Entre la guerra y la paz. Por qué las naciones deben aprender a desenvolverse en la zona gris

People take pictures at a square decorated with a giant world map in Lisbon, Portugal September 6, 2017. REUTERS/Rafael Marchante - RC15DA1863E0
The range of means being used to project state power is wide and the tempo fierceImage: REUTERS/Rafael Marchante
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Este artículo forma parte de la plataforma de Geoestrategia del Foro Económico Mundial

La larga y costosa limpieza tras el intento de asesinato de Sergei Skripal y el debate internacional sobre Huawei como instrumento del poder estatal chino recuerdan las múltiples formas de actividad estatal en el espacio entre la guerra y la paz.

Del mismo modo, la supuesta obsesión del presidente Trump con los informes de inteligencia relacionados con Alemania y el posicionamiento comercial de China, en lugar de con asuntos antiterroristas, y la reciente definición amplia del presidente Macron de lo que constituye una amenaza para Europa son ejemplos de cómo este espacio se caracteriza cada vez más como un ámbito de guerra y no de paz. Es la «zona gris» donde se libra una guerra híbrida o asimétrica.

Pero si este ámbito constituye un espacio de batalla, empieza a parecer muy congestionado, con un número cada vez mayor de actores, capacidades y agendas. El crimen organizado debe considerarse parte de este ámbito, al igual que las granjas de troles respaldadas por Estados, los terroristas, los activistas políticos y quienes roban propiedad intelectual.

Los responsables políticos que diseñan estrategias de seguridad nacional intentan aplicar una definición de la amenaza lo más amplia posible, al tiempo que se aseguran de que esas estrategias también cumplan las obligaciones de defensa convencionales y permanentes. Sin embargo, dado el aumento gradual de las amenazas designadas, esto no es sostenible.

¿Qué principios podrían ayudarles a desenvolverse en la zona gris?

Conflicto o competencia

Es fuerte el impulso de definir este ámbito como un espacio de conflicto y no de competencia. Al fin y al cabo, es más probable que el conflicto atraiga atención y recursos que la paz. Sin embargo, gran parte, aunque no todo, de lo que vemos que ocurre en este espacio podría caracterizarse tanto como rasgos de una paz nueva y difícil como de una nueva forma de guerra.

La variedad de medios empleados para proyectar el poder estatal es amplia y el ritmo, intenso, pero eso no significa que exista un estado de guerra. La pugna que vemos mediante medios no regulados, en particular en el ámbito de la información y la subversión, podría ser, pese a todos sus altibajos, el aspecto de la nueva paz y no de la nueva guerra.

Ampliar la gama de actividades clasificadas como beligerantes reduce efectivamente el umbral de escalada. Los gobiernos no pueden dejar de responder si hablan de que su jurisdicción está siendo atacada

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Es necesario despejar el llamado «espacio de batalla» y definir rigurosamente qué actividades de Estados extranjeros son «beligerantes», en el sentido de que equivalen al uso de la fuerza, y cuáles constituyen competencia no regulada (y posiblemente ilícita).

Comprender la diferencia ayudará a determinar las respuestas adecuadas. También promoverá un uso más cuidadoso del lenguaje bélico y una mejor comprensión de los riesgos inherentes a optar por emplearlo.

Ampliar la gama de actividades clasificadas como beligerantes reduce efectivamente el umbral de escalada. Los gobiernos no pueden dejar de responder si hablan de que su jurisdicción está siendo atacada. Pero si emplean el lenguaje de tiempos de paz, aunque sea una paz sucia, el umbral será más alto. Así queda espacio para la competencia, la interacción y el arbitraje. En última instancia, y algo muy importante, esto podría permitir que evolucionen las reglas.

Es preciso reservar suficiente capacidad y voluntad políticas para responder a amenazas flagrantes, en lugar de dejar que se disipen en respuestas hostiles a todas las actividades percibidas en la zona gris, muchas de las cuales constituyen una forma rudimentaria de competencia.

Aquí existe una dificultad conceptual, especialmente para las potencias occidentales, cuya tolerancia respecto de lo que constituye competencia puede haber cambiado al compás del desplazamiento del equilibrio del poder mundial. Muchas actividades de la zona gris son producto de una economía global reconfigurada y reestructurada.

Si tomamos tres de las armas más poderosas —la información, el crédito y el capital—, antes estaban monopolizadas por las mismas potencias que contaban con una superioridad en potencia de fuego y autoridad moral, a saber, Estados Unidos y sus aliados. Ya no es así. Las armas, el poder y los relatos están distribuidos de manera mucho más dispersa.

China está utilizando su capital y concediendo crédito a una escala antes inimaginable, y la estrategia está dando frutos. Rusia se ha convertido en el actor más subversivo del ciberespacio, mientras que China se apropia de propiedad intelectual occidental. No es de extrañar que, en esta nueva competencia por el liderazgo, la contienda sea dura e inquietante para quienes solían dominar, y que parezca lo bastante hostil como para ser una guerra.

Los Estados seguirán llevando a cabo acciones hostiles contra jurisdicciones extranjeras o dentro de ellas mediante métodos clandestinos o susceptibles de negación. Estas acciones pueden ser extraordinariamente agresivas y, en ocasiones, atroces. Esta pequeña categoría de actividades puede constituir un acto bélico. El caso de Salisbury estuvo cerca. El saqueo cibernético sostenido o la desactivación de infraestructuras nacionales podrían cumplir ese criterio. Pero esta categoría se aborda mejor mediante los convenios vigentes, aplicados con firmeza por los organismos encargados de hacer cumplir la ley y regidos legalmente por las contramedidas de inteligencia y seguridad.

Hacia la regulación

Las actividades en la zona gris están sujetas a muy poca regulación, si es que tienen alguna. Es ilusorio imaginar un acuerdo regulatorio entre Estados sobre operaciones de inteligencia o de información, salvo en circunstancias sumamente excepcionales. Pero sí cabe imaginar al menos intercambios por líneas directas ante los ejemplos más flagrantes de actividad en la zona gris y, gradualmente, el establecimiento de límites. Históricamente, así ha evolucionado la regulación para gestionar nuevos sistemas de armas.

Quizá más importante aún, ahora es posible imaginar el desarrollo de una relación entre los Estados y las empresas tecnológicas y de medios de comunicación en torno a las formas en que se utilizan sus servicios con fines propagandísticos o subversivos. Es necesario encontrar un delicado equilibrio entre sus libertades y las nuevas responsabilidades que conlleva ser actores distintivos y poderosos en la zona gris. Hay mucho sobre lo que construir, dado el progreso logrado en la lucha contra el terrorismo y la radicalización.

El objetivo estratégico debería ser ampliar los convenios y reglamentos vigentes para que abarquen las actividades y los medios observados en la zona gris. Eso exigirá un esfuerzo multilateral sostenido, y los avances serán graduales. Pero promoverá el Estado de derecho e incluirá la zona gris en el ámbito de las relaciones pacíficas entre Estados.

El peligro está en aceptar que, por definición, la zona gris es un lugar donde no se aplican las reglas y que está creciendo. Esto fomenta el mal comportamiento de todas las partes y aumenta el riesgo de errores de cálculo y escalada. Pacificar la zona gris podría convertirse en el desafío de toda una generación para los Estados comprometidos con la actualización y preservación del Estado de derecho.

¿Guerra o paz? Cómo entender la zona gris, John Raine, el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos¿Guerra o paz?

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