganado», cuenta. Pero entonces, «hacían sonar aquella sirena, aquella sirena estridente», justo antes de que los bombarderos en picado alemanes pasaran sobre las copas de los árboles apuntando a los barcos que zarpaban. La película recrea momentos así con un efecto que pone los pelos de punta.
«Cargaban un barco —no sé, a mil personas o así…— y se alejaba media milla. Y lo siguiente que veías era cómo se hundía». Tyers no logra ocultar la emoción en la voz al recordarlo; como otros entrevistados, se aparta rápidamente de aquella escena terrible.
De vuelta en Gran Bretaña, Tyers sufrió una claustrofobia debilitante. Pasó tres meses en un hospital psiquiátrico, pero incluso después, los noticiarios con escenas de guerra lo hacían salir corriendo al aire libre. En casa, no podía sentarse hombro con hombro con otras personas durante las comidas.
«No sé si lo entendían o no».
Otras voces del archivohablan de las dificultades para reintegrarse a la vida civil. William Machin, Charles Mandeville y Harry Garrett cuentan que los acosaban las pesadillas. Ernest Leggett describe cómo, décadas después, todavía veía en sueños a refugiados franceses y belgas destrozados por los bombarderos y cazas alemanes.
El tratamiento de los «afectados»
Hay abundantes pruebas de que los supervivientes de Dunkerque fueron internados en instituciones. Los médicos documentaron que muchos de los evacuados que abarrotaban los hospitales de Gran Bretaña «padecían», en palabras de un psiquiatra, «histeria aguda, depresión reactiva, pérdida funcional de la memoria o de la capacidad para usar las extremidades». Pero el Gobierno en tiempos de guerra no llevaba la cuenta de las cifras. No le convenía informar al respecto. Tampoco registraba los suicidios de veteranos, una epidemia entre los combatientes de hoy. Pero hay pruebas de ellos.
Los suicidios en las playas de Dunkerque tampoco se contabilizaron, aunque algunos están documentados. La escena de Christopher Nolan en la que un soldado avanza hacia las olas, aparentemente con la intención de «volver a casa a pie», se basa en más de un caso real. Muchos otros se alejaron, aturdidos, hacia destinos desconocidos. Otros se pegaron un tiro.
También hay registros oficiales de la ansiedad persistente y a menudo debilitante que sufrían las tripulaciones con base en Dover, que afrontaron repetidos cruces del canal con los evacuados. Un memorandosecreto redactado dos meses después informó de un aumento de los problemas de ansiedad: más de uno de cada siete marineros de la base estaba afectado.
Recuerdos imborrables
Para aquellos evacuados, la transición posterior a la vida civil fue difícil. «Empecé a tener problemas psicológicos, ya sabes… Casi me desmayaba de vez en cuando. … De repente, te dejan al borde de un precipicio… Te vuelves loco», cuenta Reg Dance en su cinta de 1999. «Tardó muchísimo en pasar. Pero al final pasó; de lo contrario, no estaría aquí».
Fred Walton logró salir de la playa, pero bombardearon el vapor de ruedas en el que viajaba mientras él estaba en la cubierta superior. A un hombre que estaba cerca le volaron las dos piernas. El hombre que estaba junto a Walton fue alcanzado por la metralla y, presa del pánico, estuvo a punto de saltar al mar. Walton tuvo que sujetarlo contra el suelo.
«¿Cómo se olvidan cosas así?», preguntó a su entrevistador del Imperial War Museum. «No creo que uno pueda volver a ser el mismo, ¿verdad?». Se interrumpe con otra de aquellas risas incómodas.
Cuando entrevistaron a Walton en una cinta de 2008, todavía había 4.000 soldados británicos en Irak.
«Está volviendo a pasar, ¿verdad?», dice Walton. «¿Los muchachos que están regresando ahora?»

