Por qué debemos prestar atención a las protestas de Irán

FILE PHOTO: Iran's national flags are seen on a square in Tehran February 10, 2012, a day before the anniversary of the Islamic Revolution. REUTERS/Morteza Nikoubazl/File Photo - S1BEUIFKRGAA
Will these protests have a larger impact than those eight years ago?Image: REUTERS/Morteza Nikoubazl
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Una serie de levantamientos urbanos en Irán, que comenzó el 28 de diciembre en su segunda ciudad más grande, conmocionó al régimen islámico del país, y a buena parte del mundo.

Aunque las protestas de Mashhad fueron encabezadas por opositores conservadores del presidente Hassan Rouhani para desacreditar sus políticas económicas, los organizadores perdieron el control de la multitud. Los manifestantes corearon consignas con indignación – como «Dejen en paz a Siria, piensen en nosotros» y «Muerte a Hezbolá» – dirigidas no solo contra Rouhani, sino contra todo el régimen islámico.

En los días siguientes, las protestas se extendieron a 80 ciudades, lo que provocó al menos 22 muertes y más de 1.000 detenciones. El 8 de enero, Rouhani, que obtuvo un segundo mandato en mayo pasado, dijo que indicaban quelos iraníes quieren no solo una economía más sólida, sino también más libertad.

Aunque el Gobierno afirma que ahora tiene la situación bajo control, eso no resta importancia a las mayores protestas desde 2009, cuando millones salieron a las calles para oponerse a los resultados de las elecciones presidenciales de ese año. El Gobierno reprimió por la fuerza aquel levantamiento, y dos candidatos que impugnaron los resultados siguen bajo arresto domiciliario.

¿Por qué tantos iraníes han vuelto a salir a las calles y tendrán estas protestas un impacto mayor que las de hace ocho años? Como observador cercano de Irán, creo que hay varias diferencias importantes entre las protestas actuales y las de 2009 que pueden ayudarnos a responder ambas preguntas.

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Qué hay detrás del levantamiento

Como era de esperar, la facción conservadora del régimen islámico se apresuró a culpar a los adversarios de Irán, a saber, Estados Unidos, Israel y Arabia Saudita. En cambio, los reformistas afirman que las protestas se deben a reclamos económicos como el desempleo, la desigualdad y la corrupción.

Tienen razón. Aunque la economía en su conjunto vuelve a crecer y muchos indicadores han pasado a ser positivos en los últimos dos años, los beneficios no han llegado a todos los iraníes.

La economía creció un 13,4 % en 2016, después de que se levantaran las sanciones petroleras y financieras como parte del acuerdo nuclear con Occidente, lo que incrementó la producción de petróleo y gas del país.

Sin embargo, el sector no petrolero se expandió apenas un 3,3 % – una clara señal de que la recuperación de la economía ha tardado en mejorar de forma perceptible el nivel de vida de la población. Los ingresos reales de muchos sectores de la economía siguen siendo bajos, y los sectores de la vivienda y la construcción continúan en recesión.

El desempleo sigue siendo elevado, del 12 %, sobre todo entre los jóvenes graduados universitarios. Pero es mucho mayor en las ciudades pequeñas y las regiones periféricas del país, donde tuvieron lugar muchas de las protestas, impulsadas por la preocupación por la desigualdad y la pobreza.

Según la Constitución de Irán, el líder supremo tiene amplios poderes, e incluso Rouhani dispone de una capacidad limitada para influir en políticas clave, incluidas las económicas. Algunas políticas importantes están completamente fuera de su alcance, como la participación de Irán en Siria, Irak y Líbano. Estas campañas, que le cuestan a Irán miles de millones de dólares cada año, parecen alimentar al menos parte del descontento de los manifestantes.

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Diferencias clave

Hay tres diferencias clave entre los levantamientos actuales y los de 2009.

En 2009, las demandas eran políticas. La facción reformista del régimen gobernante, que impugnó los resultados de las elecciones presidenciales, fue la principal protagonista de las protestas. Las protestas actuales no tienen un líder político visible y parecen dirigirse contra todo el régimen, incluidos los reformistas. Esto se refleja claramente en una de las consignas que los manifestantes coreaban con frecuencia y que se traduce aproximadamente como: «Se acabó para todos ustedes».

Otra diferencia es que las protestas de 2009 se concentraron en torno a la capital, Teherán, y otras grandes ciudades. Aunque las manifestaciones recientes cuentan con menos participantes, se extienden por una zona mucho más amplia del país, incluidas muchas ciudades pequeñas que sufren de subdesarrollo y bajos ingresos.

Estos manifestantes, en su mayoría jóvenes, entre ellos, graduados universitarios desempleados y trabajadores con bajos ingresos, también están indignados por las frecuentes noticias sobre corrupción y acumulación injusta de riqueza por parte de algunos funcionarios del Gobierno. Las facciones rivales de la élite gobernante han sacado a la luz la corrupción de las otras, revelaciones que han alejado a los sectores marginados de la población, que luchan contra la pobreza y el desempleo. Las cuestiones económicas son mucho más importantes hoy que para los manifestantes de 2009, en su mayoría de clase media.

Por último, la respuesta de Estados Unidos a los levantamientos actuales también ha sido muy distinta.

El Gobierno de Obama reaccionó con cautela ante los levantamientos de 2009 y evitó alentar públicamente a los manifestantes, por temor a que el apoyo explícito provocara una represión más dura.

En cambio, el presidente Donald Trump y su Departamento de Estado han apoyado activamente a los manifestantes, y Estados Unidos intenta movilizar una condena internacional de la respuesta del Gobierno iraní. Sin embargo, esta iniciativa se enfrenta a una fuerte resistencia de China y Rusia en las Naciones Unidas.

La preocupación por una reacción más contundente del Gobierno de Trump podría explicar el enfoque prudente y mesurado de las fuerzas de seguridad iraníes al enfrentarse a los manifestantes actuales. La respuesta fue más violenta y brutal en 2009.

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Qué podría cambiar

El hecho de que los manifestantes se centren en cuestiones económicas en lugar de políticas permite que algunos miembros moderados del régimen atiendan sus reclamos de manera significativa, en vez de verse obligados a guardar silencio o condenarlos abiertamente, como hicieron en 2009.

Aunque condenan los actos de violencia de algunos manifestantes, muchos líderes políticos de Irán, entre ellos el líder supremo Ali Khamenei, han expresado solidaridad con sus preocupaciones económicas.

También han propiciado algunos cambios en el presupuesto fiscal y en las prioridades de la reforma económica. Por ejemplo, se han suspendido los aumentos previstos de los precios del combustible y el pan.

Es alentador que el Gobierno responda siquiera a las preocupaciones de los manifestantes, pero frenar reformas económicas importantes no es la manera adecuada de hacerlo. Es seguro que estos pasos serán bien recibidos por los iraníes de bajos ingresos y, por tanto, serán populares, pero podrían agravar las dificultades más adelante al aumentar el déficit presupuestario y posiblemente impulsar la inflación.

En lugar de mantener artificialmente bajos los precios de los productos esenciales, lo que provoca un considerable desperdicio e ineficiencia en la economía, sería más eficaz ofrecer subsidios específicos a las personas pobres y redoblar la lucha contra la corrupción y el nepotismo político, una causa principal del aumento de las disparidades de ingresos y riqueza en Irán.

Lo que no cambiará

¿Servirá la reciente agitación de llamada de atención a la élite política para que comprenda que hay que hacer más?

Por desgracia, probablemente el líder supremo del país no esté dispuesto a ir más allá de una respuesta populista ineficaz, al menos por ahora. Es poco probable que se atiendan pronto las demandas más políticas de los manifestantes, como combatir la corrupción, limitar los poderes de Khamenei o reducir el papel de Irán en los conflictos regionales.

El sistema político de Irán somete a un riguroso escrutinio a los candidatos a cargos públicos y, por tanto, sigue cerrado a la ciudadanía común, lo que deja a los iraníes pocas opciones para influir en las políticas gubernamentales más allá de salir a las calles. Y ninguna de las dos facciones políticas, reformista o conservadora, ha ofrecido todavía una solución práctica para cambiar esta situación.

Sin embargo, para la mayoría de los iraníes, la corrupción, la pobreza y la desigualdad económica no pueden abordarse sin reformas profundas. Esto sugiere que, aunque el levantamiento más reciente quizá esté perdiendo fuerza, es probable que se produzcan levantamientos similares en el futuro.

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