Una de las preguntas más habituales en la charla informal estadounidense se considera grosera en gran parte del mundo

Drew Houston (2nd L), Chief Executive Officer and founder of Dropbox, converses following the cloud storage company's announcement event in San Francisco, California, U.S., January 30, 2017. REUTERS/Beck Diefenbach - RTX2YW3V
"What do you do?" is becoming a tainted question across the world when having conversations.Image: REUTERS/Beck Diefenbach
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Hay algo de audacia en buscar entablar una conversación con alguien, sobre todo con un desconocido. Para esas ocasiones, las culturas de todo el mundo han desarrollado un repertorio de temas sencillos para iniciar una conversación. Sin embargo, en Estados Unidos y Canadá predomina una pregunta: ¿A qué te dedicas?

Sea cual sea el motivo —la influencia de una ética laboral protestante o un intento desesperado por no parecer clasistas—, los norteamericanos suelen iniciar una conversación con desconocidos preguntándoles en qué trabajan. Es una de las muchas costumbres en las que las normas culturales estadounidenses difieren de las del Reino Unido y Europa.

En la mayoría de los lugares del mundo, preguntar a un desconocido en qué trabaja, sobre todo sin ningún pretexto, está mal visto. Y ahora, «¿A qué te dedicas?» por fin también se está convirtiendo en una pregunta mal vista en Norteamérica.

Aprender de los franceses

En Estados Unidos, la política nacional ha hecho que la gente sea más consciente de las divisiones de clase de larga data, mientras que la economía de los trabajos ocasionales ha convertido el trabajo mismo en un concepto más complejo . Por eso, la pregunta sobre a qué se dedica alguien resulta mucho más cargada que antes.

El desdén por esta frase para iniciar una conversación no es nada nuevo para los franceses, conocidos por cortar las charlas con estadounidenses que les hacen la temida pregunta «¿A qué te dedicas?».

En su nuevo libro, El efecto Bonjour: los códigos secretos de la conversación francesa al descubierto, los autores Julie Barlow y Jean-Benoît Nadeau explican por qué nunca se debería preguntar a una persona francesa por su trabajo. La reacción no se debe solo a que la pregunta inicial ofenda el igualitarismo (un concepto que los franceses aprecian mucho, aunque no lo practiquen, dice Barlow). Más bien, a los franceses a menudo les divierte fingir que no les gusta su trabajo. Así que, igual que el dinero, el trabajo es un tema aburrido.

«Se ofenderán, porque creerán que intentas encasillarlos», cuenta a Quartz Barlow, francocanadiense. «Y simplemente no creen que trabajar para ganarse la vida sea interesante. Hay otras cosas de las que preferirían hablar».

Según explica, para los franceses las conversaciones sirven para intercambiar puntos de vista, no para encontrar cosas en común, que es el objetivo de la conversación para los norteamericanos.

Contra lo que cabría esperar, a los franceses no les parece grosero ni elitista preguntar dónde le gusta pasar las vacaciones a alguien, pero eso se debe a que allí es habitual disfrutar de un promedio de 30 días de vacaciones pagadas al año. En cualquier caso, es una buena alternativa a quedarse mirando al vacío demasiado tiempo la próxima vez que te encuentres con un desconocido.

Sin embargo, algunas de las fórmulas típicas para iniciar una conversación en Francia que quizá puedan trasladarse con más facilidad son preguntas como «¿De qué parte del país eres?». (Cabe destacar que no es «¿De dónde eres?», que en Francia podría dar a entender que no eres francés, explica Barlow. Eso también podría ser delicado en Estados Unidos, donde la inmigración y la ciudadanía se han convertido en temas de intenso debate).

En la misma línea, las preguntas sobre la geografía o la comida de la ciudad natal o la región de una persona suelen dar pie a la conversación.

Limítate al «nivel uno»

La comida también figura en la lista de temas seguros de «nivel uno» de Daniel Post Senning, pensados para encuentros con personas que no conoces. Post Senning es tataranieto de Emily Post y coautor de La etiqueta de Emily Post, 18.ª edición. Ahora trabaja junto con otros descendientes de Post en el Instituto Emily Post, donde imparte seminarios sobre etiqueta y comunicación para empresas y particulares. En sus enseñanzas, los temas de segundo nivel son la religión, la política, las citas y la vida amorosa. El tercer nivel, reservado para las personas más cercanas, incluye también la familia y las finanzas.

Con desconocidos, lo más seguro es ceñirse al nivel uno. Otras opciones incluyen los deportes (también momentos históricos memorables), la cultura popular y las aficiones. «La gente dice que las aficiones son aburridas, pero ¿y si la afición de alguien es la física de partículas?», plantea Post Senning. «O la pintura. Las artes no son aburridas».

¿Qué no está en el nivel uno? El trabajo.

Prueba la triangulación

Si te obsesiona averiguar a qué se dedica alguien (lo admito, a mí siempre me da curiosidad), Post Senning aconseja esperar a que surja la ocasión. Un comentario sobre una jornada larga o un jefe exigente quizá haga que preguntar un poco resulte apropiado o incluso cortés. Pero presta atención a cómo responde la gente y prepárate para cambiar de tema si hace falta.

«Puede que simplemente piensen: Mira, es lo único que hago 40 horas a la semana o más; es lo último de lo que quiero hablar», dice Post Senning.

Como alternativa, una de las maneras más fáciles de iniciar una conversación puede ser comentar una experiencia compartida —sí, también puedes compartirla con un desconocido; piensa en el clima o en la comida que se ofrece en una fiesta—. Post Senning sugiere frases para romper el hielo como «Parece que va a llover» o «Esta comida tiene muy buena pinta». Pero esos comentarios breves no tienen por qué ser siempre tan triviales. Sugiere que podrías empezar apreciando la calidad de la luz que entra por una ventana.

Kio Stark, autora de Cuando se encuentran desconocidos: cómo pueden transformarte las personas que no conoces, llama triangulación a la estrategia de la experiencia compartida. «El triángulo está formado por ti, un desconocido y una tercera cosa que cierra el círculo: podría ser algo que ambos están viviendo o viendo y que merece atención», explicó a CityLab, y añadió:

Puede que haya un perro adorable o alguien haciendo algo extraño, por ejemplo, un predicador itinerante en el metro. En esas situaciones, es más probable que intercambies una mirada con alguien, y quizá eso sea todo; o podrías decir algo como: «Vaya, hoy sí que viene cargado de fuego y azufre».

También le gusta fijarse en los pequeños detalles y hacer cumplidos a la gente, como «Qué bonitos zapatos». A la gente le encanta contarle los detalles.

Una vez iniciada la conversación, si le preguntan sobre un tema que le permita compartir algo personal en profundidad —más allá de lo que normalmente le contaría a un desconocido—, es muy posible que lo haga. «Tendemos a responder a una revelación con otra, incluso cuando hablamos con desconocidos», dice.

Por ejemplo, si alguien le pregunta por su padre, quizá decida mencionar que murió cuando ella era niña. Cuando eso ocurre, dice que casi siempre la otra persona le cuenta una pérdida que ha sufrido. Un encuentro casual puede volverse profundo.

Olvídate de ti

Hablar con gente nueva no solo es una vía rápida para aprender más sobre cómo viven los demás y quizá salir de tus propias burbujas sociales; también es beneficioso: los sociólogos han descubierto que incluso los vínculos débiles, como los que se crean al conversar con otros viajeros o personas que comparten el trayecto, se relacionan con una sensación de bienestar. Y, por supuesto, esos vínculos débiles con alguien que está de vacaciones en el mismo lugar que tú pueden convertirse de forma natural en una amistad para toda la vida.

Un último consejo: si tiendes a ponerte nervioso al hablar con la gente y te preocupa lo que puedan pensar de ti, reconoce que, paradójicamente, esa preocupación podría hacerte parecer un imbécil. Piensa en lo que la escritora Jennifer Latson descubrió sobre sí misma mientras investigaba para un libro reciente. Tal como explicó en New York Magazine: «Me concentro tanto en decir exactamente lo correcto que apenas presto atención a la otra persona. Me preocupa más la imagen que doy que llegar a conocerla».

Descubrió que la mayoría de la gente quiere conectar y no juzga si recuerdas los nombres o los pequeños detalles. Probablemente te perdonarán incluso si se te escapa por accidente esa pregunta que de pronto se ha vuelto tan poco elegante y que todos intentamos evitar, salvo que, claro está, estés hablando con franceses.

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