Los líderes deben ser receptivos y responsables; deben entender que vivimos en un mundo marcado por la incertidumbre, la volatilidad y profundos cambios transformadores. Muchas personas viven en situaciones precarias y buscan identidad y sentido en un mundo que cambia rápidamente. Quieren recuperar su sentido de propósito. Más que nunca, liderar significa asumir responsabilidades. Requiere valor y compromiso para escuchar y explicar con honestidad el alcance y la complejidad de los problemas, generar soluciones de forma proactiva y actuar sobre la base de valores fundamentales.
La abrumadora tarea de los líderes de hoy es tomar las decisiones acertadas en un mundo complejo, aquejado de numerosos problemas heredados y turbulencias emocionales. ¡No basta con volver a lo básico! Hay que reconocer que nos encontramos en territorio inexplorado, lo que pone en cuestión el statu quo y, por extensión, a los propios líderes. Para cumplir esta tarea, los líderes necesitan sensibilidad y empatía que les sirvan de radar, y valores y visión que les sirvan de brújula. Sin un radar, no pueden ser receptivos; y sin una brújula, no pueden ejercer un liderazgo responsable. En última instancia, se nos mide por nuestros valores, visión y acciones. El liderazgo actual no puede basarse en privilegios, sino únicamente en esfuerzos sinceros y sostenidos para ganarse la confianza; y la confianza solo se gana sirviendo a la sociedad de una manera que trascienda los intereses personales y produzca resultados tangibles en las cuestiones que más preocupan a la ciudadanía.
En 2017, veo cuatro objetivos primordiales para responder a las principales preocupaciones sociales: primero, fortalecer el crecimiento económico; segundo, hacer más inclusivos los sistemas basados en el mercado; tercero, dominar la Cuarta Revolución Industrial; y, por último, replantear la cooperación internacional.
Los líderes deben revitalizar urgentemente el crecimiento económico mundial y alcanzar tasas de crecimiento más altas y sostenibles. Un desarrollo económico más sólido, acompañado de una mejor distribución de los ingresos y la riqueza, es absolutamente necesario para reducir los niveles inaceptables actuales de exclusión social y desempleo, especialmente entre los jóvenes. Ante el considerable crecimiento de la población mundial y la creciente automatización de la producción, un desarrollo económico más sólido y de base más amplia es clave para evitar el colapso social y todas sus graves consecuencias, como la migración involuntaria. Las políticas monetarias, fiscales y de seguridad social, cuidadosamente calibradas e integradoras de la responsabilidad intergeneracional, deben proporcionar el marco para el crecimiento. Sin embargo, los verdaderos motores del desarrollo son el emprendimiento, la innovación y la conectividad, y todos ellos deben cultivarse. Además, debemos invertir mucho más en nuestras infraestructuras físicas, digitales y sociales, para que las generaciones actuales y futuras puedan llevar una vida con propósito. Por tanto, es esencial alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Los líderes deben estar decididos a garantizar una mayor inclusión en el funcionamiento de los mercados. Los mercados siempre crearán ganadores y perdedores, pero ninguna sociedad puede sobrevivir sin un contrato social basado en la solidaridad entre unos y otros. Los líderes deben reparar el contrato social vigente. Además, también deben diseñar los contratos necesarios para la era posindustrial, con sus nuevas características de economía circular y colaborativa. Los líderes deben responder a las demandas populares de equidad y seguridad y, al mismo tiempo, actuar con responsabilidad liberando todas las fuerzas individuales y colectivas para generar prosperidad y bienestar tanto material como inmaterial. Eliminar la corrupción y garantizar altos estándares de gobernanza empresarial, así como las mejores prácticas de responsabilidad social corporativa y ciudadanía corporativa global, deben ser elementos clave de estos contratos sociales.
Los líderes deben estar mucho mejor preparados para los cambios rápidos y disruptivos de la Cuarta Revolución Industrial, incluidos los que afectan a los mercados laborales. Deben crear de forma proactiva los marcos necesarios para garantizar el aprovechamiento óptimo de las enormes oportunidades tecnológicas y, al mismo tiempo, abordar las posibles consecuencias negativas y las preocupaciones populares. La humanidad debe hacer frente a cuestiones éticas de naturaleza completamente nueva y poco conocida: basta pensar en la llegada de la inteligencia artificial, el diseño genético o la propiedad y protección de los datos. La rápida y extensa sustitución de tareas de nivel bajo y medio por inteligencia artificial exigirá nuevos niveles de comprensión y nuevos conceptos para el futuro del trabajo y la fiscalidad. Ante todo, necesitamos una revolución educativa que nos prepare para las competencias necesarias mañana. También ha llegado el momento de replantearnos las normas económicas y sociales con las que medimos el progreso de la sociedad.
Nunca debemos olvidar que vivimos en un mundo interdependiente. La escala y el alcance de nuestros desafíos exigen el compromiso y la cooperación integral de todas las partes interesadas de la sociedad mundial. No solo debemos gestionar la globalización para garantizar que sea abierta y justa, sino también unir fuerzas para combatir los riesgos globales —como la proliferación nuclear, el terrorismo y el agotamiento de los recursos naturales— que podrían poner fin a la civilización moderna. Si reconocemos que todos formamos parte de una comunidad global, debemos superar nuestros prejuicios y trabajar juntos de forma práctica, respetando de verdad la identidad y la dignidad de los demás. Por este motivo, los líderes deben crear plataformas ágiles e informales de cooperación y participar en ellas, como exige el contexto político, económico, social y tecnológico del siglo XXI. El liderazgo siempre implica velar por el mundo en su conjunto y cuidar de manera integral a la humanidad y la naturaleza.
Vivimos en un mundo que ya no está impulsado por cambios lineales, sino por cambios exponenciales que se producen simultáneamente en todos los ámbitos. Esto está generando una volatilidad y una incertidumbre extremas y, como consecuencia, una comprensible nostalgia por «hacer retroceder el reloj».
Los mecanismos y estructuras de respuesta tradicionalmente lentos y reactivos para abordar los problemas han contribuido a la situación actual. Nuestras energías se concentran principalmente en la gestión de crisis. Los historiadores considerarán este momento como el punto de inflexión para elegir el camino positivo hacia un futuro mejor. Para que esto ocurra, debemos superar el actual clima de división y negativismo.
El mundo está experimentando una transformación fundamental en los ámbitos tecnológico, económico, social y político. La transformación en curso debe configurarse mediante políticas e instituciones adecuadas. No hay soluciones sencillas ni prefabricadas. Lo que necesitamos urgentemente son acciones pragmáticas y orientadas al futuro, incluso en forma de pequeños pasos, que aporten narrativas positivas.
En la próxima Reunión Anual en Davos, el Foro Económico Mundial presentará numerosas iniciativas nuevas, todas desarrolladas mediante la cooperación público-privada, para abordar los desafíos enumerados anteriormente. Estas iniciativas se refieren especialmente a la necesidad de conceptos innovadores que promuevan una mayor inclusión social. La singularidad de los esfuerzos colaborativos y multipartícipes del Foro reside en integrar múltiples iniciativas en un enfoque sistémico, siempre con la misión de mejorar el estado del mundo.
La realidad es que el futuro ofrece a la humanidad muchas oportunidades para llevar vidas más saludables, ecológicas, plenas y pacíficas. Es responsabilidad de todos nosotros, trabajando juntos, mejorar el estado del mundo. Si ejercemos un liderazgo receptivo y responsable, podemos hacer realidad esta posibilidad.


