«¿Nos encaminamos hacia una guerra nuclear?»
Es la pregunta que planea sobre, bueno, prácticamente todo el mundo en estos días, mientras Corea del Norte alardea de nuevos avances en su programa de armas nucleares y amenaza a Estados Unidos, y el presidente Trump promete responder con «fuego y furia». Las tensiones parecen estar cediendo desde el miércoles, cuando Trump escribió en Twitter que «Kim Jong Un, de Corea del Norte, tomó una decisión muy sabia y bien meditada», posiblemente en alusión a una aparente pausa en las amenazas de Pyongyang contra Estados Unidos.
Pero el episodio sigue siendo alarmante, y aún más porque es sumamente difícil hacer predicciones sobre una guerra nuclear. Aunque la historia está llena de estudios de caso sobre las causas que llevan a los Estados nación a iniciar guerras convencionales, los bombardeos estadounidenses de Hiroshima y Nagasaki son (afortunadamente) los únicos ejemplos de ataques atómicos, y se llevaron a cabo con armas varios órdenes de magnitud menos potentes que el arsenal nuclear actual. Esa falta de precedentes históricos dificulta que los analistas razonen sobre los conflictos nucleares y sobre cómo detenerlos.
Ahí es donde entra en juego la teoría de juegos. La teoría de juegos utiliza modelos matemáticos para estudiar el conflicto y la cooperación entre personas racionales que toman decisiones.
«La teoría de juegos se utiliza para reflexionar sobre cuestiones militares desde los inicios de la disciplina, en la década de 1940», dijo Tim Roughgarden, profesor de informática en la Universidad de Stanford, especializado en cuestiones de teoría de juegos. Su publicación más reciente es «Veinte lecciones sobre teoría de juegos algorítmica», y ganó el Premio Gödel en 2012 por su trabajo sobre el enrutamiento del tráfico en redes de comunicación a gran escala para optimizar el rendimiento de una red congestionada.
Hablamos sobre cómo la teoría de juegos puede ayudarnos a entender la guerra, las acciones de los Estados nación y las tensiones actuales entre Estados Unidos y Corea del Norte.
Esta entrevista se ha editado para mayor brevedad y claridad.
Elizabeth Winkler: ¿Qué es la teoría de juegos?
Tim Roughgarden: La teoría de juegos es una disciplina que consiste en razonar matemáticamente sobre lo que ocurre cuando hay distintos actores estratégicos, con objetivos diferentes, y sobre lo que podría pasar cuando esos actores comparten un mismo entorno.
EW: ¿Se ha utilizado siempre para reflexionar sobre la estrategia militar?
TR: La disciplina tiene sus raíces en la década de 1920. En cierto modo, ya entonces había matemáticos que la abordaban en términos del póquer y los juegos de azar. Pero el libro de John von Neumann y Oskar Morgenstern, «Theory of Games and Economic Behavior», publicado en 1944, marcó el nacimiento de la disciplina como campo independiente. Von Neumann también trabajó para centros de estudios estratégicos estadounidenses en el contexto de la estrategia de la Guerra Fría, en las décadas de 1940 y 1950. Por eso, la teoría de juegos se ha utilizado para reflexionar sobre cuestiones militares desde los inicios de la disciplina, en la década de 1940.
EW: ¿Cómo ayuda la teoría de juegos a entender una guerra nuclear?
TR: Una de las cosas para las que resulta útil la teoría de juegos es ofrecer ejemplos matemáticos muy claros, casi parábolas, que ayudan a describir y analizar situaciones del mundo real de manera lógica. Permiten pensar quiénes son los actores, cuáles son sus preferencias, qué acciones pueden emprender y qué resultados podrían producirse.
Uno de los ejemplos más famosos es el «dilema del prisionero». La historia cuenta que hay dos presos acusados de un delito. Las autoridades los ponen en salas distintas y los interrogan por separado, de modo que no pueden comunicarse. El planteamiento supone que cada uno puede hacer una de dos cosas: guardar silencio o traicionar a su compañero. Si ambos guardan silencio, reciben una pena leve de cárcel. Si ambos traicionan al otro, cada uno recibe una condena más severa. Si uno guarda silencio y el otro lo traiciona, el traidor queda en libertad y el otro recibe una condena especialmente dura. Cada preso tiene todos los incentivos para traicionar a su compañero, aunque el mejor resultado para ambos en conjunto sería que los dos guardaran silencio.
La guerra nuclear —atacar o no atacar— tiene un aspecto parecido al dilema del prisionero. Cada jugador tiene la oportunidad de perjudicar al otro. Pero hay una salvedad importante: el dilema del prisionero supone que no hay futuro. Si se juega una sola vez, la estrategia dominante sería traicionar, o atacar. En cambio, en un dilema del prisionero repetido, cuando los jugadores —por ejemplo, Estados Unidos y Corea del Norte— mantienen una interacción a largo plazo, razonan no solo sobre el presente, sino también sobre las posibilidades de represalia al día siguiente. Ante una amenaza creíble de represalia, cada país tiene entonces un incentivo para cooperar y no atacar. Actúan contra sus propios intereses a corto plazo porque así se aseguran de que no habrá represalias.
Eso es lo que ocurrió entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Este razonamiento también se utilizó para pensar en el acopio de armas nucleares. La teoría de juegos puede aportar una justificación matemática al argumento de que la acumulación de armas nucleares hace del mundo un lugar más pacífico.
EW: Entonces, ¿están Estados Unidos y Corea del Norte en un dilema del prisionero repetido?
En la medida en que la situación actual con Corea del Norte sea análoga a la que se vivió con la Unión Soviética, las mismas parábolas que entonces ayudaron a reflexionar sobre la estrategia también podrían ser útiles hoy. Pero la situación actual aún no ha llegado del todo a ser un dilema del prisionero, porque Corea del Norte todavía no tiene la misma capacidad de represalia contra nosotros que nosotros contra ellos. Está desarrollando esa capacidad para que la situación se convierta en un dilema del prisionero.
EW: ¿Cómo sugiere la teoría de juegos que debería actuar Estados Unidos?
TR: Hay situaciones en las que aplicar la teoría de juegos ofrece indicaciones claras y precisas sobre lo que se debe hacer. En principio, se podría usar para decidir cuál es la mejor manera de farolear en una partida de póquer. Pero, en las aplicaciones del mundo real, no siempre indica qué se debe hacer. Puede mostrar los posibles resultados, pero no da demasiados consejos sobre cómo encauzar las cosas hacia el desenlace deseado.
He aquí otro ejemplo famoso: imaginemos que dos personas quieren salir a cenar y que en la ciudad hay dos restaurantes: uno francés y otro italiano. La primera preferencia de ambas es cenar juntas, en lugar de comer solas. Pero a una le gusta más la comida francesa y a la otra, la italiana. Así que hay dos posibles desenlaces por los que vale la pena esforzarse: que ambas vayan al restaurante francés o que ambas vayan al italiano. Pero no está nada claro cómo lograrlo.
Sin embargo, la teoría de juegos resulta muy útil cuando se tiene una idea clara de lo que hará la otra parte. Esa es la noción de «mejor respuesta». Si se sabe que otro país cederá ante una amenaza en vez de tomar represalias, hay razones mucho más sólidas para amenazarlo. Si no se sabe cómo actuará, razonar sobre la mejor respuesta se vuelve mucho más difícil.
Este es uno de los aspectos de la situación con Corea del Norte que mantiene a todo el mundo algo inquieto: ninguna de las partes entiende muy bien a la otra. Kim es joven, ha habido poca interacción directa entre él y el Gobierno estadounidense y no hay mucha confianza en que se pueda entender cómo actuaría en distintas situaciones. Y, a juzgar por lo que ha estado diciendo Trump, es posible que Corea del Norte tampoco esté segura de cómo reaccionará Estados Unidos.

