David Miliband, director ejecutivo y presidente del Comité Internacional de Rescate (IRC), pide una acción internacional urgente para proteger a los refugiados.
El coronavirus es una amenaza inminente para los 70 millones de desplazados del mundo.
Los trabajadores de primera línea con experiencia en el ébola son clave para contener la pandemia.
A medida que empiezan a aumentar los casos de COVID-19 entre las poblaciones más vulnerables del mundo —las personas pobres y desplazadas, y quienes viven en campamentos de refugiados abarrotados—, se agota el tiempo para evitar que la pandemia desborde algunas zonas del mundo en desarrollo.
Hay más de 70 millones de desplazados en todo el mundo, desde Siria hasta Afganistán, y desde África hasta Bangladesh. Más de tres cuartas partes de los refugiados viven en países en desarrollo. Viven hacinados, con poco acceso al jabón y al agua limpia; pocos tienen acceso a atención sanitaria adecuada.
Dirigido por David Miliband, el Comité Internacional de Rescate (IRC) trabaja sobre el terreno para mejorar la salud pública e impedir que la pandemia arraigue. El objetivo es la prevención, ya sea mediante la instalación de puestos para lavarse las manos, centros de triaje o unidades de aislamiento. Sin una acción internacional inmediata para apoyar al personal sanitario de primera línea, la consecuencia será, como dice Miliband, «muerte a una escala absolutamente espantosa».

En esta entrevista, el director ejecutivo y presidente del IRC habla de la creciente amenaza de la COVID-19 para estas comunidades de alto riesgo, de las medidas urgentes necesarias para evitar una catástrofe humanitaria y de la respuesta internacional coordinada, que quizá ya llegue demasiado tarde.
¿Qué hace que las comunidades de refugiados y desplazados sean tan vulnerables al coronavirus?
Si te parece realmente aterrador afrontar la posibilidad de la COVID-19 en un país industrializado avanzado —si te preocupan los respiradores en la ciudad de Nueva York o el sistema sanitario de Italia—, imagina cómo sería enfrentarse a un virus en un lugar donde no hay agua corriente ni un sistema sanitario adecuado, y donde la densidad de población no es de solo 25.000 personas por milla cuadrada, como en la ciudad de Nueva York, sino de entre 40.000 y 70.000 personas por kilómetro cuadrado, hacinadas en Cox's Bazar, Bangladesh.
En el IRC nos preocupa aprovechar el tiempo que tenemos en regiones de África, Oriente Medio y Asia meridional —donde sabemos que la enfermedad aún no ha golpeado con toda su fuerza— para llevar a cabo labores de prevención. Porque si no hacemos bien la prevención, no hay un sistema sanitario que pueda atender a la gente. Y habrá muerte a una escala absolutamente espantosa.
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¿Tiene una idea de cuánto tiempo tenemos?
Ahora sabemos que se están registrando casos de la enfermedad en los principales focos de conflicto del mundo. Se están registrando en Siria, están aumentando en Afganistán y se están detectando en Somalia. Vemos que en las zonas de conflicto del mundo —que, en su mayoría, tienen los peores sistemas sanitarios y entrañan el mayor peligro para la salud pública— ya se están registrando casos de la enfermedad. Así que hablamos de cuestión de semanas para que, si no se controla, esta enfermedad se propague sin control.
Por supuesto, los científicos todavía no han determinado por completo los detalles de la epidemiología ni cómo influyen el clima y otros factores, pero nuestro mensaje es urgente y sencillo: además de centrarnos en las necesidades reales de los países industrializados avanzados, debemos combatir esta enfermedad antes de que se extienda entre las comunidades pobres y desplazadas de todo el mundo, porque es una enfermedad propia de un mundo interconectado y debemos hacerle frente como tal.
La ONU pide 2.000 millones de dólares en ayuda humanitaria de emergencia, pero, mientras los países ricos se preparan para afrontar esta recesión mundial, ¿de dónde saldrá el dinero?
Bueno, en las últimas semanas hemos descubierto que el dinero es algo que no escasea, porque cuando los gobiernos deciden abrir el grifo para hacer frente a una crisis, pueden encontrar dinero. La tragedia es que no se está gastando de manera equitativa ni en los países donde la enfermedad podría propagarse sin control. Y aunque es acertado que la ONU intente recaudar 2.000 millones de dólares —principalmente para sus propios servicios—, solo 100 millones de esa suma se destinan a las ONG que tienen al personal en primera línea.
Mi llamamiento a los gobiernos de todo el mundo, pero también a los particulares, las empresas y las fundaciones, es que recuerden que, como comunidad humana mundial, nuestra fuerza depende de la parte más débil de la cadena. Y las partes más débiles de esta cadena están en las zonas de conflicto y en los países pobres del mundo.
Así que mi llamamiento es muy sencillo: las personas en quienes se confía en primera línea son aquellas que tienen experiencia en prevención y control de infecciones y cuentan con la confianza de las comunidades locales. Hemos aprendido del ébola que la confianza es el bien más valioso, no el dinero. Y si ustedes —las empresas, las fundaciones y los gobiernos del mundo— dotan a las ONG de recursos para instalar puestos para lavarse las manos, establecer centros de triaje y crear unidades de aislamiento —incluso en zonas sin infraestructura adecuada, incluso si allí no se pudiera aislar a la gente—, podremos hacer el trabajo y salvar vidas.
¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial ante el brote de coronavirus?
¿Qué pueden hacer las personas para ayudar? ¿A qué organizaciones deberíamos dar prioridad y en qué campamentos deberíamos fijarnos?
Hay héroes en los servicios sanitarios de los países industrializados occidentales, pero también los hay entre los trabajadores de salud comunitaria que están en primera línea en algunas de las zonas más peligrosas del mundo. Y, por supuesto, las ONG están conectadas con las comunidades de base porque contratamos a nivel local. El IRC tiene 400 empleados en el noroeste de Siria y 400 en el noreste del país. Son sirios que defienden a sus propias comunidades. Mi consejo sería buscar organizaciones con raíces locales que contraten a nivel local, para que cuenten con la confianza de la población.
La gente nunca debe dejarse llevar por la idea de que esta enfermedad es tan grande que no se puede frenar su avance. Sabemos que las medidas básicas importan mucho. Si no nos lavamos las manos, la enfermedad arraiga; si no hacemos triaje, afecta a toda la familia; y si no hay un centro de aislamiento, golpea a toda una comunidad. Eso es lo que estamos combatiendo en este momento.
Dijo que en Sierra Leona solo hay un respirador. ¿Cómo puede ayudar el resto del mundo a que un país así reciba más equipos?
Quiero explicar claramente a la gente lo que significa carecer de infraestructura sanitaria. Un respirador en Sierra Leona; seis, creo, en Burkina Faso; 13 en la República Democrática del Congo. De esto se desprende una lección muy clara: la cobertura sanitaria universal está a años luz de las personas de las que hablamos, pero tampoco podemos permitir que esta enfermedad se propague sin control hasta desbordar un sistema sanitario que ya es débil.
Lo importante es la salud pública: lavarse las manos, hacer triaje, realizar pruebas y aislar a las personas. Por supuesto, el llamamiento de la Organización Mundial de la Salud a lograr la cobertura sanitaria universal es totalmente acertado. Pero no estará disponible a tiempo para esta enfermedad, así que tenemos que aplicar bien las medidas básicas.
¿Hay iniciativas o tecnologías, más allá de la labor del IRC, que estén haciendo un trabajo especialmente bueno?
Creo que la tecnología más eficaz es la voz de las personas que están en primera línea y se ven afectadas. No hay nada como un trabajador sanitario para explicar lo que significa no recibir la atención adecuada. No hay nada como una persona que ha sobrevivido al virus para decirte que incluso los síntomas leves son muy graves. No hay nada como una madre que ha perdido a su hijo para explicar lo que significa que cada vida cuente. Por eso creo que debemos profundizar en la humanidad esencial que esta crisis ha puesto de manifiesto. Ha sacado a relucir la solidaridad, y debemos llevarla a un nivel mucho más alto.
Es desoladora la posibilidad de que la COVID-19 se propague entre las personas vulnerables del mundo. Pero ¿hay algún aspecto concreto de esta crisis inminente que le quite el sueño?
En el ámbito profesional, me preocupan los empleados y los beneficiarios del Comité Internacional de Rescate, que arriesgan sus vidas a diario. En lo personal, pienso en los niños que se pelean cuando deberían estar estudiando en casa y, más seriamente, en cómo sobrevivirá mi madre, que es mayor, a esta crisis, y en cómo dar las gracias a quienes la cuidan por tratar de atenderla.
Esta es una crisis mundial sin precedentes. No recuerdo otro momento en que todo el mundo se haya centrado tanto en un solo peligro, en una sola amenaza. Y aunque lo primero que uno piensa es en sus seres queridos, espero de verdad que esta crisis también ponga de manifiesto la experiencia compartida que nos hace humanos y vulnerables a una enfermedad como esta.
Una de las funciones del Foro Económico Mundial es ayudar a unir al mundo. Espero que, mediante mecanismos como este, pueda impulsar acciones y no solo palabras, porque se critica que se hable mucho en relación con lo que se hace. Lo que contará son las acciones, y el tiempo apremia.
Le preocupa especialmente lo que se ha dado en llamar «huérfanos de la pandemia»...
El Comité Internacional de Rescate trabaja mucho en todo el mundo con lo que llamamos niños no acompañados. Son niños separados de sus padres. A veces se separan porque huyen; otras, porque a sus padres no se les permite trabajar, así que los niños tienen que salir a trabajar, los arrestan y entonces ya no pueden ponerse en contacto con sus padres.
Esta crisis plantea otra posibilidad: los niños parecen estar más protegidos contra esta enfermedad que sus padres y abuelos, y mis propios empleados me han hablado del peligro de que los niños pierdan a uno de sus padres o, trágicamente, a ambos a causa de la enfermedad. Y acabemos teniendo el fenómeno de los huérfanos de la pandemia.
En ese caso, sabemos lo que ocurre en las comunidades más pobres del mundo: hermanos de apenas 9, 10 o 14 años acaban cuidando de los más pequeños. O intervienen los abuelos. Pero esta enfermedad también amenaza a los abuelos. Todo esto apunta a una idea muy sencilla: prevenir es mucho mejor y más fiable que curar. Y demuestra que cada familia que podamos proteger tendrá la oportunidad de salir adelante más adelante.
Todo esto apunta a una idea muy sencilla: prevenir es mucho mejor y más fiable que curar.
¿Cómo cree que ha reaccionado hasta ahora la comunidad internacional?
Esta es una enfermedad propia de un mundo interconectado, pero los gobiernos y la gobernanza de esta aldea global están mucho menos conectados, coordinados y dispuestos a cooperar de lo que deberían. ¿Dónde está el grupo de las 20 principales economías industrializadas que se creó a raíz de la crisis financiera?
Yo estaba en el gobierno en plena crisis financiera; entonces era ministro de Asuntos Exteriores del Reino Unido y vi cómo Gordon Brown, Alistair Darling, Barack Obama y los líderes del sector financiero se unieron para crear el G20.
¿Dónde está hoy el G20? Puedo decirles que solo ha celebrado una reunión virtual.
Me preocupa mucho que se estén extrayendo lecciones equivocadas. No podemos vivir en un mundo de redes de fortalezas—una expresión de Yuval Harari—. Tenemos que vivir en un mundo donde se reconozcan debidamente los elementos que compartimos como seres humanos. Creo que ha llegado el momento de denunciar la falta de visión, la miopía que guía demasiado de esta respuesta, porque debemos superarla juntos.
Ahora la supervivencia es un deporte de equipo, y la vida también lo es. Ha llegado el momento de que los gobiernos del mundo demuestren que lo han entendido.

