En una era de redes sociales divisivas y “noticias falsas”, la idea de que “las acciones hablan más que las palabras” ya no es cierta. Como estamos redescubriendo, las palabras son poderosas y problemáticas a la vez, sobre todo en el contexto de la geopolítica. La reciente reunión de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York ofreció el recordatorio más reciente de que, en la diplomacia, las palabras siguen importando.
Ha llamado mucho la atención el comentario del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de que el país “no tendrá más remedio que destruir por completo a Corea del Norte” si la República Popular Democrática de Corea (RPDC) lo amenaza a él o a sus aliados. De hecho, la mayoría de los expertos militares coinciden en que una guerra cinética en la península de Corea aniquilaría a la RPDC y, posiblemente, también a Corea del Sur.
Pero otras partes del discursode Trump ante la ONU, especialmente los pasajes sobre los intereses nacionales y la soberanía, requieren una reflexión más profunda. Trump no oculta su deseo de “poner a Estados Unidos primero”, y reiteró ese compromiso desde el podio de la ONU. Pero también instó a los demás líderes a poner primero a sus propios países. “Para superar los peligros del presente y alcanzar la promesa del futuro, debemos empezar con la sabiduría del pasado”, afirmó. “Nuestro éxito depende de una coalición de naciones fuertes e independientes que hagan valer su soberanía para promover la seguridad, la prosperidad y la paz para sí mismas y para el mundo”.
Se podría inferir, como muchos lo han hecho, que esas declaraciones señalan un resurgimiento de la adhesión de Estados Unidos a la realpolitiken los asuntos mundiales. Como observó el historiador John Bew en su historia del término, publicada en 2016, cabía esperar ese vaivén: “Nuestros debates sobre política exterior siguen ciclos en los que quienes diseñan las políticas se declaran más idealistas o más realistas”.
Pero el análisis de Bew también nos recuerda que la búsqueda exclusiva de los intereses nacionales —el tipo de visión del mundo que propugna Trump— no es realpolitiken absoluto si está desligada de una idea transformadora o de un propósito normativo. Separar las preocupaciones morales de los asuntos mundiales solo debilitaría a Estados Unidos y a todos los que lo imiten.
El concepto de realpolitiksurgió de los resultados dispares de las revoluciones europeas de 1848, cuando había muchas posibilidades para la futura unificación de Alemania, pero el objetivo político más amplio —un orden internacional compuesto por Estados nación fuertes— estaba claro. Sin embargo, tras la doctrina de “Estados Unidos primero” de Trump, el desafío para el mundo actual es discernir cuál ha pasado a ser el propósito del realismo político.
Una respuesta se planteó en la reunión anual del Foro Económico Mundial (WEF) celebrada en Davos a principios de este año. Allí, el presidente chino Xi Jinping defendió con firmeza la globalización y destacó su postura de que, al perseguir sus agendas nacionales, los países deben situar sus objetivos “en un contexto más amplio” y “abstenerse de perseguir sus propios intereses a expensas de los demás”.
Si los líderes de los dos países más poderosos del mundo difieren fundamentalmente en su enfoque de las relaciones internacionales, ¿qué perspectivas hay de fortalecer la cooperación global?
La historia está repleta de ejemplos de conflictos provocados por una potencia emergente que desafía la influencia y los intereses de una potencia establecida. Durante la guerra del Peloponeso, según el historiador griego Tucídides, “Fue el ascenso de Atenas y el temor que infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”. Cómo pueden China y Estados Unidos evitar lo que el Graham Allisonde Harvard ha denominado la “trampa de Tucídides” es motivo de gran preocupación para el mundo, al igual que garantizar que las disputas geoestratégicas en otros lugares no desemboquen en violencia.
Como ha sostenido el biólogo de Stanford Robert Sapolsky, las dicotomías de comportamiento que pueden parecer inevitables y decisivas en un momento dado, en las circunstancias adecuadas, pueden “desvanecerse en un instante”. Para Sapolsky, la “teoría del contacto”, desarrollada en la década de 1950 por el psicólogo Gordon Allport, puede promover la reconciliación entre rivales y ayudar a salvar la brecha entre “nosotros y ellos”. El “contacto”, ya sea entre niños en un campamento de verano o entre negociadores alrededor de una mesa, puede conducir a una mayor comprensión si el diálogo es prolongado, se desarrolla en terreno neutral, se orienta a resultados, es informal y personal, y evita la ansiedad o la competencia.
Lo que se dice durante estos encuentros es crucial. Como ha señalado el economista y premio Nobel Robert J. Shiller, las historias, sean ciertas o no, impulsan decisiones importantes, especialmente las económicas. En su estudio sobre la “economía narrativa”, Shiller destaca los efectos que las historias “virales” pueden tener en la economía global. Señala que las decisiones y las evaluaciones de la actualidad de las personas se basan en parte en las historias que han oído sobre hechos pasados. Por ejemplo, la crisis financiera mundial de 2007-2009 se denomina “Gran Recesión” porque los relatos traumáticos de la Gran Depresión perduran en nuestra memoria colectiva.
Las palabras y las narrativas afectan a los asuntos internacionales de manera similar. Las narrativas que han surgido en respuesta a las divisiones nacionales, regionales y globales —o como resultado de ellas— suelen estructurarse en torno a una dicotomía entre “nosotros y ellos”. Pero estas narrativas nacionales, por atractivas que puedan resultar para algunos, no deben confundirse con la realpolitik, pues carecen de la innovación, la inspiración y el idealismo necesarios para un cambio transformador.
Las historias que buscan preservar los beneficios exclusivos de la integración global y, al mismo tiempo, limitar las obligaciones compartidas pueden volverse “virales” en el ámbito nacional, porque la ciudadanía anhela un liderazgo receptivo que atienda las preocupaciones locales y nacionales. Sin embargo, una identidad compartida y un propósito colectivo siguen siendo esquivos, pese a que vivimos en la era de las redes sociales.
Ese hecho por sí solo no puede eximir a los gobiernos de sus responsabilidades regionales y globales. Las fracturas políticas, económicas y sociales que han surgido no deben fomentar la intolerancia, la indecisión ni la inacción. Por eso, la reunión anualdel WEF del próximo año buscará volver a comprometer a los líderes con el desarrollo de una narrativa compartida que fortalezca la cooperación para esta generación y todas las que vendrán.
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