Carl Bildt: Europa debe abordar los riesgos emergentes en los Balcanes

Protesters demonstrate against an agreement that would ensure the wider official use of the Albanian language in Skopje, Macedonia March 21, 2017. Reuters/Ognen Teofilovski - RTX321UV
European Union leaders have suddenly awoken to new realities in the Balkans.Image: REUTERS-Ognen Teofilovski
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Los dirigentes de la Unión Europea han despertado de repente a las nuevas realidades de los Balcanes. En una reciente cumbre, destacaron la necesidad de una mayor implicación de la UE para mantener la estabilidad y contrarrestar la influencia rusa en la región.

Pero la situación geopolítica de los países balcánicos no debería sorprender. Al fin y al cabo, las fracturas posteriores al Imperio otomano —que se extienden desde Bihać, en el extremo noroccidental de Bosnia, hasta Basora, en la costa iraquí del golfo Pérsico— han sido repetidamente una fuente de inestabilidad regional y mundial desde la desaparición de los antiguos imperios hace un siglo.

Cuando los imperios de los Habsburgo y otomano se derrumbaron al final de la Primera Guerra Mundial, se hicieron intentos por establecer Estados nación modernos en los Balcanes, pese a la diversidad nacional y cultural de la región. Desde entonces, el nacionalismo ha chocado una y otra vez con el perdurable mosaico de la vida civil de la región, alimentando un conflicto tras otro.

Yugoslavia, al igual que los Estados nación establecidos en el Levante y Mesopotamia, se creó para gestionar estas contradicciones políticas; pero las atrocidades —en Esmirna, Srebrenica, Sinjar y otros lugares— siguieron siendo una constante de la vida posimperial.

Yugoslavia se desintegró a principios de la década de 1990, desencadenando una década de guerras brutales desde Croacia hasta Kosovo. La aparición de siete nuevos Estados, a menudo enfrentados entre sí, dejó claro que la estabilidad regional dependería de un nuevo marco: la UE. Gracias a su éxito en la resolución de otros conflictos nacionales de larga data, se encomendó a la UE tender puentes entre las arraigadas divisiones nacionalistas de la región y apaciguar sus conflictos étnicos.

En una cumbre de la UE celebrada en Salónica en 2003, los delegados se comprometieron solemnemente a incorporar como miembros al bloque a todos los países balcánicos. Esa promesa sería tan difícil de cumplir como importante de formular. Cuando los problemas más inmediatos de los Balcanes remitieron, los dirigentes de la UE dieron por sentado que habían garantizado la paz en la región. A partir de entonces, su enfoque de seguir como siempre en los Balcanes consistió, en esencia, en mantener el statu quo.

Después de que Jean-Claude Juncker fuera nombrado presidente de la Comisión Europea en 2014, confirmó el statu quo, al declarar que la UE no llevaría a cabo nuevas ampliaciones durante su mandato de cinco años. La declaración de Juncker era técnicamente correcta, pero políticamente desastrosa. Al apagarse la luz que había guiado los esfuerzos de reforma e integración, el nacionalismo de la región, previsiblemente, volvió a crecer. Mientras tanto, la UE quedó absorta en sus persistentes problemas financieros, como las crisis de deuda soberana de los Estados miembros.

Pasé mucho tiempo en los Balcanes durante los años posteriores a la guerra de Bosnia. Fui enviado especial de la UE a la antigua Yugoslavia, luego copresidente de la Conferencia de Paz de Dayton, Alto Representante para Bosnia y Herzegovina, y, finalmente, enviado especial del secretario general de las Naciones Unidas para los Balcanes.

El año pasado, cuando regresé a Bosnia a título extraoficial, alguien me preguntó si la guerra volvería a la región. Al principio, no le di importancia a la pregunta. «De ninguna manera», respondí. Pero luego otros siguieron haciéndome la misma pregunta; para la quinta vez, empecé a preocuparme.

Sin duda, acerté al decir que las guerras de la década de 1990 no volverán: las condiciones actuales son muy distintas de las de entonces. Pero, como hemos visto muchas veces, algunos exaltados pueden provocar incendios difíciles de contener. Hace tiempo, en Sarajevo, una sola persona llamada Gavrilo Princip desencadenó una guerra mundial al asesinar al archiduque Francisco Fernando de Austria. Hoy, la región se está volviendo poco a poco más inflamable, y podría encenderse otra chispa, quizá esta vez en Skopie.

¿Qué hay que hacer, entonces? Para Europa, la única vía posible es hacer valer su capacidad de contención y, al mismo tiempo, acelerar la integración europea. Para abordar los riesgos emergentes en los Balcanes, la UE debería demostrar que tiene la voluntad y los medios para actuar, desplegando grupos de combate de la UE para realizar maniobras militares en la región. Esto transmitiría un mensaje contundente: sus fuerzas militares no son tigres de papel y la UE es capaz de hacer más que limitarse a las palabras.

También es imperativo ampliar aún más la UE. Hasta ahora solo se han incorporado al bloque Eslovenia y Croacia, por lo que es evidente que asegurar la adhesión de los demás países balcánicos llevará tiempo. Pero las reformas necesarias para que estos países puedan optar a la adhesión pueden y deben acelerarse, con medidas provisionales que sean creíbles para los habitantes de la región.

Por ejemplo, deberíamos replicar la Asociación Oriental de la UE creando una Asociación Balcánica, sin dejar nunca de contemplar la adhesión. Al mismo tiempo, la UE debe intensificar su participación política en la región. Puede empezar mediando en las pequeñas disputas fronterizas pendientes, para evitar que se enquisten.

En el lenguaje actual, la UE tiene un problema de capacidad: sus desafíos se han multiplicado en los últimos años, al igual que las cumbres que celebra para abordarlos. Pero los dirigentes europeos tienen una opción evidente en los Balcanes: resolver el problema o esperar a que el problema los alcance.

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