Los países africanos son especialmente vulnerables al terrorismo violento. Cómo cambiar esta situación

A woman displaced by fighting waits in line for aid to be distributed at the village of Ntamugenga in eastern Congo, November 24, 2008. Civilians on both sides of the front lines in eastern Congo are being killed, raped and abducted by both Tutsi rebels and government troops despite a lull in fighting, human rights campaigners said on Monday. REUTERS/Finbarr O'Reilly (DEMOCRATIC REPUBLIC OF CONGO) - RTXAXDO
Poverty and underdevelopment can no longer be ignored if we are ever to combat violent extremism effectively.Image: REUTERS/Finbarr O'Reilly
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África soporta el mayor peso de las vidas perdidas, las economías arruinadas y las relaciones fracturadas por el terrorismo. Es el continente donde Al Qaeda lanzó su guerra contra Estados Unidos en 1998, al bombardear las embajadas estadounidenses en Nairobi, Kenia, y Dar es Salaam, Tanzania; donde Boko Haram secuestró a 276 colegialas nigerianas en 2014; y donde 147 estudiantes fueron asesinados mientras dormían en la Universidad Garissa de Kenia en 2015.

Aunque estos ataques atrajeron la atención mundial, la mayoría de la gente no se da cuenta de que, tan solo en los últimos cinco años, 33.000 personas han muerto en África a causa de la violencia relacionada con el terrorismo. El extremismo violento y los grupos que lo defienden amenazan con revertir los avances de África en materia de desarrollo, no solo a corto plazo, sino también durante las próximas décadas.

Los países africanos son especialmente vulnerables a los ideólogos violentos, debido a la prevalencia de instituciones débiles y territorios sin gobierno, donde pueden germinar los grupos extremistas. Súmense a esto la mala gestión de la diversidad étnica y religiosa, y una numerosa y creciente población joven, desempleada y conectada digitalmente, y el continente ofrece condiciones ideales para el caos.

Al igual que otros países, los gobiernos africanos han respondido al extremismo violento dando prioridad, sobre todo, a la seguridad «dura». Pero esta estrategia no ha reducido la capacidad de los grupos extremistas ni limitado su alcance. De hecho, hay indicios de que una respuesta exclusivamente militar puede ser un desperdicio de recursos o incluso causar más daño que beneficio. Lo que falta es un análisis más profundo de las causas fundamentales, en particular de los desafíos de desarrollo subyacentes.

Image: IEP

Algunas personas afirman que la conexión entre las condiciones socioeconómicas y el extremismo violento es falaz, porque la mayoría de las comunidades pobres y marginadas no se unen a grupos terroristas. Pero este argumento no aborda la cuestión pertinente: la pobreza, la marginación social y la exclusión política son el terreno fértil que los grupos extremistas necesitan para echar raíces y crecer. En todo el mundo, las políticas y respuestas operativas al extremismo violento se basan en gran medida en la teoría, en lugar de apoyarse en pruebas empíricas exhaustivas sobre las motivaciones personales y los factores estructurales que llevan a las personas a cometer actos terroristas.

Hace poco visité Galkayo, en el norte de Somalia, para entrevistar a combatientes de Al Shabaab capturados, como parte de un estudio en curso del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo sobre las raíces del extremismo en África. Me llamó la atención que, aparte de estar encarcelados, estos jóvenes parecían completamente normales y que sus trayectorias individuales hacia el extremismo no estaban particularmente marcadas por la religión.

Más bien, lo que unía a los jóvenes militantes de Al Shabaab con quienes hablé era una experiencia compartida de privación. Todos habían crecido rodeados de conflictos, y ninguno había tenido motivos de peso para considerar que el gobierno fuera una fuerza positiva en su vida. Cuando les pregunté si habían asistido a una escuela pública, la mayoría ni siquiera podía concebir la idea de recibir educación o atención sanitaria gratuitas. Estos niños y jóvenes son producto de un Estado y una sociedad fallidos; han pasado toda su vida en un entorno propicio para el reclutamiento y la explotación terroristas.

Al igual que la tuberculosis infecta un organismo ya debilitado por el VIH, el extremismo prospera cuando se dan las condiciones adecuadas, como las creadas por el conflicto en Somalia o por la fragilidad política y el abandono social en el noreste de Nigeria, donde muchas personas entrevistadas señalaron el escaso acceso tanto a la educación religiosa como a la laica.

La investigación primaria del PNUD sobre las motivaciones personales de los extremistas —basada en más de 350 entrevistas con extremistas violentos que habían estado activos y se encontraban en prisiones y centros de transición de Camerún, Kenia, Níger, Nigeria, Somalia y Uganda— es el proyecto de este tipo más amplio de África, si no del mundo.

Nuestros resultados preliminares indican que la ideología que sustenta el extremismo violento se difunde mediante una estrategia de marketing flexible, con la que los grupos extremistas adaptan su mensaje a los posibles reclutas. A las personas desempleadas o pobres les ofrecen empleos remunerados; a las minorías étnicas y religiosas marginadas, una vía para recurrir a la violencia; y a la clase media, una aventura, un sentido de «propósito» y una escapatoria de la monotonía. La ideología muta para explotar las vulnerabilidades de las personas a las que pretende reclutar.

Nuestra investigación, que concluirá a principios de 2017, busca arrojar luz sobre las trayectorias individuales hacia el extremismo mediante las palabras y perspectivas de personas que han participado en organizaciones terroristas en África. También proporcionará a las comunidades, a otros investigadores y a los responsables de formular políticas pruebas empíricas en las que basar sus futuras intervenciones.

Algo que ya sabemos con certeza es que la pobreza y el subdesarrollo ya no pueden ignorarse si queremos combatir eficazmente el extremismo violento. Abordar estos problemas debe ser una prioridad máxima para cualquier estrategia plausible, en lugar de limitarse a reforzar la capacidad militar y de las fuerzas del orden.

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