La violencia comunitaria es generalizada, persistente y global.
Cada año mueren entre 55.000 y más de 100.000 personas (sin contar los homicidios no comunitarios), y los conflictos violentos copan las noticias con historias impactantes de muerte, miedo y destrucción.
Como resultado, esta violencia cuesta al mundo 14,3 billones de dólares en daños y pérdida de productividad (ajustados según la paridad del poder adquisitivo) cada año.
Paradójicamente, pese a este enorme costo, cada año se destinan apenas 15.000 millones de dólares a la consolidación y el mantenimiento de la paz, mientras que el gasto militar mundial asciende a 5,6 billones de dólares.
A juzgar por esta asignación de recursos, no sorprende que vivamos en un mundo más preparado para hacer la guerra que para promover la paz. Por eso creo que los conflictos violentos parecen inevitables, aunque a menudo sean bastante resolubles.

¿Por qué no podemos llevarnos bien?
La humanidad no está perdida. Vivimos en la época más pacífica de la historia humana, ya que es menos probable que mueras en una guerra.
Pero, en comparación con los avances en medicina, educación y acceso a servicios financieros, los avances en la consolidación de la paz han sido glaciales.
Aunque la respuesta pueda parecer obvia —la falta de recursos para la consolidación de la paz frente al exceso de gasto militar—, sin duda merece un análisis más profundo.
¿Por qué se invierte tan poco en un problema que causa tanta muerte y destrucción?
Sostengo que se debe a la falta de innovación científica en el ámbito de la consolidación de la paz.
Como fundador de una organización dedicada a la consolidación de la paz, creo que nuestro ámbito está listo para innovar y que, sin innovación, nuestra capacidad para medir el impacto es muy deficiente.
Con las mejores prácticas actuales de consolidación de la paz, resulta difícil identificar el impacto de forma concluyente, incluso en términos binarios, y mucho más disponer de mediciones más sensibles que permitan saber si las intervenciones conducen a una reducción real de la conducta violenta.
Esto contrasta notablemente con ámbitos como la salud pública y las finanzas, donde las nuevas investigaciones han generado una gran cantidad de conocimientos. A modo de metáfora, las vacunas se han convertido en inversiones extraordinarias para el bien social gracias al conocimiento detallado de sus implicaciones, de su impacto y de cómo podemos prever los resultados de las campañas de vacunación.
De hecho, creo que hay cinco preguntas a las que responden las iniciativas de vacunación y que faltan en las iniciativas de consolidación de la paz. Son las siguientes:
Tasa de infección o incidencia del problema antes
Tasa de infección o incidencia del problema después
¿Quién necesita la intervención?
Cuánto dura la intervención
¿Cuánto cuesta la intervención?
Para atraer recursos a la consolidación de la paz, necesitamos investigaciones innovadoras que respondan a estas preguntas.
Creo que la respuesta está en el campo de la investigación conductual.
Irracionalidad predecible
Antes de explorar cómo la investigación conductual puede ayudar a mejorar la evaluación del impacto en la consolidación de la paz, es importante definir en qué consiste y reconocer el efecto trascendental que ha tenido en otros ámbitos.
Tradicionalmente, muchos campos de estudio, como la economía y la psicología, se basaban en la idea de que las personas toman decisiones conscientes y racionales y luego las ejecutan según lo que más les conviene.
Aunque esa idea ha sido útil para desarrollar teorías sobre la oferta, la demanda, el trabajo y otros fenómenos sociales, el comportamiento humano rara vez se ajusta a esos modelos.
Daniel Kahneman, un psicólogo interesado en la toma de decisiones, emprendió una serie de estudios junto con su colega investigador Amos Tversky, recogidos en el libro de Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio. En ellos descubrió desviaciones sorprendentes de las conductas esperadas de quienes maximizan la utilidad.
En concreto, descubrió que las personas son muy reacias a las pérdidas y al riesgo, y toman decisiones aparentemente irracionales para evitarlos. Esta tendencia seguía patrones tan claros que pudo usar los datos para desarrollar la teoría de las perspectivas, que describe la prima que, en promedio, las personas están dispuestas a pagar para evitar pérdidas y riesgos.

Este hallazgo sentó las bases de la economía conductual y, a través de esta investigación, otros científicos como Dan Ariely y Richard Thaler identificaron muchos otros sesgos cognitivos —o patrones de comportamiento previsiblemente irracional— y las amplias implicaciones de dichos sesgos.
Aunque los enfoques conductuales han inspirado investigaciones innovadoras en campos académicos que van de la teoría política a la psicología moral, su impacto se ha sentido sobre todo en aplicaciones del mundo real.
Por ejemplo, los investigadores Eric Johnson y Dan Goldstein descubrieron que las tasas de donación de órganos en los países europeos dependían en gran medida de si había que inscribirse para ser donante («opt-in») o darse de baja («opt-out»). Las tasas de donación eran de apenas el 12 % en Alemania, donde había que inscribirse, y superaban el 99 % en Francia, donde había que darse de baja.
Si los ciudadanos fueran racionales, esperaríamos que no hubiera diferencia entre tener que inscribirse o darse de baja para donar órganos. Sin embargo, está claro que la opción predeterminada ejerce un fuerte efecto de incitación, y que las nuevas políticas de exclusión voluntaria están salvando miles de vidas gracias a este hallazgo.
Desde el marketing hasta la práctica médica, la investigación conductual está allanando el camino para una generación de innovaciones.
Estudiar la conducta violenta
Los fundamentos científicos de la consolidación de la paz actual se basan principalmente en una comprensión sociológica de las políticas de identidad. Una persona desconocida puede convertirse en un enemigo odiado o en un amigo colaborador. El tribalismo, el nacionalismo, el racismo y los prejuicios basados en la lengua y la religión son heurísticas que usamos para delimitar «nosotros» y «ellos», sobre todo en tiempos de gran incertidumbre y recursos escasos.
La piedra angular de la prevención de conflictos es la teoría del contacto, un fenómeno sociológico identificado por Gordon Allport en la década de 1950, que sostiene que el contacto positivo entre personas de identidades «opuestas» reduce los prejuicios entre ellas (bajo ciertas condiciones). Es una idea intuitiva: hacer amistad con alguien puede cambiar la forma en que vemos a su comunidad.
Y la teoría de la consolidación de la paz apenas ha cambiado; las investigaciones posteriores se han desarrollado a partir de esta perspectiva sociológica. Como resultado, la evaluación del impacto en este ámbito se basa en gran medida en encuestas de autoinforme a los participantes.
Creo que el próximo avance en las iniciativas de consolidación de la paz vendrá de la investigación conductual.
Sabemos por la investigación conductual que existe poca correlación entre lo que las personas dicen que harán y lo que realmente hacen (por lo que las encuestas por sí solas son relativamente inútiles). Además, se ha investigado poco la conducta violenta como fenómeno específico. Esto es comprensible, dado que hay poca financiación disponible para estudiar este ámbito y que resulta extremadamente difícil llevar a cabo investigaciones.
Es fácil investigar conductualmente los hábitos de gasto: basta con dar dinero real a personas reales en una situación real y hacer un seguimiento de sus gastos. Pero investigar conductualmente la violencia será extremadamente difícil: no se puede poner a dos grupos de personas en habitaciones separadas para ver cuál ataca al otro. No es ético ni legal. Por tanto, habría que identificar alguna heurística, un indicador indirecto de la violencia real.
Y hay un segundo desafío. Si efectivamente existe un patrón predecible de irracionalidad en las conductas violentas, habrá que comprender el fenómeno y hacer que sea accesible y aplicable para los profesionales y las organizaciones dedicados a la consolidación de la paz.
A pesar de estos desafíos, creo que la innovación en la consolidación de la paz basada en la investigación conductual no solo es posible, sino absolutamente necesaria.
El camino a Oz
Creo que se necesitan cuatro pasos para transformar la evaluación del impacto en la consolidación de la paz mediante conocimientos conductuales:
Investigar la teoría del contacto desde el punto de vista conductual y compararla con una métrica reproducible. Hay muchas hipótesis que pueden ponerse a prueba, pero un buen comienzo sería tomar el elemento central de la consolidación de la paz y determinar si las tendencias de conducta violenta responden de forma similar a la exposición al contacto. Por ejemplo, las conductas podrían compararse con datos de encuestas o, mejor aún, con datos de redes (móviles o informáticas), para identificar indicadores correlacionados que puedan utilizarse sobre el terreno. A partir de los hallazgos de la investigación podría elaborarse una encuesta ponderada que permitiera crear una puntuación de «propensión a la conducta violenta». Sea cual sea la nueva herramienta de medición, será imprescindible para el siguiente paso.
Recopilar datos de iniciativas de consolidación de la paz usando la herramienta de medición antes y después de las intervenciones. Si esto se puede hacer (y en una investigación rigurosa no podemos dar por sentado el resultado que buscamos), una red de organizaciones dedicadas a la consolidación de la paz debería utilizar la herramienta para registrar indicadores de violencia antes y después, así como datos específicos de los participantes (por ejemplo, edad, estado civil y situación laboral) y datos de las cohortes (horas de contacto, tamaño de la cohorte y una medida de diversidad).
Analizar los datos para detectar tendencias individuales y de las cohortes. A nivel individual, los científicos de datos pueden empezar a identificar qué hace que una persona tenga más probabilidades de recurrir a la violencia; a nivel grupal, podemos empezar a detectar tendencias en la eficacia de los proyectos según parámetros específicos. Esto presupone que haya alguna señal entre el ruido de los datos; de ser así, se podría responder a preguntas como «¿quién necesita la intervención?» y prever cuánto se espera reducir la conducta violenta entre los participantes del proyecto.
Crear una herramienta en línea gratuita que permita a las organizaciones dedicadas a la consolidación de la paz prever los resultados de sus propios proyectos. Estos hallazgos podrían codificarse en una plataforma gratuita y fácil de usar, que cualquier organización dedicada a la consolidación de la paz, entidad financiadora u organismo gubernamental pudiera utilizar para prever resultados a modo de referencia y, con el tiempo, obtener información útil para mejorar los proyectos.
El resultado sería una herramienta que podría estandarizar la evaluación del impacto de la consolidación de la paz y, al mismo tiempo, ofrecer a las entidades financiadoras información detallada sobre la eficacia de estos proyectos. Respondería a las cinco preguntas (como las que responden las iniciativas de vacunación) que harían de la consolidación de la paz una inversión viable.
Pasos pequeños
Este proceso que propongo duraría varios años y, en cada etapa, podría fracasar de diversas maneras. Pero, si tuviera éxito, transformaría no solo un sector, sino toda la sociedad, y viviríamos en un mundo con mucha menos violencia comunitaria.
El primer paso es reunir a las personas adecuadas. Me entusiasma conectar con investigadores del comportamiento, profesionales de la consolidación de la paz, socios financiadores y científicos de datos para hacer realidad esta iniciativa.
La única forma de evitar contarles a nuestros nietos las mismas historias de guerra y violencia que nos contaron nuestros abuelos es dar ahora pasos audaces para cambiar la manera de combatir la violencia. El momento es ahora.



