El 18 de mayo de este año, Australia vivió la sorpresa electoral más inesperada en décadas. La coalición liberal-nacional, partidaria del carbón, arrebató la victoria de las fauces de la derrota en lo que se había calificado de 'elecciones imposibles de perder' para la oposición. Contra todo pronóstico, Australia eligió el carbón y a un primer ministro que no solo respalda un conjunto de políticas contrarias a las energías renovables, sino que, en lo que podría ser una primicia entre los líderes mundiales, llegó incluso a traer un trozo de carbón al Parlamento y a usarlo para provocar a sus adversarios.
El público australiano puede haber elegido el carbón, pero no puede salvarlo. La industria está siendo destruida por el gas barato y las fuentes de energía renovable. Las pruebas actuales son difíciles de negar: el carbón es cada vez más caro, sucio e inflexible como para resultar rentable en el mundo actual. Incluso en Estados Unidos, pese a las promesas de Trump de salvar la industria, los cierres de centrales de carbón han alcanzado máximos históricos. El carbón se está muriendo.
Esta no es la primera vez que la economía basada en los recursos de un país se ve amenazada por una agenda global cambiante. En estas situaciones, los países deben planificar el futuro o arriesgarse a verse superados por los acontecimientos. En este caso, Australia podría aprender algo de Arabia Saudí, que, aunque es conocida por sus esfuerzos por obstaculizar la acción climática en el escenario internacional, ha sido mucho más ambiciosa con sus propios planes de energía limpia impulsados por el Estado.
Arabia Saudí reconoce desde hace tiempo que el futuro del Estado saudí depende del futuro del petróleo.
Desde la Segunda Guerra Mundial, en medio de una extensa turbulencia política, el destino de esta nación ha dependido en gran medida de la buena voluntad de Estados Unidos y de otras potencias extranjeras. Esta buena voluntad se ha asegurado, y siempre se ha asegurado, mediante envíos constantes, estables y abundantes de crudo.
Por desgracia para los saudíes, sin embargo, esta era está llegando a su fin.
Más del 60 % del petróleo mundial se utiliza para el transporte y esto se ve cada vez más amenazado por la electrificación de los vehículos. Si bien muchos sostienen que deberíamos reducir la producción de petróleo de inmediato, incluso las mayores petroleras del mundo (que suelen ser optimistas en este asunto) prevén un estancamiento de la demanda de petróleo hasta 2040. Independientemente de las previsiones que se escuchen, el petróleo se enfrenta a un crecimiento limitado y a importantes riesgos económicos derivados de la caída del coste de las baterías, los vehículos eléctricos y las tecnologías solar y eólica utilizadas para alimentarlos.
La amenaza política para la industria tampoco debe subestimarse. La eliminación gradual de los automóviles de combustión se acerca rápidamente en muchas partes del mundo. Reino Unido y Francia prevén haber hecho la transición a los vehículos eléctricos para 2040, y Noruega para 2025; incluso India ha declarado que quiere que todas las nuevas ventas de automóviles sean eléctricas para 2030. Estos mandatos tienen fuertes impulsores. La creciente hostilidad de nuestra especie hacia los combustibles fósiles, como demuestran las huelgas escolares por el clima, las protestas en todo el mundo organizadas por el movimiento Extinction Rebellion, y los movimientos de desinversión en combustibles fósiles en todo el planeta, es cada vez más evidente. La humanidad está cambiando de opinión, y muchos gobiernos la están escuchando.
Arabia Saudí reconoce esta amenaza para su economía. Una vieja cita del ministro de Petróleo saudí, Ahmed Zaki Yamani, describe la situación con claridad: “La Edad de Piedra no terminó porque el mundo se quedara sin piedras, y la era del petróleo no terminará porque nos quedemos sin petróleo.” Arabia Saudí es muy consciente de que el tiempo se agota, y el país ha impulsado con firmeza el desarrollo de la energía limpia dentro de sus fronteras. Los saudíes suelen acaparar titulares con promesas de construir la mayor planta solar del mundo (un proyecto que fue aplazado el año pasado) o de que gastarán 80 000 millones de dólares en reactores nucleares en los próximos 12 años. Aún está por ver si estas promesas se traducirán en acciones concretas, pero son prueba de la ambición del Estado saudí.
Australia, en cambio, ha decidido apostar con empeño por el carbón, pese a que este será eliminado de la combinación energética mucho antes que el petróleo. Los inversores lo saben y están abandonando en masa el mercado del carbón.
Es cierto que el carbón es un pilar de la economía australiana; como segunda mayor exportación del país, genera 60 000 millones de dólares australianos (41 000 millones de US$) al año, solo superado por el mineral de hierro, con 61 000 millones de AUD. Sin embargo, si no se planifica la pérdida del carbón, podría afectar gravemente a la economía australiana. El país necesita una planificación futura sólida para una reducción gestionada de la industria, pero hasta ahora apenas hay avances a nivel federal.
De hecho, Australia tiene mucho que ganar con la nueva economía energética. Dispone de vastas reservas de energía solar y eólica, y de un gran porcentaje de los minerales para baterías del mundo.
Pero el tiempo se acaba para Australia. Tiene dos opciones: adoptar un enfoque proactivo y orientado al futuro ante las oportunidades de un sistema energético en transformación, o esconder la cabeza bajo tierra ante la tormenta que se avecina.


